miércoles, 11 de septiembre de 2013

11 de septiembre de hace muchos años, cuestión de cuernos en Pinarejo.



Lo que a continuación narro, aunque basado en un hecho real tiene partes que no se ajustan del todo a lo que pasó aquella noche del 11 de septiembre de hace muchos años. ese día comencé a dejar de ser "taurino" para convertirme en taurino. 

Las principales calles de Pinarejo se encontraban adornadas con banderitas de todos los países incluida la Unión Soviética, un acto de valentía por parte de la nueva corporación municipal, después de los incidentes ocurridos en el pueblo vecino de Santa María del Campo Rus el año anterior durante las fiestas patronales, en las cuales a pesar de ser oficialmente España, ya, una democracia, el sargento de la Guardia Civil ordeno retirar de la macedonia multicolor de todas las banderas del orbe, una por una la de la URSS, retirándose tan solo algunas, por oposición de muchos vecinos. Por entonces nadie se planteaba si las corridas de toros eran cultura o salvajada, se trataba de una tradición secular que se había repetido durante siglos, sin que nadie se plantease el sufrimiento de los animales. Los astados llegaban siempre la víspera, el día 10 de septiembre por la noche. Era por tanto la víspera de las fiestas patronales de Pinarejo. Por primera vez desde los lejanos tiempos de la República el ayuntamiento estaba gobernado por una corporación de izquierdas. En aquellas elecciones El partido más votado fue el PCE, seguido del PSOE, en tercer lugar la UCD y en cuarto Falange Española, todos con representación municipal.  El ayuntamiento después de cuarenta años de dictadura había cambiado de manos, siendo el alcalde comunista y el teniente de alcalde socialista.

Estaba todo el pueblo pendiente de la carretera, en las caras era visible las distintas sensaciones de cada cual. Unos expresaban abiertamente sus dudas, otros ironizaban sobre la tardanza, otro, y los más pedían paciencia. Lo cierto es que había más expectación que otros años esperando la llegada de las vaquillas, que parecían retrasarse más de lo deseado por los ansiosos pinarejeros.  A lo lejos se ven unas luces que parecen las de un camión acercándose por la carretera. Se le ilumina la cara del alcalde, sus ojos parecen bailarle de felicidad

—Sí, ahí están, ahí están —dice el alcalde comunista sacando su viejo reloj Omega prendido de una cadena, del bolsillo de su chaleco.
Pero no, el camión, que también lleva vaquillas, continúa su camino en dirección a Santa María del Campo Rus, posiblemente hasta la Alberca del Záncara que comienzan sus fiestas tres días más tarde.  
—Son ya las once y media —se lamenta, mientras ve como se pierde el camión dejando el resplandor rojizo de sus luces traseras en la lejanía.
— ¿Qué Manolo toreamos las vaquillas este año o las dejamos para febrero? —Grita alguien en tono jocoso entre la multitud.
El alcalde, Manolo, menea la cabeza de un lado a otro, mira al teniente de alcalde, que quita importancia y con un gesto le dice que no haga caso; sin embargo él también está nervioso. Son los máximos representantes de aquella primera corporación democrática, personas honradas y trabajadoras elegidas por primera vez en muchos años por voto ciudadano. No les podían fallar
Un nuevo camión se acerca, pero tampoco. En esta ocasión es de gaseosas La Pitusa, y ahí no van a llegar las vaquillas metidas en botellas.  Este se introduce entre las calles del pueblo para aprovisionar de gaseosas, refrescos y cervezas a las tabernas del pueblo.
Alcalde y teniente de alcalde refunfuñan algo mientras siguen con la mirada las luces que se difuminan confundidas con las banderitas y los puestos de los feriantes, hasta que el camión se pierde tras la esquina de la Carrera hasta parar en el primero de los bares. A todos se les queda la vista en la sonriente Pitusa y en sus coletas. Tan pendientes están todos del camión de gaseosas que no se percatan de dos nuevos camiones se acercan los cuales no traían ningún tipo de rotulación, ni tan siquiera: “animales vivos”. Eran dos camiones de transporte normal con cajas de madera y barrotes de acero. Todavía no era obligatorio el famoso letrero “Animales vivos.  Los partidarios de la nueva corporación comienzan a aplaudir, el alcalde se quita la gorra y saluda al modo que lo hacen los toreos, brindando al público la llegada, incluso se atreve a lanzar la gorra al aire, que pronto se la devuelven al grito de :

—Manolo tápate la calva.

