jueves, 17 de enero de 2013

El “puñao” de San Antón.

Iluminaria en la plaza de Pinarejo 4 de febrero

Siempre se ha dicho en Pinarejo, supongo que en otras partes de Castilla también, que hasta San Antón Pascuas son,  poco o nada recuerdo de las celebraciones religiosas, en mi familia no éramos ni somos muy dados a los rezos de rosarios ni golpes de pecho.  Mi padre decía que si el cielo o Dios existían y era bueno, seguro que acogería antes a los míseros que a los “miseros”,  “a quienes viven honradamente antes que a quienes viven del sudor ajeno, porque no es lo mismo vivir del sudor de tu frente que del de enfrente”.  Mi madre también tenía sentencias para el asunto, “quien mucho se confiesa es porque mucho mal hace” “Quien se da golpes de pecho es porque antes se los ha dado al de al lado”, “Llevan oros a la virgen, y no dan una “perragorda”  a quien la necesita”.   Por tanto si bien me educaron en el respeto a mis semejantes, en el amor al prójimo, pero no a lo del prójimo, me enseñaron que nadie te regala nada y que si algo quieres algo te cuesta, que nunca hay que pisar a nadie, pero tampoco dejar que te pisen, pero nunca me dijeron que mi perro “Manolo”, necesitase de agua bendita, ni las libertinas, de mis gatas que siempre estaban embarazadas.

Como siempre me voy por los cerros de Úbeda la llana, lo poco que recuerdo del puñao era a mi madre, junto con otras vecinas con una gran sartén de patas friendo cañamones, garbanzos, pipas, trigo, cacahuetes, (alcahuetes) y almendras (almendrucos).  Nos daban “el puñao” y comenzábamos el recorrido de casa en casa, ese ceremonial laico comenzaba ya a media tarde, supongo que después del recorrido no cenaríamos.  Creo recordar que por aquellos años prohibieron los cañamones, aunque no estoy seguro.
También creo recordar de haber ido un año a Santa María a ver quemar la iluminaria de San Antón, pero la imagen es tan difusa que tampoco lo puedo afirmar.
Lo cierto es que ese día era ante todo una fiesta infantil, aunque mis animales se criasen en el agnosticismo de sus dueños, y no es que en mi casa no hubiese animales, que grandes recuerdos hasta tres mulas  y una cabra, en esas fechas los gorrinos se habían transformado en perniles, brazuelos, chorizos, morcillas y demás,   mientras que pequeños, un perro, dos gatas libertinas, multitud de gallinas y algún gallo marajá, y muchos conejos peludos de cuatro patas.



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