domingo, 20 de agosto de 2017

Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre)


Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre) será una recopilación de varios relatos rescatados  de la rica tradición oral castellana  y manchega, a los cuales he dado forma y añadido algunos de mi propia cosecha.  


Mis padres, vuestros padres, nuestros abuelos, vuestros abuelos. Se sentaban cara a la lumbre, asaban castañas, si las había, setas, o simplemente removían las cenizas buscando las últimas ascuas para aguantar la noche sin tener que echar otro ceporro. Y al calor de la lumbre nos contaban historias y relatos, unas veces propios de una rica tradición oral, otras improvisados sacados de su imaginación.
Mi madre, como muchas mujeres manchegas, llenaba bolsas de tela, “taleguillas” con espliego, una especie de ambientadores naturales, apenas perceptibles pero que estaban por todas partes y cuando los tocaban desprendían un agradable aroma a lo auténtico, y que a todos nos gustaba. Mientras que el azafrán, el oro de la Mancha, era la esencia que se percibía en cada uno de sus guisos, pero al igual que el espliego, tenía un significado simbólico que con el tiempo se ha perdido. No voy a revelar aquí, en el prólogo, el significado de esas dos plantas, de esas flores, que simbolizaron tanto para muchas de las gentes del sur de Castilla.
La narración oral de aquellos hombres imaginativos, analfabetos, pero con gran memoria y cultura popular fue esencial en los tiempos oscuros de la posguerra, añadiendo a las viejas narraciones milenarias, nuevos relatos cargados de humor y gracia que llenaron las largas noches de invierno al calor y la luz de la lumbre.   Esa tradición para la narración la heredó con gran gracia mi hermana Felipa, que terminaría siendo la “hermosamia”, al casarse en segundas nupcias con Isidro Jiménez, “Trequelates” de apodo familiar pero más conocido como “Hermosomío”.  Al morir mi hermana muchas de esas historias que contaba mi padre, se perdieron para siempre, aunque es una de las protagonistas de mi novela, Los manuscritos de Teresa Panza.

Me parece estar viendo a mi padre y a sus amigos sentados en torno a la mesa, o frente a la lumbre, según la época del año, con un porrón de vino y unas aceitunas cornicabras curadas en sosa. Solían ser tres, en ocasiones cuatro, dependiendo si se juntaban para hablar de tontunas y tomar un poco de vino o para escuchar después Radio España Independiente “La Pirenaica”. En esto el número era más que importante, y los relatos cambiaban. Cuando eran tres, eran amigos y a la vez camaradas: Joaquín Osa López “El Cojo”, Julián Romero “El rojo de Soplaeras” y Fermín Martínez Vieco “Fermín Arenas”. Los tres tenían excelente sentido del humor, y en el caso del primero era un excelente narrador de cuentos de terror. No puedo decir que recuerde de manera fehaciente esas reuniones, más bien son recuerdos difuminados que fueron tomando forma gracias a mi madre. Sus relatos eran picantes con cierto tono de amargura y bastante de rebeldía ante la injusticia, eran relatos que criticaban con humor y sin piedad a los vencedores de la guerra, sus víctimas solían ser miembros de la Iglesia, de la Guardia Civil, ricos y beatas.  En algunas ocasiones eran cuatro o más, en ese caso,  esos relatos eran con la “lengua mordida” o con “ropa tendida”, sin que por ello fuésemos los niños esa ropa tendida, sino alguno de los compañeros de tertulia,  campesinos como ellos, pero católicos de derechas y que había luchado en el bando franquista, a pesar de amigos. Todos tenían en común que eran excelentes narradores, capaces  de narrar poemas aprendidos en el frente de batalla, de inventarse historias, narrar relatos o cuentos de la larga tradición oral manchega, casi siempre con ese sentido del humor tan manchego del sur de Castilla. Por último, recuerdo mi a mi hermana Felipa, la mensajera de los dichos y refranes que contaba mi padre, su heredera en ingenio y gracia. Una de sus frases, al comenzar una historia, dicho, refrán o incluso poema, era: “Como contaba padre.” 

martes, 1 de agosto de 2017

José Luis Coll, el precio de las cervezas y el precio de los libros



Recuerdo a mi paisano, el gran humorista José Luis Coll, decir que los taberneros éramos un poco o bastante tontos.  Porque nos quejábamos de las muchas horas que estábamos detrás de la barra para ganarnos el jornal diario.



