martes, 27 de junio de 2017

Gestación, nacimiento, andadura, siesta y despertar de Los manuscritos de Teresa Panza

Originales del borrador del 2012 y las tres ediciones de Los manuscritos de Teresa Panza

en las puertas del cementerio de Pinarejo, junto al flamante nuevo molino de viento, como cuando siendo críos jugábamos en las ruinas del viejo molino, y yo recitaba versos inventados del Quijote, pues todavía no lo había leído. También recordamos cuando surgieron Los manuscritos de Teresa Panza; aunque eso solo yo lo sabía.  Fue en una mañana o tarde de aquellos lejanos años 70, que bajamos a la cueva del Hermosomío para coger un murciélago y hacerle fumar un cigarrillo al pobre bicho. Tendríamos unos 12 o 13 años, me dio pena el animal; pero la cueva despertó en mi gran curiosidad, hasta el punto de que después baje yo solo con intención de explorarla, encontrando muchas cosas, entre otras aquella virgen de mármol, la cual despertó aún más mi curiosidad. Fue entonces cuando comencé a escribir aquel relato titulado "Los muertos ya no resucitan", que dejé olvidado y retomé años más tarde, el cual presenté en 1985 al premio Gabriel Miró.

En los muertos ya no resucitan, Sancho era su protagonista, y la acción transcurría después de la muerte del caballero.  Una de las máximas aspiraciones de Sancho era ser capaz de leer todo lo que se había escrito sobre la pareja más famosa de la Mancha, don Quijote y Sancho Panza.

Todo lo escrito en aquellos años en el año 1987 lo guardé en una vieja maleta de cartón, no la abrí hasta 26 años después, en realidad cuando la cerré creía tener el firme convencimiento de que jamás la volvería a abrir.

Aquel Sancho inicial, veinticuatro años después paso a ser Sancha primero, hija de Sancho, y estaba casado con Juana Gutiérrez[1], y Sancha era la hija de ambos, en fin, un lío que no había quién se aclarase.

Escribí unos veinticinco folios casi de un tirón, los imprimí, y tras leerlos me quedé que no sabía por dónde meterles mano.  Al final abandoné de nuevo el proyecto, ¡qué tontería intentar escribir una novela a mis años! Además, estaba trabajando y escribir una novela requería mucha concentración.

Hace cinco años, un día del mes de agosto, durante las vacaciones, (cuando todavía una criminal reforma laboral y unos políticos que nos habían robado por encima de nuestras posibilidades y nos convirtieron en desempleados a millones de españoles) veo a mi hija leyendo aquellos papeles, estos mismos de la fotografía, y veo que se está riendo.  Unos días después me despiertan de la siesta las risas de mi suegro, estaba terminando de leer aquellos mismos papeles.

—¿Tienes más? —Me preguntó.

—No, son tonterías que me dan por escribir.

—Pues a mí me gustan estas tonterías.

Y entonces me senté ante el ordenador y continué escribiendo más tonterías, hasta ahora.

Sancho paso a ser el padre de Teresa Panza (un nuevo personaje), Juana Gutiérrez paso a ser Teresa Cascajo, a Sancha la mataba en un viaje con destino a las Indias y después reaparecía, mientras a Sanchico....

 Así nació ese nuevo personaje, Teresa Panza, hija de Sancho Panza y Teresa Cascajo..., nacían Los manuscritos de Teresa Panza. Como el Sancho inicial, como Paco Arenas, un obsesionado por aprender a leer, a escribir, por adquirir conocimientos. Campesinos los tres que sabían, o saben, que la cultura es el arma más poderosa de todas contra la tiranía, la del siglo XVII, y la de ahora.

Ahora, tras la tercera edición, dejan de publicarse provisionalmente, pronto, en unos meses, comenzarán una nueva vida, porque la andadura de esta nueva mujer del Quijote, Teresa Panza, apenas ha comenzado a caminar.
Paco Arenas





[1] Juana Gutiérrez / Mari Gutiérrez, es uno de los nombres con los que aparece la esposa de Sancho en el Quijote. Los otros son: Teresa Panza / Teresa Cascajo.

Paco Arenas



lunes, 19 de junio de 2017

TENGO LA SOLUCIÓN PARA EVITAR MÁS MUERTES DE TOREROS.



