miércoles, 2 de abril de 2014

La calle está llena de coches ordinarios (relato)



La señora marquesa de Bastardía entra por la puerta agobiada, con un sofoco impresionante, cargada de bolsas del recién inaugurado Corte  Inglés de la calle Preciados, las cuales deja caer todas de golpe en la misma puerta, produciéndose un ruido a vidrio roto.
— ¡Azucenaaaaaa! – Grita de mal humor.

Azucena aparece con un trapo de limpiar el polvo en una mano y el limpiacristales en la otra, deja ambas cosas sobre el mueble del recibidor y corre presurosa en auxilio de la señora marquesa, agarrándolas y escuchándose el ruido de cristal roto.

—¡Inútil!  —Exclamó la señora marquesa —seguro que ya te has cargado la jarra de Murano que acabo de comprar
— Señora, el ruido que escuche antes…—comienza a hablar Azucena.
—¡ Calla. Calla!  Ya me estás discutiendo como siempre —dijo alzando las manos al cielo en señal de hartura —no digas nada, que estoy calentita y no es por el calor – le corta la señora marquesa.- Anda mira a ver que se ha roto.
Azucena, de nuevo deposita las bolsas en el suelo separando Azucena una de las mismas en la cual parecía que había una caja cuadrada, sacó la misma y con un leve movimiento pudo comprobar que el ruido de cristales rotos salía de ella.
— Abre la caja, con cuidado, no se vaya a romper —dijo la marquesa sacando un abanico y comenzando a darse aire con parsimonia — ¡Qué calor! ¿Tú no tienes calores? Es el último año que nos quedamos en agosto en Madrid, el próximo nos vamos a Estoril, con su majestad…
Diciendo esto la señora marquesa también se agacho, produciéndose una tormenta con acordes de metralleta y efluvios fétidos que perfumaron el ambiente de tal modo que aunque el señor marqués, veinte años mayor que la señora marquesa, sordo y achacoso — a pesar de encontrarse en el salón y no escuchar  el concierto —se olvidó de su dificultad para andar y presuroso abrió la ventana de par en par para que el hediondo perfume al que la señora marquesa había dado libertad de movimiento,  tuviese vía libre hacía el exterior, contribuyendo con ello a la contaminación medio ambiental de Madrid.   Azucena sin embargo, cuanto apenas arrugo la nariz, fingiendo una sordera superior al señor marqués y sobre todo haciendo alarde de deficiencia olfativa total que en realidad no tenía.
— Catalina –se escuchó la voz del señor marqués —mándale esa carta al rey, que no necesita sello y seguro que llega a Estoril sin hacer transbordo. ¡Vaya por Dios! —Decir que los señores marqueses, a pesar de que Franco ya había designado a Juan Carlos como príncipe, todavía eran fieles a don Juan, pero que al igual que muchos españoles, por distintas razones no le consideraban legitimado para ocupar el cargo designado por el dictador.
Azucena, hubo de darse la vuelta para evitar reírse en la cara de la señora marquesa por la ocurrencia del señor marqués a pesar de no poder taparse la nariz y pensando que la onda expansiva bien podría llegar a Estoril y a Mallorca al mismo tiempo, la pena es que pillaría en el camino el barrio de Vallecas, donde se encontraba su marido e hijos.   Cuando pudo controlar la risa, abrió la caja y efectivamente en ella había una magnifica jarra de cristal de la cual quedaba el asa como pieza de mayor tamaño.  Sin embargo, la licorera y las copas —salvo una —estaban intactas.
—Tira toda esa porquería a la basura. Mañana comprare otro juego.  Por cierto Azucena… ¿No tendrá tu marido pensado comprar un coche?
 —No señora marquesa, no nos llegan los cuartos para comprar coche. —Contestó Azucena, fijándose en las preciosas copas —¿Señora las copas también?
— Quédatelas si quieres… No tenéis coche, no compréis nunca.  Madrid da asco, desde que a la gente ordinaria le ha dado por comprar Seiscientos, no se puede circular ni por la avenida del Generalísimo. Y es que hay tanto coche ordinario por las calles que…Ay, la gente de bien al final acabaremos de los nervios con tanta manga ancha del Caudillo...

Ella misma, se interrumpió con un nuevo repique perfumado, que expulso al señor marqués directamente del salón, buscando aires menos aromatizados.  Después dirigiéndose a Azucena, le ordenó:
 —Anda prepárame un buen café, de ese tan exquisito que tú haces, que es lo único que me calma los nervios…
—Como mande la señora —respondió, desapareciendo con las bolsas por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja aprovechando que nadie la veía, pensando en esa licorera y esas cinco copas que iban a adornar su aparador.  En venganza por las ventosidades de la marquesa puso especial esmero en preparar su exquisito café.   Aquel mismo día, iba a ir con su marido a comprar uno de esos coches ordinarios que tanto disgustaban a la señora marquesa y que seguro que contaminarían menos que el recto de la señora marquesa.

©El Exquisito café de la señora marquesa /Paco Arenas
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