miércoles, 26 de febrero de 2014

El Gran Lago de los Esclavos y un cero en geografía (Relato)




En la escuela a cada cual tiene facilidad para una cosa, a unos se les da bien las matemáticas, a otros la lengua, el dibujo, los idiomas, ciencias naturales, geografía, historia o dibujo, a otros como a mi hijo todo. No era mi caso, yo aprobaba lengua o matemáticas por los pelos, y porque dentro de esas materias tenía otras habilidades.  En lengua castellana, un auténtico desastre con la gramática mis cuadernos parecían salpicados por la viruela de la falta o excesos de acentos, o las “b” que se transformaban en “v” o
viceversa, el “haiga” tan manchego, lo sustituía por el   “haya”,  sin embargo aprobaba, porque según la maestra redactaba muy bien y tenía mucha fantasía.  Lo cual me llevó a la idea equivocada de que estaba capacitado para de mayor ser escritor, y aunque obtuve éxitos más que dudosos, mi falta de cultura me llevó a seguir trabajando o de camarero, recepcionista,  albañil y otra vez camarero, cocinero y demás oficios relacionados con la hostelería.


La naturaleza, me gustaba y aunque no estudiaba la leía, no me iba mal, pero lo que realmente me entusiasmaba era la geografía,  la historia y la religión.  Alguno de quienes me conocen se les habrá puesto los ojos como platos, pero así es, la religión también me gustaba.  Sin embargo debo decir, que esas tres materias simplemente las leía y se me quedaban grabadas en mi dura cabeza con una facilidad pasmosa.  Nunca las estudié hasta que tuve más de 40 años, en que di algunas clase gratuitas de historia a compañeras de mi hija, con buenos resultados,  y que a mí me sirvió para amar todavía más la geografía, la historia y sus laberintos y ser un poco menos ignorante de lo que soy.  

Si bien historia y religión eran asignaturas que las leía por placer. La geografía era como un desafío, un reto a mí mismo, buscaba ríos, lagos, mares y hasta pueblos pequeños en los mapas, no sabía recitar las ocho provincias andaluzas por el orden del libro, pero sí todo el mapa de España siempre que una provincia fuesen limítrofes,  no pasaba de Huelva a Almería, sino que pasaba por Sevilla, Córdoba y dejaba para la última Cádiz como si realizase la vuelta ciclista a Andalucía.  Sin embargo tuve mi único cero patatero de mi vida académica precisamente en geografía.

Cada pupitre era compartido por dos alumnos, a mi lado había un chaval que era muy bueno en las matemáticas y en los rótulos, él me dejaba copiar matemáticas y yo le dejaba copiar geografía e historia, tal conforme ocurrió aquella mañana, el dibujó un estupendo rotulo para el examen y yo se lo copie. Eso fue por la mañana, por la tarde tocaba lengua castellana, que entonces se llamaba lenguaje, que era de lo que al día siguiente debíamos examinarnos.  Doña Matilde, la maestra, tuvo la gentileza de dejarnos estudiar para el examen del día siguiente.  En eso estábamos cuando entró el director de la escuela  y a la vez maestro de geografía e historia, el señor Torrents.  Al instante se hizo el silencio más absoluto, se me quedo mirando y con voz severa dirigiéndose a mí me dijo:

-          Martínez, acompáñame.

No es necesario decir que me cagué las patas abajo, no suponía el motivo, pero seguro que algo habría hecho mal, fuimos en silencio en dirección de su despacho.  Se sentó furioso tras la mesa y sin tener la delicadeza de decirme que me sentase, sabiendo lo que me iba a caer encima, comenzó a insultarme como un energúmeno, entonces era algo habitual, hasta en los buenos maestros como él.

-          Idiota, eres un imbécil, subnormal, etc., etc. y requeté etc.


Cuando habían salido de su boca todos los calificativos posibles, pegó un puñetazo sobre la mesa, donde estaban todos los exámenes amontonados, todos menos dos, el mío y el de mi compañero de pupitre. Entonces pregunto:

-          Imbécil…¿Cuál es tu número?

-          El 23, señor, señor Torrens. – Contesté en un tono que no se si llego al cuello de mi camisa. Entonces él colocó mi examen a dos dedos de mis ojos:

-          ¿Qué numero pone aquí?

-          18 – conteste, comprobando que el número que figuraba era en realidad el 18, el de mi compañero de pupitre, al cual copie el rotulo y hasta el número de alumno.
     Él por su parte  había copiado el examen de geografía tal cual lo había escrito yo, hasta con las mismas faltas ortográficas.  Se me quedo mirando.

-          Imbécil, idiota… Este examen si no fuese por las faltas sería de sobresaliente, de 10, pero has copiado y te tengo que poner un cero…

-          No he copiado.- Me atreví a decir.

-          Has copiado, me da lo mismo qué, pero has copiado, ya te he dicho la nota, ahora a clase so imbécil…

Así era de considerado aquel hombre, buen profesor de historia y geografía, pero un fascista intolerante y borracho, que en alguna ocasión hubimos de ir a buscarle al bar para que abriese la escuela, son muchos los recuerdos que tengo del mismo, no todos malos, pero algunos muy lejanos a lo que debe ser un buen profesor, que como ya digo sí lo era.   Llego a alcalde de San Antonio y recuerdo como si fuese hoy unas resentidas  declaraciones suyas en el Diario  de Ibiza, contra sus compañeros de armas, en tiempos en que el franquismo agonizante todavía sacaba pecho :

-          Muchos fuimos quienes tiramos del carro para que Franco ganase la guerra, pero pocos los que subieron al carro y no fueron precisamente los mejores.

Con la cabeza gacha e incapaz de razonar, marche a la clase de lengua castellana, allí estaban todos estudiando, la maestra no estaba allí y al momento todos me preguntaron que me había dicho el director.  Sin ser capaz ni de pensar dije:

-          Me ha preguntado sobre el examen de geografía.

-          ¿Qué? – Preguntaron todos casi al unísono.

-          Que situase en el mapa el Gran lago de los esclavos.- Contesté yo.

Automáticamente todos sacaron el libro de geografía,  guardaron el de lengua y se pusieron a estudiar geografía.   Cuando llegó de nuevo el director, no fue para llevarse a nadie, sino para decir las notas.  Cuando el turno llegó para el número 18, realizo una pausa prolongada, hizo que se levantase a Antonio  y le dijo:

-          Enhorabuena, tienes un diez en geografía, excelente examen, tu esfuerzo merece que te perdones las faltas, por esta vez, solo por esta vez.

Pero cuando llego al número 23, también me hizo levantar, pero en esta ocasión, el tono de su voz se hizo más grave:

-          Pésimo, inútil hasta para copiar. Muyyyyy deficienteeeeeeeeee, cero patatero.


Y así fue como mi compañero de pupitre sacó su primer diez en geografía y yo mi primer cero. Hubiese deseado que esa tarde se hubiese hundido el suelo bajo mis pies.  Mis compañeros, contra lo esperado no se mofaron todo los que yo me hubiese merecido, pero…
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...