 Resulta triste la muerte de personas jóvenes cuando se encuentran en la flor de la vida, tal y como puede ser la muerte de un torero, la de un albañil, la de fontanero, chófer, minero, o tal y como ocurre con las mujeres víctimas de violencia machista. Nadie puede ni debe alegrarse de la muerte de un ser humano, tampoco debiera disfrutar de la tortura y muerte de un animal inocente.  

En los últimos meses han muerto dos toreros, a los cuales se les han rendido todo tipo de honores de todo tipo, incluso por parte de Felipe VI, lo cual respeto, no voy a cuestionar si se lo merecían o sí no, pues siempre resulta triste la muerte de cualquier ser humano.
En el mismo periodo han muerto más de treinta mujeres asesinadas por sus parejas, y un número indeterminado de criaturas inocentes, ante la indolencia y "pasotismo" de las instituciones, de todas, Felipe VI, ni tan siquiera mencionó el terrorismo machista en su discurso de Navidad.  El ejecutivo, lleva "toreando" a las mujeres maltratadas, desde que tomo posesión la primera vez, rebajando el presupuesto de manera salvaje, y prometiendo llevar a cabo una reforma de la Ley Integral de Violencia de Género, que nunca llega, pese a que todos dicen condenar el terrorismo machista. 

Las decenas de obreros que han muerto por la presión a la que están sometidos desde que se dictará la criminal reforma laboral, no aparecen por ningún sitio, ni siquiera en las esquelas de los diarios, porque hay que pagarlas, y si no tienen, en muchos casos, sus familias para comer, mucho menos para pagar esquelas, esos muertos no le importan a nadie, salvo a sus familias.

En España, para el Régimen, para las instituciones, y la prensa hay muertos de primera, de segunda y hasta de décima. Una VERGüENZA.

  Cada vez que sucede un hecho tan lamentable como es la muerte de un torero, (con todos mis respetos, y sin alegrarme de la muerte de ningún ser humano, vaya esto por delante). Debo decir que  que resulta también indignarte, que desde los medios de manipulación masiva se haga tanta propaganda mediática sobre lo que cuatro supuestos "antitaurinos" dicen, se oculte lo que dicen algunos "ilustres" taurinos, supuestos “maestros”, tan miserables, o incluso mucho más que las de los supuestos "antitaurinos", y se haga una apología criminal de la tortura en la plaza, además de generalizar de manera miserable llamándonos "gentuza" a todos quienes estamos en contra de esa supuesta "Fiesta Nacional".

Hablan de respeto a la "Fiesta", de que todos tienen la opción de acudir o no acudir a la plaza ¿cómo? Al toro no le dan la libertad de acudir o no a la plaza al cadalso.  El torero no lucha en igualdad, se enfrenta al toro con señuelos y engaños, se sirve de su supuesta "inteligencia"(en muchos casos más que dudosa). Además de la semi ceguera natural del toro, en algunos casos echan parafina en los ojos, para que esté más ciego todavía, y así torturarlo con mayor impunidad, o le afeitan las astas para que tenga mayor dificultad para defenderse.

El toro nunca gana, está condenado a muerte de antemano. Y si por una extraña casualidad vence en la pelea, su destino es todavía más trágico: el ganadero responsable del astado debe sacrificar a la madre del animal y toda su familia o reata, tal como se llama en el argot taurino.

Que el toro salga victorioso, se considera un desprestigio hacia su casta, algo muy negativo, algo extraño si se habla y elogia la bravura del animal, es como si lo que con la boca pequeña elogian, con la mente condenasen. El mundo del toro quiere animales mansos que parezcan bravos, al igual que los malos e ineptos legisladores que elogian los valores del pueblo para mantenerlo sumiso ante el señuelo de patrias banderas.

Para evitar la lamentable muerte de más personas, hay soluciones factibles y que nos honrarían como país y como cultura milenaria, la abolición de las corridas de toros, o al menos que la tortura animal dejase de estar subvencionada con dinero público, con lo cual también dejarían de existir las corridas de toros, pues el mundo del toro sobrevive gracias al dinero que se sustrae a la cultura.

