domingo, 27 de enero de 2013


Noche de animas en Pinarejo


Las animas se calientan en  Pinarejo

Entre los recuerdos que conservo en mi memoria de aquella lejana niñez pinarejera, está la del día de todos los Santos, no la de los cementerios o camposantos, ni de flores naturales o artificiales, o el engalbegado con cal viva de nichos o tumbas, no,  esos recuerdos datan en mi memoria de una época posterior, no recuerdo haber ido a un cementerio antes de la muerte de mi padre, cuando aún no tenía ocho años, ni tampoco después, hasta bien pasado los veinte, tal vez fuese en alguna ocasión a acompañar a mi madre, pero no lo recuerdo bien,  continuo sin ir a esos lugares de veneración de nuestros antepasados.
En mi opinión allí no hay nada, esto puede sonar a blasfemia, nuestros seres queridos no están en una tumba.  ¡Qué tristeza! Están en el corazón, en el espíritu, en  la mente de aquellos que les quisimos, que les queremos, casi cincuenta años después de la muerte de mi padre, aun le recuerdo con emoción, rememoro los pocos años que permaneció junto a mí disfrutando el momento, recordando sus cuentos, sus refranes, repito mil veces eso que él repetía en más de una ocasión:
No hay especie como el ajo,
 fruta como el madroño,
 ni mujer  que no se ría estando delante del novio”.

Qué decir de mi madre a la cual llevo siempre presente, que me transmitió sus ideas republicanas, su forma de ver el mundo de manera solidaria, o de mis hermanas fallecidas, Magdalena a la cual no conocí,  de mi hermana Dolores, fueron tantas las vivencias, tanto el dolor que tuvo en sus últimos años, que pensar en ella me hace sentir ese mismo dolor, mi hermana Felipa, tan pequeña de estatura como grande de corazón, una chispa de alegría en la familia, la más alegre de todos los hijos de mis padres, la heredera de la alegría que transmitía mi padre, de sus refranes, de sus chistes, de la facilidad para razonar y poner paz y sensatez en las disputas, o de mis sobrinos, muertos en plena juventud,  Fermín con 19 años, le recuerdo siempre alegre, con ganas de vivir, Jeni con 29 preciosas primaveras,  con muchas ilusiones por cumplir, con ganas de viajar a otros lugares, quien le iba a decir a ella que su último viaje, el más largo lo haría antes de cumplir los treinta,  mis cuñados José, tan solo guardo un efímero recuerdo de su última cena en mi casa,  Victorio, le recuerdo alto, siempre jugando con sus hijas con ternura infinita, a las cuales les había puesto unos cariñosos motes que no recuerdo ahora, de Patricio, un auténtico intelectual, que como tantos otros de aquellos tiempos desperdiciaron sus ansias de cultura, levantando paredes de ladrillo, pero sin dejar de intentar saber cada día un poco más del mundo y sus realidades,¿ qué hubiese sido de haber nacido cuarenta años después?, o esos amigos fallecidos, Antonio Madrigal, un gran amigo, también fallecido al igual que mi sobrino Fermín en esa guadaña segadora de vidas que es la carretera.

Recordarles me emociona, pensar en ellos, aunque parezca mentira no me entristece, les recuerdo como eran, la memoria es selectiva y recuerdo momentos alegres, que me hacen reír, momentos de dificultades, que me hacen pensar, otras veces rememoro acontecimientos vividos en común, y parece que los estuviese viviendo de nuevo, noto mis mejillas llenas, todavía hoy llenas de lágrimas,  ardiendo, sé que ruborizadas de pensar en todos esos seres queridos, les noto junto a mí, dentro de mí y no en los cementerios, forman parte de mí, del mismo modo que yo forme parte de ellos. 

Regreso al cementerio de Pinarejo

También recuerdo de ese día dulces recuerdos, las miguillas dulces que nos preparaba mi madre, nada más levantarse, antes de que el sol saliese por el horizonte.
Recuerdo como en ciertas casas, normalmente vacías, sin presencia de adultos, se reunían adolescentes y jóvenes desde después del mediodía hasta bien pasada la media noche o la madrugada, se llevaba a cabo un ritual ancestral que nada tiene que ver con Halloween americano, en un ambiente festivo se cocinaban miguillas dulces manchegas, a base de harina, azúcar y chicharrones, (picatostes),  cada uno de su casa llevaba además otro tipo de viandas que servían para pasar la tarde noche sin agobios y con alegría, se cantaba, se bailaba y sobre todo se contaban historias de muertos o vivos, se disfrazaban, simplemente con sábanas y  al final de la noche o de madrugada, con las miguillas sobrantes se tapaban las cerraduras de las puertas de las casas, afortunadamente  las cerraduras eran antiguas de llaves grandes, siempre protestaban los damnificados pero tampoco llegaba la sangre al rio y como nadie sabía quién había sido, pues con más motivos. Porque la gente mayor y los niños, en el momento que anochecía quedábamos enclaustrados en nuestras casas.

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