Por fin paran los dos camiones delante de la multitud. uno lleva dos grandes cajones y otro solo uno. Tras las indicaciones pertinentes los camiones se introducen en el corral que todos los años se utiliza como improvisada plaza de toros. Las gentes se sube a los remolques de tractor, que a modo de círculo se han formado en aquel inmenso corral de ganado, dejando una pequeña abertura para recular los camiones y bajar los animales. Una vez cerrado el círculo, bajan el primer cajón abriendo la puerta de inmediato, y sin mucho entusiasmo sale una vaquilla. El pobre animal mareado comienza a tambalearse dando traspiés y cayendo al suelo, levantándose con dificultad. En el ruedo hay varios muchachos con muletas intentan conducirla a la cuadra para encerrarla y que deben cogerla por los cuernos porque el animal se encontraba mareado. De inmediato algunos gritos y pitidos por la poca presencia del animal salen de los más críticos con la nueva corporación municipal.
      
   — ¿Estas son las vaquillas tan buenas que ibais a traer? Si parece una cabra…

El alcalde mira con extrañeza al teniente de alcalde, que además es ganadero y quien ha elegido a los animales que se han de torear en el ruedo.  El teniente de alcalde le responde con un gesto con la mano y le susurra:

 —Tranquilo Manolo, que a estos los callamos. 

Una nueva vaquilla sale segundo cajón, esta con mayor presencia, más grande de color rojizo. De inmediato barre la plaza de mozos, que con celeridad suben a los remolques. Alcalde y teniente de alcalde sonríen satisfechos.

 —Esta es hija de la ratona, seguro que es hija de la ratona, menuda fiesta hizo…—dice un anciano desdentando casi voz en grito.
Al final los mismos jóvenes de antes se habían subido a los remolques se bajan al ruedo y comienzan a torearla, se nota que están disfrutando, la mantienen más de media hora, para disfrute de todos.
—Esta impone —susurra el alcalde a su compañero de corporación.
—Pues espera a la otra —contesta el socialista.

Ante un gesto del alcalde, llevan la segunda vaquilla hasta la cuadra.  Sale el primer camión del recinto y comienza a recular el segundo.  Se acerca al camión el teniente de alcalde, grita algo, pero nadie le escucha. Al final coge la trompeta del pregonero para ser escuchado.
—Todos fuera de la plaza.
Nadie piensa que la nueva vaquilla pueda superar a la que acaban de encerrar.  Sin embargo, todos los espectadores enmudecen cuando el animal que hay dentro del cajón asoma un poco la cabeza, para automáticamente meterse de nuevo en su interior. Se escuchan golpes desde el interior golpeando el animal contra la madera. Han sido unos instantes; pero el silencio provocado por la vaquilla es absoluto. Aprovechando que de nuevo cierran la puerta del cajón, más de la mitad de los presentes en el ruedo se han subido de nuevo a los remolques o se han metido debajo de los mismos.  Aquella vaquilla no solo causaba respeto, sino miedo verdadero a los más valientes. Tenía unas inmensas astas y una mirada que incluso en la oscuridad denotaba bravura. Al abrir de nuevo la puerta, recula contra el fondo del cajón, los mayorales se suben encima del mismo y comienzan a pincharle con picas de rejoneo.  Al final tras un fuerte resoplido, la vaquilla sale como impulsada por un resorte.  En segundos todo el recinto quedo sin un solo torero, hasta el más valiente subió al remolque.

—Esta vaca no es para el pueblo —dice más de uno.

—Eso no son cuernos son horcas de acero afilado —decía otro.

—Como pillará a alguno no se comería estas navidades los turrones —sentenciaba un tercero.

