miércoles, 16 de octubre de 2013

Noche de animas y miguillas dulces en Pinarejo



Entre los recuerdos que conservo en mi memoria de aquella lejana niñez pinarejera, está la del día de todos los Santos, no la de los cementerios o camposantos, ni de flores naturales o artificiales, o el engalbegado con cal viva de nichos o tumbas, no,  esos recuerdos datan en mi memoria de una época posterior, no recuerdo haber ido a un cementerio antes de la muerte de mi padre, cuando aún no tenía ocho años, ni tampoco después, hasta bien pasado los veinte, tal vez fuese en alguna ocasión a acompañar a mi madre, pero no lo recuerdo bien,  continuó sin ir a esos lugares de veneración de nuestros antepasados. 



 En mi opinión allí no hay nada, esto puede sonar a blasfemia, nuestros seres queridos no están en una tumba.  ¡Qué tristeza! Están en el corazón, en el espíritu, en  la mente de aquellos que les quisimos, que les queremos.  

Casi cincuenta años después de la muerte de mi padre, aun le recuerdo con emoción, rememoró los pocos años que permaneció junto a mí disfrutando el momento, recordando sus cuentos, sus refranes, repito mil veces  eso que él repetía en más de una ocasión

 “No hay especie como el ajo, fruta como el madroño o mujer  que no se ría estando delante del novio”.


 Qué decir de mi madre a la cual llevo siempre presente, que me transmitió sus ideas republicanas, su forma de ver el mundo de manera solidaria, o de mis hermanas fallecidas, Magdalena a la cual no conocí, pero de mi hermana Dolores, fueron tantas las vivencias, tanto el dolor que tuvo en sus últimos años, que pensar en ella me hace sentir ese mismo dolor, mi hermana Felipa, tan pequeña de estatura como grande de corazón, una chispa de alegría en la familia, la más alegre de todos los hijos de mis padres, la heredera de la alegría que transmitía mi padre, de sus refranes, de sus chistes, de la facilidad para razonar y poner paz y sensatez en las disputas, o de mis sobrinos, muertos en plena juventud, Fermín con 19 años, le recuerdo siempre alegre, con ganas de vivir, Jeni, con muchas ilusiones, con ganas de viajar a otros mundos, quien le iba a decir a ella que su último viaje, el más largo lo haría antes de cumplir los treinta,  mis cuñados José, tan solo guardo un efímero recuerdo de su última cena en mi casa,  Victorio, le recuerdo alto, siempre jugando con sus hijas con ternura infinita, a las cuales les había puesto unos cariñosos motes que no recuerdo ahora, de Patricio, un auténtico intelectual, que como tantos otros de aquellos tiempos desperdiciaron sus ansias de cultura, levantando paredes de ladrillo, pero sin dejar de intentar saber cada día un poco más del mundo y sus realidades,¿ qué hubiese sido de haber nacido cuarenta años después?, o esos amigos fallecidos, Antonio Madrigal, un gran amigo, también fallecido al igual que mi sobrino Fermín en esa guadaña segadora de vidas que es la carretera. 

 Recordarles me emociona, pensar en ellos, aunque parezca mentira no me entristece, les recuerdo como eran, la memoria es selectiva y recuerdo momentos alegres, que me hacen reír, momentos de dificultades, que me hacen pensar, otras veces rememoró acontecimientos vividos en común, y parece que los estuviese viviendo de nuevo, noto mis mejillas todavía hoy llenas de lágrimas,  ardiendo, sé que ruborizadas de pensar en todos esos seres queridos, les noto junto a mí, dentro de mí y no en los cementerios, forman parte de mí, del mismo modo que yo forme parte de ellos. 

 Tarde de las miguillas dulces, la tarde de la juventud

También recuerdo de ese día dulces recuerdo, las miguillas dulces que nos preparaba mi madre, nada más levantarse, antes de que el sol saliese por el horizonte.
Recuerdo como en ciertas casas, normalmente vacías, sin presencia de adultos, se reunían adolescentes y jóvenes desde después del mediodía hasta bien pasada la media noche o la madrugada, se llevaba a cabo un ritual ancestral que nada tiene que ver con Halloween americano, en un ambiente festivo se cocinaban miguillas dulces manchegas, a base de harina, azúcar y chicharrones, (picatostes),  cada uno de su casa llevaba además otro tipo de viandas que servían para pasar la tarde noche sin agobios y con alegría, se cantaba, se bailaba y sobre todo se contaban historias de muertos o vivos, se disfrazaban, simplemente con sábanas y  al final de la noche o de madrugada, con las miguillas sobrantes se tapaban las cerraduras de las puertas de las casas, afortunadamente  las cerraduras eran antiguas de llaves grandes, siempre protestaban los damnificados pero tampoco llegaba la sangre al rio y como nadie sabía quién había sido, pues con más motivos.  Porque la gente mayor y los niños, en el momento que anochecía quedábamos enclaustrados en nuestras casas.

Receta de las miguillas dulces

INGREDIENTES:
 150 g. de harina
 100 ml. aceite de oliva 
300 g. de azúcar 
 Una pizca de canela si se quiere
Picatostes (pan frito a cuadraditos) 
Agua o leche


PREPARACIÓN 

Ponemos el aceite a freír



Se deja enfriar un poco y echamos la harina  sin dejar de remover, cuando ya empieza a tomar color le añadimos la azúcar  las tostamos al gusto,  si nos pasamos será chocolate pingón, que también está bueno pero no es lo mismo.





Cuando ya está dorada la mezcla de la harina  y el azúcar se va añadiendo leche o agua poco a poco, evitando que se formen grumos, hasta que espese según nuestro gusto.






Cuando ya está a nuestro gusto, un pelin antes le añadimos los picatostes y una pizca de canela, las dejamos enfriar y a disfrutar.






 Con las que sobren, por favor no tapéis las cerraduras que las de ahora se estropean, además están tan buenas que al día siguiente se pueden volver a disfrutar.¿No?.













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