viernes, 11 de enero de 2013

Novia radioactiva/ El día más feliz




Villar de Cañas 30 de abril de 2050

El día de la boda, suele ser en la infinidad de los casos un día feliz lleno de anhelos y esperanzas. La boda es la culminación de muchos sueños y espera. Tal vez ese día, o mejor dicho esa noche, ya no es la tan nombrada “Luna de Miel”, porque el ritual ancestral de la desfloración se quedó olvidado en pleno siglo XX. No obstante, todavía mediados el siglo XXI la boda continúa siendo una ceremonia emocionante.


La tormenta de la noche era un anticipo y al mismo tiempo una continuación de lo que estaba por ocurrir. Amalia se preparaba para el “día más feliz de su vida”, según decían las mujeres mayores de Villar de Cañas, aquellas que habían sobrevivido a los últimos escapes radioactivos del 2025, cuando por fin la presidenta Cospedal logró materializar su anhelado proyecto del ATC, el cementerio nuclear de Villar de Cañas. Naturalmente la presidenta dirigía la comunidad autónoma desde muy lejos de Villar de Cañas. El escape de 2025 supuso la ruina agrícola para todas las comarcas colindantes. Eso pasó 25 años atrás nuevos productos habían sustituido a los tradicionales de La Mancha.  Ese día, 30 de abril de 2050 era el día de la boda de Amalia. No es que para ella significase mucho, no era de esas novias de antaño que esperaba descubrir los goces del matrimonio en la luna de miel. Llevaba felizmente cinco años viviendo con su novio, Mario, ingeniero nuclear al igual que ella. Si se casaban era porque estaba embarazada, un descuido o un error no deseado, no se hubiesen casado a pesar del embarazo de no ser por lo que pasó.  No deseaban tener hijos, más en aquel lugar, donde cincuenta años antes,   las autoridades en un oscuro tejemaneje de corruptelas y guerras de intereses habían elegido Villar de Cañas como ubicación del cementerio nuclear, prometiendo riqueza y prosperidad a la zona, proyecto que estuvo unos años en suspenso, por no cumplir ninguna de las condiciones necesarias, pero al final el poder del dinero triunfo.

El embarazo lo aceptó más que con alegría con resignación cristiana, porque ella que no busco ese niño, no pensaba abortar. No obstante, al final se hizo a la idea, y comenzó los preparativos para dar la bienvenida a la nueva vida.  Con miedos e inquietudes inconfesables, en Amalia, a sus treinta y tres años había despertado el ansia y el deseo de ser madre.

Mario, la pareja de Amalia, pensó que tampoco sería mala idea celebrar la boda.  Siempre, recordando esa viaja canción de un cantante cubano del siglo XX, de Silvio Rodríguez:

Yo no te pido
que me firmes diez papeles grises para amar
solo te pido
que tú quieras las palomas que suelo mirar


 Ella le había dicho que no eran necesarios diez papeles grises para amar; pero ahora esa inesperada visita que esperaba en el vientre de su amada le hacía desear esos papeles, siempre innecesarios. Afronto la propuesta con ternura, buscando un momento apropiado después de hacer el amor. Temía, a pesar de esos cinco años de vida en común, un posible rechazo por parte de ella.

 Aquella noche intentó emplearse a fondo, preparó una cena romántica, un buen vino, un florero con preciosas rosas, sobre la cama pétalos multicolores en forma de corazón a modo de “ American beauty”.  Mas todo salió mal, la cena se le quemó en el horno, terminando comiendo jamón y queso, importado, porque en La Mancha desde la fuga del 2025 no se producía ni jamón, ni queso, ni vino, ni tan siquiera el duro y sabroso ajo morado de Las Pedroñeras.  El vino y los nervios evitaron la consumación que él habría deseado, tartamudeando, no obstante, se atrevió a hacerle la proposición, y borracha como él, le dijo que sí.

Con todo preparado y la idea hecha, vino un segundo descuido. Un nuevo escape de uno de los compartimentos estanco, de menores proporciones que el de 2025, y que afectó de lleno a Amalia, ya con seis meses de embarazo.  A los vómitos, que no había tenido los meses iniciales del embarazo, acompañaron las convulsiones, los delirios, el estar y no estar, las perdidas dentales, la prematuras canas en los escasos cabellos que le quedaban, sabía lo que le estaba pasando, aun así quiso continuar su embarazo y el proyecto de boda.

Los médicos aconsejaron extraer al niño en el séptimo mes, era la única forma de que tal vez esa vida llegase a buen puerto.  Ella, ya sin voluntad ni fuerzas aceptó. Contra lo esperado el niño nació sano, al menos eso le dijeron a ella; pero debía estar un tiempo en una incubadora de Madrid, ella no llegó a verlo jamás. Amalia estaba muy débil y necesitaba cuidados, aunque a través del cristal del box le enseñaron un niño que le dijeron que era su hijo.

La boda La boda no quedaba más remedio que llevarla a cabo en el recientemente inaugurado hospital de Villar de Cañas, dedicado en su mayor parte a la oncología, por la cantidad de casos aparecidos en los últimos años.  El hospital se había construido allí, para evitar que saliese información a otras zonas, por no crear alarma social, dijeron.

Allí estaban todos, esperando en la sala de actos del hospital, el novio engalanado, los padrinos y los invitados. Antes de que entrase la novia, alguien dijo.

—Cambiar la cara, debe ser un día alegre, va a entrar la novia.

 Justo antes de que cruzasen sus pies el umbral de la sala de actos, Amalia dio el último suspiro, no pudo ver los esfuerzos de los invitados a su boda, por sonreír y mostrar un semblante feliz.


 Los sepultureros cuidadosamente quitaron la lápida provisional de escayola, sacaron un pequeño ataúd blanco inmaculado, sin tocarlo cuanto apenas, lo abrieron e inclinaron levemente, cayendo su contenido en el interior del féretro de Amalia.


©Paco Arenas 22 de abril 2012

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