Comentarios similares comienzan a escucharse.  Realmente impresionaba.  Algunos jóvenes hacían amago de salir al ruedo, pero bastaba con que la vaca hiciese el intento para que antes de que el animal arrancase, saltasen sobre el remolque.  Un joven robusto, de nombre Juan José, por fin se decidió y se lanzó con un capote, dándole unos cuantos pases, estando a punto de ser embestido un par de veces. Tras varios intentos la vaca fue encerrada aparte de sus compañeras, era peligrosa hasta para las otras vaquillas.

El pueblo entero marchó a la Plaza Mayor, no a tomar un excitante café con leche, tampoco una relajante taza de tila. A prender la Iluminaria (una gran hoguera de leña de encina) y dan con ello, por fin, el comienzo a las fiestas del 11 de septiembre, las fiestas del verano en Pinarejo. Porque en Pinarejo tenemos unas segundas fiestas patronales.  Hubo un tiempo en que las fiestas eran solo en invierno, el 5 de febrero, día de Santa Águeda; sin embargo en aquellas lejanas fechas una parte importante de los pinarejeros se encontraban recolectando aceituna en tierras de Andalucía, por lo cual se decidió repetir las fiestas el 11 de septiembre. Fecha ideal en aquellos tiempos, ya se habían finalizado las labores de siega y trilla y todavía no había comenzado la vendimia.  Tras prender la luminaria y lanzar el castillo de fuegos artificiales, comenzaría el baile en los antiguos almacenes de trigo.  Terminado el baile, en torno a las cinco de la mañana, un grupo de ocho jóvenes, casi adolescentes todavía andábamos dándole vueltas a aquella vaca de gigantescas astas. A Alguien se le ocurrió:

—Y si vamos a torearla,

—Pues sí podríamos ir a torearla —añadió un segundo. 

—Mejor no, que la vamos a malear —tercio un tercero, más precavido o temeroso.

 —Fulanito tiene miedo — argullo otro.

— ¿Yo? Los cojones treinta y tres —protestó el acusado de tener miedo.

 De repente todo el grupo estábamos decididos a demostrar lo valientes que éramos, y eso que algunos como yo teníamos miedo, pero con menos de veinte años está mal visto admitirlo.  Nos encaminamos al corral saltando las tapias sin ser vistos.  Ni cortos ni perezosos abrimos las puertas de la cuadra donde se encontraba aquel prodigioso animal.  Los más valientes comenzaron a correr delante del animal, delante, sin terminar de atreverse a torear a la vaca.

— Teníamos que haber traído un capote — dijo uno.

Mientras otro, más decidido, se quitaba un polo rojo y comenzaba a llamar a la vaca. Parte del grupo fuimos a por un carro de varas para que sirviese de lugar de refugio en caso de embestida.  Pronto comenzaron los escarceos con el animal, mientras el del capote improvisado llamaba a la vaca, otro agarraba al animal del rabo, dándose la vuelta y corriendo tras de él, ayudándole la vaca a subir a un remolque con el morro.  En el carro permanecían tres jóvenes que lo utilizaban a modo de columpio giratorio, según intentase cornear el animal por un lado u otro.  Alguien se acercó al carro con una piedra del tamaño de un melón y en una de las embestidas contra el carro, desde lo alto del mismo, la soltó sobre la cabeza del animal. A la vaca al instante se le pusieron los ojos en blanco, y tras unos tambaleos cayó al suelo con las patas para arriba.  En el preciso instante llegó alguien, dudo que fuese  la guardia civil y desde el exterior gritaba:

—Alto a la guardia Civil.

Automáticamente los ocho jóvenes, saltamos de los remolques a los tejados abandonamos el corral, reuniéndonos fuera del pueblo.

—Hemos matado a la vaca —se lamentaba uno.

—Había costado ocho mil duros. —Entonces hablábamos por duros —Era la mejor vaca que se había traído nunca al pueblo —agregaba otro.

— Somos unos gilipollas —continuaba un tercero.

—No nos pongamos nerviosos. Nadie nos ha visto —un cuarto.