Es Muy fácil, decía, cobran por cada cerveza diez duros (50 pesetas, equivalente a 30 céntimos de euro) ¿Cuántas cervezas necesitan vender para ganarse el jornal? Un montón. Lo ideal, cada cerveza a cincuenta mil duros. Van a vender pocas, pero con una que vendan al día, ya han sacado el jornal del mes.  Eso les ha debido pasar a los de Amazon.es, han puesto mi libro caricias rotas a 43€, treinta euros más de la cuenta, su precio habitual es de 13€. Ya se venden pocos libros, pero a ese precio, si me dan la comisión correspondiente, como el tabernero del chiste de José Luis Coll, terminaría sacándome el sueldo.  Sobre todo, si vendo los que he vendido durante el mes julio, que Caricias rotas, ha batido récords de venta en versión física de papel, gracias en parte a la oferta realizada durante 13 días. Hoy me he llevado la sorpresa de que el precio de venta lo ha puesto Amazon a 43€, ya he reclamado, supongo que será cuestión de minutos o de horas, mientras tanto si a alguien le apetece comprarlo que miré bien el precio.
Esperar a que tenga su precio normal, o si tenéis oportunidad comprarlo o encargarlo en una librería, no os cobraran más de los 13€ reglamentarios.

Librería El Tintero: San Clemente (Cuenca) 969 301 402
Librería Clarión: Valencia 963 55 68 10
Librería Latitud Sur: Valencia 692 4147 96
Librería Sambori: Paterna (Valencia) 96 138 29 41

Podéis reíros conmigo y comprobar cuan alto valora Amazon el valor de mis libros, pero no seáis tontos, NO LO COMPRÉIS, mientras esté a ese precio.


Paco Arenas

Caricias rotas a 43 euros
                              

miércoles, 26 de julio de 2017

Bib-Rambla (El silencio habitado de las casas) Reseña


En Bib-Rambla, Antonio Andújar deja entrever su fascinación por el mundo árabe, que se manifiesta de manera clara en su segunda novela, "La vida partida en dos", y sobre todo en la tercera. "Estrellas y cedros sobre fondo blanco" 

Bib-Rambla El silencio habitado de las casas, la novela de Antonio Andújar Castro es sin lugar a duda es una de las novelas que más me han atrapado, de cuantas he leído en los últimos años.  Siento envidia, que nunca es sana, de cómo trabaja el autor los personajes, sobre todo los femeninos, dejando ver su profesión, psicólogo. Los retratos psíquicos de Raquel y Estela resultan insuperables. Cualquiera podría pensar que no adentramos en una novela complicada de leer, cargada de tics profesionales y complicados, al contrario, ahí está la destreza del escritor para contraponerse a la profesionalidad del profesional.
La novela resulta ágil y amena, a pesar de sus casi seiscientas páginas, atrapando desde el principio en una historia narrada en tiempos y lugares diferentes manteniendo la tensión y emoción hasta el final, haciéndonos viajar y pasear por las calles de Granada a través de los laberintos emocionales de sus protagonistas.
Muchas gracias Antonio por esta novela, que al igual que La vida partida en dos, me ha hecho vibrar como lector.
Espero volver a verte pronto. Quizás el próximo mes de septiembre en Bib-Rambla, o tal vez por las calles del barrio del Carmen de Valencia.


Paco Arenas 

jueves, 20 de julio de 2017

El viejo, el nieto y el borrico

Este cuento, es universal, pero a mí me lo contaban de pequeño, y yo lo he readaptado a mi estilo manchego.  