Si no hay subvenciones, no hay corridas, a la vez hay muchísimo más dinero para subvencionar la cultura real, y se evita, además de la tortura y muerte de inocentes animales, la de los toreros. Quienes realmente amamos a los toros, aportamos soluciones para evitar la muerte innecesaria de los toreros, porque no nos alegramos de ninguna muerte, ni la de los toreros, ni tampoco la de los toros. 

Lo dejo ahí, a ver qué valiente legislador recoge el capote. Aunque viendo como está el mundo de los legisladores patrios, si ya cuesta mucho suponer que son honrados, pedirles que además sean valientes es como pedir peras al olmo. Por desgracia, me temo que son tan valientes como honrados


domingo, 11 de junio de 2017

Obispo, botijos y hostias




Mi comunión tuvo algunas cosas que la hicieron diferente a otras, tal vez porque fue mi comunión y, por tanto, el recuerdo es muy diferente. No obstante, tuvo peculiaridades dignas de mención, aclarar que aunque inspirada en ella, por exigencias del guion la he trasladado a una pequeña ciudad o a un gran pueblo del sur de Castilla, o del norte de la Mancha, al gusto del lector.
Fue en aquellos años de movimientos aperturistas de la Iglesia Católica, iniciados por Juan XXIII y continuados por Pablo VI, y que dieron lugar al Concilio de Vaticano Segundo, mientras España estaba en las postrimerías de la dictadura franquista.   Ese año, creo que fue en 1969, el obispo de Cuenca decidió ir a mi pueblo a dar la comunión, puniendo unas condiciones que a las llamadas “fuerzas vivas” no sentaron nada bien, hasta el punto de que las conversaciones que a continuación salen en este relato, tienen su parte de verdad, y mis inocentes y castos oídos captaron no solo las palabras sino también el mensaje. Por supuesto que no puedo recordar las palabras exactas, tenía nueve años; pero, más o menos ocurrió así:

