martes, 2 de septiembre de 2014

Las locuras de un ¿escribidor, escribiente o escritor?


A todos los que sueñan con merecer ser leídos, fin y principio de todo escribidor, escribiente y escritor.

Ando yo, que estoy parado, liado con el tema. ¿Debó decir desempleado? Porque si estoy parado, no ando y yo ando mucho, y subo y bajo escaleras como un descosido repartiendo currículos, y golpear las teclas con rabia, pensando que debajo de cada una de ellas hay un corrupto.

 Parto de la base que estoy un poco o bastante mal de la olla, lo cual es un modo de perder el tiempo como otro cualquiera  y a mi me ha dado por escribir;  no es que la locura sea nueva, que me viene de lejos, desde la primera vez que  cogí entre mis manos un libro en el cual no había dibujos, " Los cuentos de la Alhambra".  Incluso puede que antes.  Desde siempre soñé con ser escritor, ahora todos los críos sueñan con ser Cristiano Ronaldo o Leo Messi, y las chicas con ser Miley Cyrus, e incluso Belén Esteban, lo cual es síntoma de enfermedad mental; pero a la vez de sentido practico de la vida, si acostarte con un torero y contarlo te da más dinero que trabajar, ¡Bendito polvo!. En mis tiempos ya se estilaban esos estereotipos, aunque algunos soñaban con ser toreros.  Yo no, era y soy, un bicho raro, que no le gustaba ni el fútbol, ni los toros y sin embargo disfrutaba leyendo, y cosa rara, escribiendo.  A pesar de que mis redacciones estaban plagadas de correcciones en rojo, mi maestra me las hacían leer y me libraba del suspenso porque a doña Matilde le gustaban mis redacciones y al maestro de religión, don Antonio  también, aunque claro decía que en mis redacciones, sobre Jesús, ponía mucha fantasía, fue él quien primero me dijo que yo debía ser escritor, yo no le dije que él llegaría a obispo y llegó. Me regalo un librillo del Nuevo Testamento, que todavía conservo. Entonces no le hice mucho caso, ahora, pienso que tal vez fue el primero que despertó en mi esa posibilidad, aunque claro, yo ya por entonces escribía mis primeros cuentos.



Cuando salí de la escuela, mi cultura era más que básica, muy deficiente, no tanto como la gestión del gobierno actual, pero sí muy mala, tenía 13 años y apenas había ido seis a la escuela. A todos nos atrapa un vicio que nos domina, yo tenía dos: Leer y escribir.  Leía libros a mansalva; pero era pobre, y no tenía dinero suficiente para comprar todos los que devoraba.  Tampoco había bibliotecas públicas, así me escribía mis propias historias, así ahorraba, al leerlas hacía como que no sabía el final y disfrutaba igual o si no me gustaba lo cambiaba. Con el tiempo descubrí que era mucho más emocionante escribirlas que leerlas, que era capaz de emocionarme, de reír e incluso de llorar, lo cual me sigue ocurriendo ahora que ya no soy un quinceañero, ni veinteañero, ni treintañero, ni tan siquiera un cuarentón, sino un cincuentón con canas, no solo en la barba y la cabeza.  A la hora de escribir, lo vivo, me sorprendo a mí mismo con unos lagrimones de campeonato cuando escribo algo que se supone que debe emocionar a otros, siento pena o rabia por las acciones y omisiones de los personajes inventados, me solidarizo con ellos y en ocasiones me cuesta matarlos, si es que lo exige la trama. En otras  ocasiones  me sorprendo riendo,  incluso si escribo una escena erótica tengo la sensación de estar viviéndola, incluso a las tres de la mañana puedo soñar algo y levantarme para que no se me olvide.  Lo dicho estoy mal de la olla.

 Sigo siendo un tipo raro, un soñador que va de duro y es más tierno que el pan de leche, incluso más tierno que las magdalenas de Pinarejo,  que me dejo la barba para causar respeto y me llaman mis hijos Geppetto y se ríen de su padre, lo peor es que su padre, también se ríe de sí mismo y así no hay quien me tome en serio.

Hasta los 26 años estuve escribiendo, convencido de que tarde o temprano terminaría ganándome la vida con dicha labor, participaba en certámenes de poesía, cuento y novela.  Mi mayor osadía fue participar en el premio Nadal, cuando recibí la carta dándome la enhorabuena porque mi novela había sido una de las seleccionadas para optar al premio, llegué a estar convencido de que tenía posibilidades de ganar, más cuando salió por la televisión el responsable de  Editorial  Destino y dijo que una de las novelas que optaban era de temática campesina, que posiblemente se refería a la mía, ya que días antes había recibido la carta. Ni gane ni me la publicaron, fue tal mi decepción que ya ni intenté publicarla y prometí que ya nunca volvería a escribir.  