En los tiempos de María Castaña un abuelo decidió llevar a su nieto de diez años a la feria de Belmonte, como iban los dos solos, decidieron irse con un viejo borrico que tenía el anciano, no era cuestión de llevar dos mulas y un carro, que el trabajo da hambre y la comida no sobraba ni para las mulas. Al llegar a Villar de la Encina, el borrico llevaba la lengua de fuera. El anciano sacó la conclusión que era mucho peso para el pobre animal, así que, por aligerar la carga al borrico, el viejo decidió ir andando, dejando al chiquillo subido en el pollino.  Como era verano y tenían sed, se acercaron al pozo para dar de beber agua al borrico y de paso beber ellos. Entonces escucharon cuchichear a un grupo de gentes que allí se encontraban:
—Tendrá poca vergüenza el chiquillo, que tiene todos los hijos dentro del cuerpo y va montado en el borrico, mientras que el pobre viejo, que tendrá las piernas desechas por la artrosis, le toca ir andando. Poca vergüenza hay que tener.
— El mundo está perdido, ya no se respetan las canas, un par de guantazos es lo que necesita el criajo ese… —Aseveraba un segundo.
El abuelo, que se encontraba cansado pensó que los comentarios eran razonables. Así que al iniciar de nuevo el camino decidió que fuese su nieto andando y el caballero en el asno. En estas llegaron a Villaescusa de Haro, cruzándose con una pareja de muleros que regresaban de Belmonte después de haber vendido y comprado mulas en la feria.  Como es habitual en la Mancha, al cruzarse con ellos se saludaron a pesar de no conocerse.
— Vaya con Dios, hermano.[1]¿Va cómodo usted?
— No voy mal, esa es la verdad —respondió el abuelo.
— Pues nada, a la feria…
Apenas se alejaron de ellos unos pasos, el abuelo escuchó cuchicheos entre los muleros, en esta ocasión contra su persona.
—Mira el sinvergüenza del viejo, con lo fuerte que parece, y lleva a la criatura andando, con lo delgaducho que esta, pobrecillo. ¿Qué pensaría la madre si lo viese? —Dijo uno.
— Como si no pudiesen ir montados los dos en el borrico.
El abuelo se dio cuenta de que, en efecto, el borrico podría bien aguantar el peso de los dos. Miró a su nieto y vio que el pobre se veía fatigado por el cansancio y el calor, y caminaba arrastrando los pies y con las manos colgando. Así que continuaron hasta Belmonte los dos subidos en el borrico.   A una legua de Belmonte se cruzaron con unos cabreros que habían parado a la sombra de uno pinos junto al camino para ordeñar a las cabras, a los cuales también saludaron.   Les echaron el alto, y se acercaron con un cubo que tenía un poco de leche, pensaron que sería para el chiquillo que se relamía de pensarlo, pero los cabreros se la acercaron al borrico, que en un abrir y cerrar de ojos, de dos lengüetazos se la sorbió.
— Pobre animal, ¿nos les da vergüenza? Los dos subidos en el borrico, con la calina que está cayendo, pobrecico. Lo van a reventar, esto solo pasa en España, no hay miramiento por los pobres animales…
Todavía fueron a por más leche, que también dieron al borrico, el cual se tomó la leche ante la envidia del chiquillo. Nieto y el abuelo, avergonzados, bajaron del borrico y continuaron los tres andando hasta Belmonte, uno al lado del otro. Entrando en Belmonte se encontraron con unos Pinarejeros que volvían de regreso. También se pararon a saludarlos, hablaron de la feria y de lo que en ella había, y al despedirse, el abuelo y el nieto escucharon de nuevo cuchicheos los paisanos.
—Siempre he dicho que a Zacarias le falta un verano, y eso que tiene muchos. Será corto, que vienen andando desde el pueblo, teniendo un borrico al que subir —dijo uno.
—Desde luego, con lo viejo que está, si por lo menos subiese él, el chiquillo al fin y al cabo tiene buenas piernas —respondió otro.
—Para eso que suba el chiquillo, que está en los huesecitos, pobrecico mío.  Sentenció un tercero.
— Como si no pudiesen ir los dos montados —añadió un cuarto.
— Pobre animal, mejor que vayan andando —agrego el quinto.