—¡Qué escándalo, Dios mío, qué escándalo, por Dios y por la Virgen Santísima! —Se lamentaba indignada doña Justa, persignándose, nada más salir de la iglesia de escuchar el rosario.
—¿A dónde vamos a parar?, doña Justa, ¿a dónde vamos a parar? —Se lamentaba doña Elvira, dándole la razón.
—Esto ya no tiene arreglo…—cortaba doña Faustina.
—Ni el Caudillo, lo soluciona, ya no te puedes fiar ni del obispo —. Tomaba ahora la palabra de nuevo doña Justa.
—Deja a Su Excelencia en paz, es el cabrón del obispo, Dios me perdone; pero qué hago, qué hago…, al final hasta a las más buenas cristianas nos buscan la boca —se persignaba ahora doña Elvira.
—¿Que más le dará que vayan de traje o de calle?  ¡Virgen Santísima! Con el dineral que me ha costado…—continuó doña Justa.
—Las comprendo a ustedes bien, que fuimos juntas a Madrid, que no nos hemos conformado con ir a la calle Boteros[1], ni a Carretería[2], sino a la calle Preciados…[3] —era ahora doña Engracia, que había permanecido callada hasta ese momento, y que también salió indignada con la noticia dada por el sacerdote.
—Más de más de veinte mil duros me ha costado el vestido que le he comprado a mi nieta, y como se lo han hecho a medida…—Apuntaba mostrando gran indignación doña Elvira de Sotomayor.
Las otras tres mujeres la miraron extrañadas, pues, las cuatro fueron juntas a Madrid a comprar el vestido de comunión a sus nietas o el traje de almirante a sus nietos; pero, aunque fue en la tienda más selecta de la calle Preciados de Madrid, a ninguna de las chiquillas ni chiquillos les tomaron las medidas, más allá de probarles el vestido o el traje. Doña Elvira carraspeó al percatarse de que había metido la pata hasta el corvejón.
—Es lo que me dije a mi consuegra —bajando la voz doña Elvira —, que es catalana, a ver si se os va a escapar…
Todas se besaron el pulgar, como jurando guardar silencio, solo doña Engracia se atrevió a decir, mirándonos a nosotros:
—La que tienes que tener cuidado eres tú, no se te vaya a escapar.
Pero los chiquillos que salíamos del rosario, poco o nada habíamos comprendido lo dicho por el cura, al cual, como siempre no habíamos prestado mucha atención, y mucho menos comprendíamos la conversación de aquellas señoras beatas, o “miseras” como les llamaba mi madre, que no míseras, que todas bien ricas eran, o al menos de tal cosa presumían en aquella pequeña localidad manchega. Digamos que eran lo que solía decirse, gentes de bien, por ser que iban mucho a misa, todos los días a rosarios y novenas, los domingos y fiestas de guardar a misa, y si había procesión allí estaban ellas con el cirio en la mano. 
El escándalo al cual se refería la buena señora era que el cura, don había comunicado que en el mismo día que tomaríamos la comunión tomaríamos también la confirmación y que circunstancialmente vendría el obispo de Cuenca Monseñor Inocencio Rodríguez Díez, y antes de ir, según dijo el sacerdote, se había encargado de hacer hincapié de que ningún niño fuese disfrazado de almirante, ni ninguna chiquilla de novia, para alivios de muchos y enfado de unos pocos.  
—Mujer, por Dios, que hay ropa tendida. —Insistió doña Engracia señalando con la barbilla al grupo de chiquillos que estábamos pendientes de la conversación, ante los aspavientos de tan beatas señoras.
 Inocentes criaturas que miramos para todos lados buscando esa ropa tendida, y no vimos ni tan siquiera un mal paño de cocina puesto al sol, además, en nuestro pueblo, con tan grandes patios, nadie tendía en la calle.
A pesar de nuestra infantil e inocente ignorancia, no veíamos normal que aquellas mujeres de misa de domingo, fiestas de guardar y todos los días de rosario hablasen así de un obispo, ante algo que supuestamente había dicho el cura:
—Tengo una gran noticia que daros. Nuestro pueblo ha sido elegido por su eminencia el obispo de Cuenca para ser él, en persona, quien imparta la comunión y confirmación a los chiquillos este año…