—Hay que hablar con el alcalde y pagar la vaca entre los ocho.  No podemos joder así las fiestas, es dinero de todo el pueblo —añadía un quinto con más conciencia.  Porque eso sí, entonces éramos taurinos, pero teníamos conciencia social, no en vano vivíamos en uno de los escasos pueblos con mayoría absoluta de las izquierdas, siendo el partido más votado el comunista, el segundo el socialista, tercero la UCD, y con un solo concejal Falange, allí desde luego estábamos de todas las tendencias, en el grupo estábamos de todas las tendencias.

— Llevas razón… ¿Pero quién lo hace? ¿Cómo lo hacemos? —Preguntó un sexto.

—A mí mis padres me dan mil duros para las fiestas, si doy los mil duros que me tocan me quedo sin fiestas, ni baile ni chorras en vinagre —se lamentaba un séptimo.
—Pues no queda otra que pagar la vaca entre los ocho, somos muchos para guardar un secreto tan grande y tarde o temprano se sabrá —sentenció el octavo.

Al final todos estuvimos de acuerdo en la propuesta de pagar la vaca de manera solidaria, ayudando a quien menos posibilidades tenía de pagar lo que le correspondía.  Aunque debamos por sentado que nuestros padres no serían muy condescendientes con nosotros y nos quedaríamos sí o sí, sin fiestas. Sin embargo todos éramos conscientes de que nuestro deber era asumir nuestras acciones, con independencia de quien hubiese tirado la piedra, ninguno deberíamos de esconder la mano. Nos separamos en grupos de  dos y ya amaneciendo entramos por distintos puntos del pueblo, mientras en la plaza todavía mucha la gente permanecía aprovechando las ascuas de la iluminaria para hacerse unas chuletas de cordero antes de irse a dormir.

      Al medio día, después de comer, fuimos acudiendo al bar donde habíamos quedado para terminar de decidir el cómo y el cuándo, cumpliríamos con nuestro deber ciudadano. Pronto llego uno con la noticia:

—Los guardias dicen que saben quiénes fuimos —llegó diciendo uno.
 Todos pusimos cara de espanto. Eso era peor, porque si sabían de nuestra gamberrada quedaríamos muy mal a pesar de nuestras buenas intenciones. Sin embargo se trataba de una broma. De las calles llegaron gritos y risas.  Salimos, como todo el mundo del bar para ver qué pasaba y pudimos ver como un grupo de gente entraba en la plaza corriendo, jóvenes, mujeres, hombres de todas las edades y principalmente chiquillos, entonces en Pinarejo todavía había gente.
— ¿Qué pasa?
— Nada que han encordado a la vaca con una soga y está dando la mayor fiesta que ha habido nunca en Pinarejo —contestó un hombre de mediana edad.
—¿La vaca…la de los cuernos largos?
—Sí, se ve que se escapó de la cuadra y ha intentado escaparse del corral corneando los remolques, así que al final el animal ha quedado medio atontado. Le han atado una soga a los cuernos y la están paseando por el pueblo.

Nos acercamos pudiendo comprobar que el animal estaba vivo, pero falto de reflejos.  Llevaba una soga atada a los cuernos, sujetada en cada extremo por dos jóvenes robustos, que cuando intentaba embestir tiraban del lado contrario para que no llegase a la gente.  Algo muy divertido para todos los participantes…menos para la vaca.  Sus ojos de sufrimiento se me quedaron clavados en la mente.

Sí, aquella vaca dio mucha fiesta, nadie tuvimos de pagar las cinco mil pesetas, pero…

Ese día me di cuenta que nadie tiene derecho a hacer sufrir a un animal por diversión. La tradición no por repetida deja de ser una aberración.  Aquel día decidí que nunca más asistiría a ver como se tortura un animal.  Si de algo estoy convencido, tal vez gracias a esa gamberrada, fue que  las bestias estamos en el lado exterior de las jaulas.

Aviso, parte del relato no se ajusta totalmente a la realidad, no nombro a nadie de quienes participamos en aquella "gamberrada", solo digo que yo sí participe.

      
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