Moraleja: Nunca pretendamos complacer a todos, siempre habrá quien nos critique cuando hayamos decidido hacer algo de algún modo o forma, si vamos modificando nuestras decisiones siguiendo la opinión de cada uno que nos encontremos, no llegaremos a ninguna parte, ni a la feria de Belmonte, ni a la de Albacete. No cometamos los errores de los demás, somos autosuficientes para ser capaces de cometer los propios.





[1] En algunas partes de La Mancha, a las personas mayores les llamamos hermanos.

©Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre)
©Paco Arenas :Adaptación "El viejo, el nieto y el borrico"

martes, 11 de julio de 2017

Jornadas manriqueñas de Posada Real de Santa María, uno de los días más emotivos de mi vida

Paz Risueño (Participación Rural Viva) Mi Dulcinea favorita.
Hace dos años justos, durante unas horas viví uno de los momentos más intensos de mi vida, fue mi primera presentación en mi tierra, a cinco kilómetros de Pinarejo, en Santa María del Campo Rus.
Momentos que no hubiesen sido posible si mi Dulcinea favorita, Paz Risueño y la organización cultural que sabiamente dirige: Participación Rural Viva.

 Mi librera favorita, Carmen Herrera, (Librería El Tintero de San Clemente) la más simpática dispensadora de libros de todo el sur de Castilla, y de la Mancha entera, la Pitu, Carmen Herrera.


El patrocinador del evento fue Julián García, el mesonero mayor de Castilla, y el posadero más atrevido de la Mancha, capaz de ir a tierras valencianas y ganar por dos veces el primer premio a la mejor paella valenciana, Julián García García, que es además de excelente cocinero, mesonero, activista cultural, organizador de eventos culturales, como las Jornadas Manriqueña, que ya va por su tercera edición, yo tuve el honor de participar en la primera, ni más ni menos que en La Posada Real de Santa María, para quien se le haya escapado, donde se come la mejor paella de España.

Ese día también conocí a personas que me llegaron al alma, y que tengo el honor de conservar su amistad, como por ejemplo, mi amigo José Manuel Parreño Collado, una de las personas más admirables y generosas que puedes encontrar en esta vida. Recuerdo A Mariano Navarro Rubio, a Jesus Melero Cana, Polín Gómez, María Dolores, a doña Maruja, mi primera maestra, a su hija, Angus Carretero Martínez, a Julián Brox.  A aquellos tres concejales del ayuntamiento de San Clemente, que soy incapaz de recordar, aunque creo que una de ellas era Charo Sevillano, también un chaval joven, y que me perdonen mi mala memoria.

No olvidaré a aquellas dos bellas muchachas universitarias, que, ante la duda, no digo su nombre, que se acercaron con sus libros en la mano y me hicieron por primera vez, una de las dos preguntas que después me han hecho muchas personas.  Me preguntaron por el Vicerrector de la Facultad de Filología, grado de Lengua y Literatura Castellana de Cuenca:

—Estudiamos en Cuenca, y tenemos una duda. ¿En realidad quién es el Vicerrector que sale en el libro?

Me quedé dudando, era la primera vez me preguntaban eso, ante mi turbación por lo inesperado de la pregunta, insistieron:

—Lo hemos buscado en internet, hemos preguntado a compañeros, y nadie conoce a ningún profesor con ese nombre…

Debo decir que en la primera y en la segunda edición el Vicerrector tenía nombre, duendes que siempre hay, en la cuarta volverá a tenerlo, porque además el nombre da juego, sin duda, en la cuarta volverá a tenerlo, el nombre era don Bartolomé López Quesada. Para quienes han leído la novela saben de la mucha importancia del segundo apellido.


Tampoco puedo, ni debo olvidar a mi hermana, mi cuñado y sobrina, y a todos mis paisanos que allí acudieron.  Y que fue la primera vez que salía en un periódico de mi tierra.




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