En principio, los murmullos fueron de alabanzas al Señor y a la decisión del o señor obispo. Si no aplaudieron las catequistas y las señoras “miseras,” fue por no ser el lugar adecuado para ello. El problema, fue cuándo, calmadas las alabanzas y aleluyas ante tan sabia decisión, don Constantino, el cura, prosiguió satisfecho ante tan buena acogida:
—Y como las buenas noticias no vienen solas, por primera vez en la historia, no tendréis que gastaros un real en el vestido ni el traje de comunión…
—¡Qué! —Se escuchó a una señora.
—Eso, no puede ser —alzó la voz otra, retirándose el velo de las orejas, por si no había escuchado bien.
—Calma, calma —dijo el sacerdote viendo la reacción que había provocado en la bancada de las señoras beatas —os lo aviso con tiempo. Os vais a ahorrar muy buenos cuartos sino disfrazáis a los chiquillos ni de novias ni de marineros. Así que, y así mucho mejor, pues siempre, no todo el mundo puede permitirse el hacer un gasto tan grande. Ha dicho que es suficiente que vengan con la ropa limpia, y que sea ropa que se puedan poner al día siguiente…
—¿Y quienes ya tengamos el vestido? —Preguntó, sin poder contenerse doña Elvira.
—No pasa nada, lo devolvéis y ya está. El señor obispo ha sido muy preciso, quien venga disfrazado no tomará la comunión de su mano. Y contra eso yo no puedo alegar nada…
El cura no podía alegar nada, pero las buenas señoras alegaron y bastante y el sacerdote dio por concluida la ceremonia ante el cariz que tomaba el asunto, y raudo se introduzco en la sacristía no fuese a ser que sustituyese al Cristo en la cruz.  
Salieron aquellas recatadas señoras, quitándose el velo y despeinándose los cabellos, de manera metafórica, pues solo con la lengua perdieron las composturas.
 Al llegar a mi casa se lo conté a mi madre escandalizado, a pesar de no saber muy bien el motivo.  No estaba acostumbrado a escuchar tales palabras, porque en mi casa éramos ateos convencidos, aunque entonces yo no lo sabía, ahora tampoco lo sé a ciencia cierta, torpe que es uno. Lo cierto es que éramos católicos por obligación. A pesar de todo, nunca blasfemábamos ni utilizábamos determinados términos, porque según contaba mi madre, mi padre estuvo a punto de ir a la cárcel por blasfemar en presencia de un terrateniente. Al parecer, estaban descargando piedra del monte y le cayó una en el pie, chafándole el dedo gordo, el cual le quedó deforme para el resto de sus días, y estuvieron a punto de cortárselo. Y al parecer soltó eso tan manchego de “mecaguen en … y la …”. Pue sí, parece que mi padre utilizó esa expresión al recibir el cariñoso golpe de una piedra cuando estaban descargándolas a destajo.  Y es que mi padre tenía unas cosas…
Así que estábamos bien advertidos al efecto y lo más que decíamos era o “chorraaaa o copón” “hostia”, como todo el mundo dice en Cuenca, hasta los más beatos. Y eso, aunque también fuese pecado no estaba penado con cárcel, al menos para los de derechas.
Como siempre tuve la cabeza gorda, y a pesar de ser un despistado total, tenía muy buena memoria, le relaté a mi madre palabra por palabra, gesto por gesto, y visaje por visaje, y si de algo me olvidaba, allí estaba mi sobrina para recordarme mi olvido. Eso sí, como loro que no entiende, pero, si escupe todo lo que escucha.
— ¡Ya está! ¡Ea! Pues mucho mejor, “mía que chorra”. Un jersey limpio y unos calzones nuevos, y nos ahorramos unos buenos cuartos —saltó mi madre muy contenta, para mi sorpresa, que pensaba que también se enojaría como las señoras de velo en la cabeza.
En el pueblo, entonces, no teníamos pantalones, sino calzones a los pantalones les llamábamos calzones.  Mi madre, que no terminaba de creérselo, me lo hizo repetir, y yo de nuevo, le dije que: “el cura había dicho que, el obispo había dicho que, el Papa había dicho”, y que iba a ir el obispo al pueblo a darnos la comunión, y la confirmación a los niños que ese año tomábamos la 1ª comunión, y que quien fuese disfrazado de marinerito o de novia no la tomaría.
—¡Copón! Que, alegría me das.