Por entonces un poeta, consagrado, (pero no de mucho nombre, porque los poetas no suelen tener mucho nombre a no ser que sean extraordinario,  y que sigue dando recitales por toda España) como miembro del jurado de un certamen de poesía se puso en contacto conmigo, creo que ya lo he contado por ahí, alguna vez, y me dijo que estaba dispuesto a ayudarme con tal que abandonase la poesía social.  Como andaba yo convencido de mi inutilidad para las letras, y convencido que era un mediocre escribidor, le dije que ya nunca más volvería a escribir, montaría un bar, me haría tabernero y eso hice, durante 18 años, permanecí entre fogones y güisques, olvidándome de la escritura, pero permaneciendo adicto a la lectura y desde luego sin intención de volver a escribir nada.

Pero, siempre hay un pero, mi hija me presionaba, el tiempo me sobraba y el país estaba hecho unos zorros, así que comencé a escribir cosas de temática política y social, un guerrero revolucionario del teclado que se resistía a llevar una vida burguesa, de eso que llaman clase media, a la que nunca me sentí ni me siento vinculado, menos ahora que han acabado con ella.  Sin ninguna pretensión, abrí el blog “Pinarejo República Independiente” y un día me entra la añoranza y recuerdo a mi madre y escribo lo que en esos momentos me sale del corazón, dos días después abró Eco Republicano y resulta que estaba publicado allí, al día siguiente en Unidad Cívica por la República, con el tiempo en varios medios digitales, naturalmente todos republicanos. Cada vez que lo veía me sonrojaba, pero claro, eso fue solo el principio, después vinieron cientos, siendo más de doscientos puedo calificarlos como cientos.  Ya no me sonrojo, aunque sigo emocionándome y dando gracias que lo que escribo sea digno de ser publicado en distintos medios y que además la gente lo lea. Que en el mes de junio tres artículos míos estuviesen entre los más leídos de la plataforma Paperblog, fue algo muy emocionante, más cuando por uno de ellos fui designado bloguero del día, título efímero donde los haya, pero para alguien sin ningún tipo de formación académica representa mucho. 

 Una cosa lleva a otra y ahí estoy de nuevo preparado para como un adolescente volver a soñar, con dos novelas terminadas, a falta de repasar  y darles el último toque, para ver si lo que a mi me  gusta algún editor considera que es digno de arriesgar su dinero en publicarlo.  Estoy desempleado, pero no estoy parado ni en cuerpo ni en mente, y lo más importante con ganas de escribir y vivir. Sabiendo que posiblemente nunca llegue a vivir de esto, pero sabiendo que soy como la meretriz que no lo hace por dinero sino por placer, al menos disfruto haciendo algo que me llena.

Pero al comenzar a escribir este rollo patatero, yo lo que quería era saber si soy un escribidor, un escribiente  o un escritor, porque loco ya sé que estoy.

Según la RAE:

Escritor, ra. (Del lat. scriptor, -ōris).
1. m. y f. Persona que escribe.
2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas.
3. m. y f. Persona que escribe al dictado.
4. m. y f. ant. Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

Escribiente.
1. com. Persona que tiene por oficio copiar o poner en limpio escritos ajenos, o escribir lo que se le dicta.
2. m. ant. Escritor (‖ autor de una obra escrita o impresa).


Escribidor, ra.
1. m. y f. coloq. Mal escritor.
2. m. y f. ant. Escritor.


 En principio no seria  descartable ni la  la segunda, aunque no copio.    Llega al reaccionario Vargas Llosa y  dice que: Él  es un escribidor, que un escritor es aquel que escribe cuando le viene la chispa de la inspiración, en cambio un escribidor - como Mario Vargas Llosa - tiene un horario definido para escribir, un estudio donde se encierra con su secretaria que le transcribe los textos y donde escribe de 9 a 5.

También hay quien dice que: Los escribidores son "esclavos" literarios, también conocidos como “negros”, u obreros literarios.  Y va y resulta que los escritores famosos utilizan escribidores o negros, me quedo perplejo, pero parece que así es, tampoco sería malo tener tal trabajo si te deja tiempo para escribir por tu cuenta.

 Los “negros” o escribidores nunca son reconocidos por  sus escritos, siempre aparece la firma del escritor famoso,  el negrero literario, que puede o no ser considerado un gran escritor, pero que lo es.
Stephen King usa “negros” para sus libros y los críticos lo destrozan por eso. Dumas también usó “negros”, y los críticos besan sus libros y los catalogan como "clásicos". Pero el genio, la idea de la obra la tiene el escritor, el “negrero”, mientras que los escribidores son anónimos, esclavos, mano de obra literaria.   Solo de ese modo se comprende que lleguen determinados escritores lleguen a escribir, tanto y en tan poco tiempo, a pesar de ello, ya me gustaría a mí tener el talento de “esos negreros”.

Después de mucho investigar, llegó al punto de partida, no se la definición que más me cuadra, bueno sí, un campesino trasplantado al asfalto que le da por escribir y que considera que del mismo modo que le costó tiempo asimilar que lo que él escribía se le denominase "artículo", sigue pensando que si se considerase un escritor sería, sin lugar a dudas un acto de estúpida presunción, porque el hombre que presume a quien primero debe convencerse es así mismo, y hoy por hoy, este hijo de labrador sabe que no merece las abarcas que calzó su padre. 











Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...