sábado, 5 de octubre de 2013

Añoranzas


Mi mirada infantil,  quedó atrapada en en aquellas tierras de La Mancha, prisionera de sus campos, de sus calles y sus gentes. Nada permanece tan fiel, tan constante como esos pocos años que transcurrieron desde mi nacimiento hasta mi marcha. Como si mi vida fuese una planta arrancada contra su voluntad, y hubiese sido replantada en otros lejanos lares, sin terminar jamás de enraizar.  Porque la madre, las raíces principales quedaron allá, en un pequeño pueblo de Castilla, del norte de La Mancha.  Cualquier sonido, imagen, risa o acento me trasladan hasta aquellas tierras que se pierden entre ribazos y llanuras, hojarascas, vides olivares, trigos y girasoles.  Tierras con olor a vino, romero y espliego, a manzanilla y a mies trillada y ablentada.  Gentes de risa espontanea, acento duro de las tierras de Castilla, con la sonrisa en los ojos, la amargura  y alegre fiesta en la labios, capaces de burlarse de su sobra al mismo tiempo que de enojarse si el vecino lo hace. Gentes de manos ajadas de campesinos que cierran los puños sobre el arado, la azada, también por rabia ante la injusticia. Mujeres y hombres  con aroma a tierra húmeda y vida.  

No hay día de mi vida que no piense en regresar;  pero al mismo tiempo tengo miedo de sentir todas esas sensaciones que me atraparon en la niñez. Tengo mido de volver y quedarme atrapado, seguro de  que mis raíces, que todavía están hundidas en la tierra seca,  se enreden con mis ramas y me impidan volar. 

  Alguien me dijo, que los amigos, los lugares y los amores,  de antaño, en muchos casos era mejor recordarlos, tal y conforme fueron entonces, tal como viven en tu recuerdo. Que ahora serían auténticos extraños en la mayoría de los casos, que nosotros mismos somos unos extraños de aquellos que se marcharon. Por mucho que vivamos y nos miremos al espejo todas las mañanas nos veamos igual y pensemos que no hemos cambiado, el espejo nos miente, nos oculta el paso del arado por nuestra piel, haciéndonos ignorar que se va hundiendo en el surco, segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora... añadiendo una nueva herida en nuestra epidermis, sin percatarnos de ella, imperceptible para nosotros y quienes están a nuestro lado; pero con bordes resaltados en todos los aspectos de la vida,  para quienes nos ven al cabo del tiempo, nuestros huesos y nuestros sueños.

A pesar de ello, gozo pensando en el reencuentro, en pisar las calles, que ya no son aquellas polvorientas calles de antaño. Sueño con escuchar aquellas risas, que no son las mismas, escuchar aquel acento manchego, aquellas palabras, “odo”, “duz”,”mia que chorra”, “ea”, que ya no las dice nadie, que han sido sustituidas por otras similares a otros lugares de ¿Castilla?, de España, impuestas por la dictadura del televisor, o tal vez por la dispersión de las ramas de las gentes de La Mancha, expandidas por otras tierras con otros acentos y otras costumbres…y que al regresar han impuesto el acento y las palabras impostoras de otras tierras y asfaltos, porque nadie quiere ya que le digan pueblerino, y se pone el disfraz para disimularlo, sin darse cuenta, sin darnos cuenta, que solo los engañamos a nosotros mismos.

Y gozo pensando en el reencuentro con sus gentes, por muy extrañas que puedan resultar. La experiencia me dice, que todavía el poder de nuestras raíces tiene más fuerza que nuestras endebles ramas, por mucho que estas hayan crecido, por bien que estemos y vivamos muy a gusto  en Ibiza, Valencia o Madrid.  A pesar de que habremos pasado por muchos lugares en los que hemos estado a gusto, comido muchas comidas, paellas valencianas, ensaimadas  o cocidos madrileños, escudellas catalanas... Siempre nos quedaremos con esas patatas con liebre, esas gachas de harina de almortas, esas migas ruleras, esa caldereta de cordero, el potaje de Semana Santa, el empedrao, aquel cocido de nuestras madres y abuelas que se podía cortar con un cuchillo, los aguardentaos, las tortas de manteca, los mantecados o las impresionantes magdalenas de Pinarejo, que todavía muchas pinarejeras hacen con maestría, con tanta maestría como las que hace en la tahona de Pinarejo,  Félix Lafuente y su mujer.

Por todas esas cosas y muchas más, mi mirada quedó atrapada en mi niñez, en un pequeño pueblo castellano del norte de La Mancha, en Pinarejo.
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