Las fuerzas vivas del pueblo se manifestaron, es decir aquellos que podían manifestarse sin ir a la cárcel, y al final convencieron al cura del perjuicio que representaba tener que devolver disfraces de marinerito y de novia, además con la ilusión que les hacía a las criaturas. El cura tomo la decisión salomónica, quienes fuésemos vestidos de paisano la tomaríamos ese día de mano del obispo, y los vestidos de marineros o novias a la semana siguiente, pero sin la presencia del obispo. “La gente de bien” muy enfadados, y hablando de escribirle una carta a su “caudillo” y mi madre, mi hermana y otras madres, muy contentas, por el ahorro, que éramos pobres y, además, éramos ateos convencidos; aunque yo no lo supiese. Ni entonces, ni tampoco ahora, siempre fui de muy dudar.
Por aquel entonces, no había agua potable en las casas, y el agua se llenaba en la fuente de la plaza, o cualquiera de las fuentes repartidas por el pueblo, o de los pozos que tenían muchas casas.  En nuestro caso, como no teníamos ni pozo, ni fuente más cercana, en de la plaza.  Cuando, mi sobrina y yo, de la misma edad ya estábamos vestidos para la ceremonia, muy limpios y con ropa de estreno, estábamos listos para salir a la Iglesia, a comenzar los ensayos para cuando llegase el obispo saliese todo bordado.  Pero en esos instantes, mi hermana se dio cuenta de que no había agua ni para beber, y ella y mi madre, atareadas que habían estado toda la mañana, todavía ni se habían vestido con ropa decente para ir a la iglesia.
—Chiquillos, coger cada uno un botijo cada uno y traer agua.
Había tiempo de sobra para ir a la fuente, llenar los botijos e ir con tiempo sobrado a la iglesia. No obstante, como críos que éramos, nos entretuvimos más de la cuenta y lo que hubiese sido diez minutos fue casi una hora en la plaza, con nuestros botijos de agua llenos escuchando lo guapos que estábamos. Cuando nos quisimos dar cuenta, las campanas de la torre daban el segundo aviso para que los chiquillos fuésemos a la Iglesia para ensayar, nosotros que ni habíamos escuchado el primero.   Corriendo subimos la pedregosa calle de Las Eras, con riesgo de tropezar, caernos y romper los botijos.
—Chiquillos, venga que no llegáis —, nos animaba la gente ante nuestra desesperada carrera.
En todas las casas manchegas, por entonces, había unos soportes de madera para sostener los cántaros, cantareras, y otro para los botijos, en casa de mi hermana también. Había cuatro huecos libres para los dos botijos que llevábamos, con colocar uno en cada esquina hubiésemos evitado la tragedia. Quiso la mala fortuna, que tanto mi sobrina como yo, decidiésemos dejar nuestro respectivo botijo en idéntico espacio, chocó un botijo con otro y mi hermana se quedó sin botijos hechos añicos y con el agua repartida por todo el recibidor.
—No os mato porque es el día de vuestra primera comunión, eso os libra, que si no os iba poner el culo más colorado que un tomate.
Menos mal que era el día de nuestra primera comunión.  Ella se quedó sin botijos, sin agua y recogiendo con un trapo de rodillas el agua, entonces no existía el mocho, mientras nosotros íbamos a ensayar como ponernos ante el obispo de Cuenca.
Llego el momento de la verdad, yo era de los más pequeños, pues era bastante canijo, luego pegué el estirón, pero no muy grande, porque con once años ya trabajaba e iba a la escuela y con trece, subía maletas en un hotel de Ibiza, las cuales estiraban para el suelo, pues ya no crecí más. Así que fui de los últimos en tomar la comunión, justo por delante de las chiquillas.
 Por tanto, desde mi privilegiado puesto de la cola veía que el obispo después de darle a cada uno de los “comuniantes” la hostia consagrada, les daba una buena y sonora hostia en la cara. Escuchando como sonaban, y lo roja que se les ponía a todos la mejilla; además de lo que imponía aquel obispo con cara de vinagre, pensé que aquellas hostias harían más daño que los capones que propinaba don el cura.  En fin, que estaba asustado, llegó mi turno, la expresión de mi cara debió conmover al obispo, porque tras la sagrada forma apenas me rozo la mejilla.
Después, no hubo ni regalos de comunión ni hostias en vinagre, comimos un buen cocido manchego, y aquí paz y después gloria.

