domingo, 5 de enero de 2014

7 de enero de 1972 (41 aniversario de mi segundo nacimiento y la muerte de 104 personas) El trágico accidente del avión en La atalaya de San José (IBIZA)


El día 7 de enero quedará para siempre en mi memoria, ese día tuvo lugar mi segundo nacimiento fruto de mi cabezonería y la trágica muerte de 104 personas,que podían haber sido 108, si yo hubiese sido menos cabezón y tres hinchas del F.C.  Barcelona no se hubiesen emborrachado por la victoria de este equipo sobre el Real Madrid  y ebrios perdiesen el avión quedándose en tierra,   en el aeropuerto de Valencia donde el avión  Caravelle EC-ATV de Iberia había realizado una escala procedente de Madrid.



Como todos los años, durante las vacaciones de Navidad, regresamos a mi pueblo, Pinarejo,  a pasar los días de vacaciones escolares de Navidad . Vacaciones que mi madre aprovechaba para coger la aceituna y hacer la matanza del cerdo y así llevar brazuelos, perniles, chorizos, morcillas, traca (güeña) y el magnífico aceite de oliva de mi pueblo para la isla. Yo normalmente volvía antes de que comenzase la escuela, que comenzaba y aun comienza el primer día hábil después de reyes.


Muy de madrugada me subieron al taxi de Antonio, el taxista de Pinarejo, comenzando un largo trayecto de más de cuatro horas que duraba entonces, ahora menos de hora y media, por la N-III, debiendo pasar por las cuestas de Contreras y  por el Portillo de Buñol en una muy mala carretera nacional. Como quiera que había niebla y había nevado un poco, las  casi cinco horas se convirtieron es más de seis y llegamos tarde a coger el barco, que era donde estaba previsto viajar hasta la isla. Mis paisanos pinarejeros esperaron en las atarazanas del puerto para pasar allí dos noches, pues llevaban mucho “avió” y equipaje y no podían irse en avión.  Yo no llevaba ningún equipaje, por lo tanto Fermín, mi hermano mayor, que ya vivía en Valencia, me llevo a la calle la Paz, donde se encontraban las oficinas de Iberia para sacarme el pasaje de avión. Cuando yo me enteré de su intención me negué en redondo, me producía pánico la idea de subir en avión por lo cual me negué haciendo gala de mi tozudez. No obstante llegamos a las oficinas de Iberia de la calle La Paz,  allí se encontraba una familia: un joven matrimonio con una niña muy guapa de mi edad, 11 0 12 años, entre las azafatas, mi hermano y los padres de la niña intentaron convencerme; pero mi tozudez era mayor que la de una docena de mulas romas,  también lo intentó la niña, y los ojos oscuros de aquella niña morena con un dulce acento andaluz se me quedaron en la memoria para siempre, horas después sabía que jamás los volvería a ver.


Mi hermano se enfadó muchísimo conmigo, me llamo todos los sinónimos de cabezón, pero al final accedió a que me saliera con la mía.  Llegados a Benicalap fuimos a casa de mi primo Mateo Romero, desde su  teléfono quiso llamar  a  mi madre a través de mi tía  Puri mi cabezonería.  Puri, en realidad prima de mi madre,  era quien regentaba  la centralita telefónica de Pinarejo, pero la centralita no funcionaba.    Viendo el enfado de mi hermano, mi primo Mateo me invito a comer un sabroso y delicioso arroz caldoso que estaba preparando Carmen, su mujer, mientras tanto intento razonar conmigo, dándole la razón a mi hermano.
Hablando, hablando miró el reloj de la pared, la radio estaba puesta, entonces no todas las casas disponían de televisor, la una  y pico de la tarde y en el momento que termina de decir mi primo:

-          A esta hora ya estarías en Ibiza.- 

Es entonces  cuando se escucha a través del aparato.:
- Un avión ha desaparecido a la altura de la isla de la Conejera. 

Los dos palidecimos,  cuando llegó Carmen  con el arroz bien caliente fuimos incapaces de articular palabra, lo escuchado en la radio quemaba más que el arroz.

Al instante estaba allí mi hermano, que también lo había escuchado en la radio, recuerdo que nos abrazamos y poco más y no volvimos a hablar de ese tema hasta muchos años después, si se me ocurría referirlo intentaba cambiar de conversación.  A mi pueblo también había llegado la noticia, como la centralita de Pinarejo estaba averiada, mi madre hubo de buscar a alguien que la llevase al Castillo de Garcimuñoz para intentar llamar por teléfono, pues ya tenía noticia por medio del taxista que no había subido en el barco y que seguramente me había ido en el avión, que eso le había dicho mi hermano. El taxista había emprendido un segundo  viaje y por aquellos tiempos casi nadie tenía coche, al final la llevo un paisano al Castillo y lo primero que hizo fue llamar a mi hermana Mariana a Ibiza, que andaba también preocupada,porque mi cuñado Antonio,   en teoría,  había subido también a ese avión con destino a Valencia y durante las primeras horas no se sabía si el avión era Valencia/Ibiza o Ibiza/Valencia. Conclusión que uno de los dos estábamos muertos.  Afortunadamente ninguno, él paso varias horas en el aeropuerto de Ibiza a la llegada de un nuevo avión y voló sin saber que se había estrellado en S’ Atalaia de Sant Josep el avión con el que debía volar a Valencia.

Antes de las tres de la tarde ya estaba resuelto el entuerto,y aquel domingo 9 de enero, cogía el avión en dirección a Ibiza acompañado de mi cuñado Antonio, con un miedo atroz y casi paranoico.  Cuando al día siguiente mis compañeros de clase acudieron a saludarme como si fuese un héroe, en Sant Antoni, las noticias en invierno corren como la pólvora, negué todo temor y de boquilla fui el más valiente del mundo, pero la realidad fue todo lo contrario.


Cuando dos  o tres años después trabajé cerca de donde se estrelló el avión, todavía quedaban restos de ropas colgados de los pinos.  Murieron 104 personas, de las cuales 9 fueron niños, yo hubiese sido el décimo junto con aquella niña morena de ojos oscuros y dulce acento andaluz.

No volví a subir a un avión hasta pasados más de quince años y casi con el mismo temor, todavía hoy, cada vez que subo al avión siento autentico pavor.

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