©Paco Arenas



[1] Principal calle comercial de San Clemente (Cuenca).
[2] Principal calle comercial de Cuenca.
[3] Principal calle comercial de Madrid.

jueves, 8 de junio de 2017

Conversación de dos jóvenes muchachas en la subida de la calle Los Tintes (Cuenca) el domingo 13 de abril de 1902 (el día que se derrumbó el Giraldo de la catedral)


 
Calle de los Tintes.(Cuenca) Principios del siglo XX
ANGUSTIAS—No, no y no, seas cansina, que yo no cruzo por el Puente San Pablo ni con una chispa más grande que el Giraldo…
DOLORES—Pero mujer, si no pasa nada. No te das cuenta de que antes se cae el Giraldo que el puente de San Pablo…
ANGUSTIAS—Serás tontaca, ¿cómo se va a caer el Giraldo que lleva cuatrocientos años dando la hora, hay que ser simple para pensar una sandez de tal calibre…
DOLORES—Tontaca tú. ¿Cómo se va a caer el puente, mujer? No ves lo lustroso que está, si está nuevecico…
ANGUSTIAS—Pues a mí me dijeron que Abundio se cayó con su borriquilla desde lo alto y se espanzurró…
DOLORES—¡Anda! Que quien has ido a decir. ¿No has encontrado a otro más tonto? Además, con una chispa que llevaba de resolí que poco más y deja sin existencias a las destilerías de Ortega…
ANGUSTIAS — ¡Ea, que no! Que no me convences cansina, que yo por el puente no paso, y la borrica menos, que esta preñada y si ve tal precipicio le da un pasmo y mal pare y sino malpare se le corta la leche y en lugar de borruchos mal pare cualquier adefesio…
DOLORES—Tontunas dices…
ANGUSTIAS —¿Tontunas, dices? Tú pasa por el puente, aunque tenga que dar toda la vuelta al Huécar…, me dan unas angustias…
DOLORES—¿No estarás tú también preñada como la borrica?
ANGUSTIAS —¿Yo? Si no tengo marido…
DOLORES—Pero tienes choto y te confiesas mucho con el señor don Bartolomé…
ANGUSTIAS —Eso sí, además noto retortijones en la panza…, unas angustias que me dan…, desde un mes después de que comenzase a confesarme el señor don Bartolomé…
DOLORES— ¿Angustias, unas angustias? ¿A ti también te confesó en la sacristía?
ANGUSTIAS — ¿Pues claro? ¿Dónde iba a ser? ¿En el confesionario como a las viejas?
DOLORES—¡Ay, Dios santo! Que va a ser que sí. A mí también me confesó para librarme de todo pecado y sacarme los demonios que me había metido mi Julián después de la boda, y ya sé cómo confiesa y quita los demonios don Bartolomé… ¿Pero tú no tienes nadie que te meta los demonios? ¿Para qué te confiesas?
ANGUSTIAS —Por los malos pensamientos, me dijo que para prevenir y calmar los ardores que me entran cada vez que veo a Tomás, y vaya que si me calma…
DOLORES—Pues a ver cómo calmas tú a tu Tomás cuando se entere que lo que no le dejas a él se lo das en confesión a don Bartolomé en la sacristía, que bien a raya lo tienes… ¡pobrecito mío!
ANGUSTIAS —¿Y tú cómo sabes que lo tengo tan a raya? ¿pobrecito tuyo?
DOLORES—¡Uy, uy! ¡Ea! Mira, que tengo prisa…me voy por el puente…
ANGUSTIAS—Mal me huele…, mala pécora ¿Qué pasa entre mi Tomás y tú?
DOLORES—Nada, nada…
ANGUSTIAS—¿Nada, nada? ¡Uff! Como sea lo que me imagino, te caes por el puente sin necesidad de subir…
DOLORES— Te lo juro, que se caiga el Giraldo si es verdad lo que te imaginas…

La tierra tembló bajo los pies de las dos muchachas, ambas se estremecieron, tirándose al suelo, dicen que hasta la borrica se espatarró con cada una de sus extremidades para cada lado, cuando de repente un enorme estruendo resonó en toda la ciudad de Cuenca y en varias leguas a la redonda, el Giraldo después de cuatrocientos años de historia se derrumbaba aquel domingo 13 de abril de 1902, pillando bajo sus escombros a 19 personas.

Cuando la catedral de Cuenca tenía Giraldo


©Paco Arenas


miércoles, 7 de junio de 2017

Don Quijote, el coronel Aureliano Buendía y Federico García Lorca ante el pelotón de fusilamiento.(Rompecabezas o mezcla de textos de Cervantes, García Márquez, García Lorca, Miguel Hernández y Paco Arenas)


¿Dónde está el caballero?
¿Dónde el poeta?
¿Dónde los genios están enterrados?
¿En qué ignorada cuneta lloraremos nuestra pena?[1]

Que me perdonen Gabriel García Márquez, que me perdone Miguel de Cervantes, que me perdone Federico García Lorca, que me perdone Miguel Hernández; pero, no he podido resistir la tentación después de encontrar esta viñeta de Forges.[2]

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero olvidarme, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el hidalgo Alonso Quijano, recordó aquella tarde en que su padre le llevó a ver el hielo. Era tontería sentir nostalgia, había llegado su hora, se armó de valor al desprenderse de su lanza, su adarga antigua, y despedirse de su rocín flaco y de su galgo corredor, que tan pocas liebres le cazó.

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. No sobraba alegría, al menos comía todos los días de la semana, cosa harto difícil, cuando quienes deben guardar ejemplo roban por encima de las posibilidades del pueblo; no obstante, no faltaba olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

Por entonces, el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos, mientras un poeta ante tanto jaleo se inventaba palabras sacadas del bolsillo de su blanca chaqueta:

Yo me arrimé a un pino verde
por ver si la divisaba,
y sólo divisé el polvo
del coche que la llevaba.
Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.[3]

El hidalgo, que no tenía escopeta esgrimió su sabiduría y pensó, que no debía tener miedo, que eso era de otra época, que ni el poema ni ese lugar llamado Macondo iba con él. Es menester mentar que, aunque, hidalgo pobre, tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza.

No salgas, paloma, al campo,
mira que soy cazador,
y si te tiro y te mato
para mí será el dolor,
para mí será el quebranto,
Anda, jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.[4]

A Dios gracias, la paloma estaba a salvo, al igual que la conciencia del hidalgo, pues que ni el galgo cazaba. Y aunque el ama estaba entrada en carnes decía que no comía, y la sobrina que estaba enamorada tampoco lo precisaba, que cuando dos se quieren con uno que coma es bastante, y el bachiller Carrasco no perdonaba ni la dura paloma, que, si don Alonso no la cazaba, él no la perdonaba.  Lo peor vino después, también para el caballero, que ahora, llegaba aquel gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. Llegaron aquellos hombres de África, sembrando la muerte por aquellas tierras de cuyo nombre no quiero acordarme.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.[5]

No son vientos de libertad los que llegaron a del sur, para siempre todos recordarán que el crimen fue en Granada, y el lamento de los poetas, de todos los dignos poetas, lloraron lágrimas de sangre, y el llanto todavía se escucha en toda España.

Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.[6]

 Entonces todos señalaron a aquel perturbado lector de libros, que hablaba de hechizos y remedios mágicos, tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración no se salga un punto de la verdad, si la verdad la escriben quien la vive, y no quien la inventa o trasmite tras haber pasado por el tamiz de mil maledicentes lenguas a sueldo de los calumniadores.

En la calle de los Muros
han matado una paloma.
Yo cortaré con mis manos
las flores de su corona.
Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.[7]

También fue condenado, alegando demencia y hechicería; sin embargo, en Macondo todos sabían que era por haber defendido la libertad de la República de las letras, las otras también, nada tenía que ver Melquíades ni el sabio Frestón, tampoco su presunta demencia.  Era otra cosa, muy diferente, conocía el significado de las palabras, de todas, y eso era lo realmente peligroso para sus detractores. quisieron extirparle el gen rojo que inventó Vallejo-Najera, fue inútil pretensión, en quien ama la libertad, pronto se regenera..., y al poeta muerto, otro en su puesto, un pastor de cabras tomó el relevo.
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.[8]

El coronel Aureliano Buendía, tampoco sería perdonado, a quien lucho por la verdad le llamaron traidor, y así llegó a este punto, ante un pelotón de fusilamiento junto con el caballero de rebuscadas palabras. Al hidalgo de la Mancha, tras desnudar sus enjutas carnes, aquellos miserables taparon sus vergüenzas con el sambenito, cubrieron su cabeza con el capirote, y puesto en la picota se dispuso a morir, el poeta estaba a su lado para darle fuerza, no estaba muerto, que Federico es eterno. Miro el caballero al poeta y al coronel que estaba a su lado, sin conocerse se entendieron sin pronunciar una sola palabra.  No permitieron que les tapasen los ojos, y atados de pies y manos, creyeron que los quemarían siguiendo el rito de la Santa Inquisición, que se servía de mercenarios sarracenos para dar muerte a cristianos, en nombre de Cristo redentor.  No ardió la hoguera, se extrañó el caballero, el coronel Buendía no tanto.  Don Alonso debería haber pensado que estaba junto a una cuneta, y que querían ahorrarse los maravedís les hubiese cobrado enterrador.  A su lado, estaba el poeta asesinado en Granada, el coronel con el puño en alto.  Se miraron los tres y comprendieron que aunque mil balas atravesasen sus cuerpos de hombres honrados, vivirían para siempre, por ser hombres cabales y no traidores como quienes mandaban apretar el gatillo.


Mi corazón oprimido
Siente junto a la alborada
El dolor de sus amores
Y el sueño de las distancias.
La luz de la aurora lleva
Semilleros de nostalgias
Y la tristeza sin ojos
De la médula del alma.
La gran tumba de la noche
Su negro velo levanta
Para ocultar con el día
La inmensa cumbre estrellada.[9]


¿Dónde está el caballero, dónde el poeta? ¿En qué ignorada cuneta?


©Paco Arenas






[1] Paco Arenas.
[2] Texto: mezcla de Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez y Paco Arenas.
[3] Federico García Lorca.
[4] Federico García Lorca.
[5] Federico García Lorca.
[6] Federico García Lorca.
[7] Federico García Lorca.
[8] Miguel Hernádez.
[9] Federico García Lorca.
©Paco Arenas

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