domingo, 7 de junio de 2015

El rey, el cerdo y el pastor (cuento manchego)


Añoranzas de un tiempo en gris, y que, sin embargo, soñábamos en colores. Recuerdos dulces como el membrillo de nuestros bocadillos y tan ásperos como su piel, o peor aún, como el polvo de la paja en nuestros gaznates, galillos, gargantas. Tiempos de penurias que nuestra inocencia transformaba en juego y diversión. Esperando la llegada de carros o galeras[1] a las eras o saliendo a su encuentro, y si nos dejaban, subirnos encima de la mies,[2] agarrar la horca de madera y esgrimirla contra el viento, enfrentándonos a gigantes imaginarios, jugando a ser quijotes sin caballos, escuderos sin caballeros. De las faenas agrícolas, tal vez la que más esperábamos y deseábamos era la de la trilla. Algunos, antes de terminar de cambiar los dientes de leche, ya habían utilizado la hoz en su mano la derecha y la zoqueta[3] en la izquierda para segar y saber que el sudor en el campesino era una espina que se clavaba en la carne tierna. Los más pequeños esperábamos en la era, deseando que nuestros padres nos dijesen:

—Chiquillos ya podéis subir a la trilla.[4]

Y corriendo subíamos y comenzábamos a dar vueltas mientras en otra parte de la era nuestros hermanos mayores o nuestros padres, si hacía viento, ablentaban.[5]

Y por la noche envidiábamos a nuestros padres porque se iban a dormir sobre el duro suelo de la era algunas noches, mientras que nosotros nos quedábamos entre la mullida cama de los colchones de lana o borra.[6] Alguna noche les acompañábamos y nos sentábamos un rato en el ribazo a contemplar el despejado cielo manchego, mientras que él nos señalaba cada una de las constelaciones, La Osa Mayor, La Osa Menor, Orión, Pegaso y otras que se inventaba, que siempre era distintas. Después nos contaban cuento y nos mandaban a dormir.  Hoy he recordado uno de aquellos cuentos…

—Dicen que hubo un rey que quiso venir a la nuestra tierra, a La Mancha, de incognito…

—¿Y eso que quiere decir padre?

—No lo sé muy bien, pero creo que como para que no le conociese nadie..., sin corona.

—¿A Pinarejo padre?

—No, a Pinarejo no llega el tren —me mira sin saber por dónde salir, señala una estrella, —a Alcázar de San Juan, a La Mancha. —Decir que para mis padres, al igual que para muchos manchegos de Cuenca, La Mancha era tan solo Ciudad Real, a pesar de tener a don Quijote y Sancho como propios.
Ese rey, que se escapó huyendo por Cartagena.[7] Se vistió de campesino, y se montó en el tren para que nadie le conociese, pero como estaba acostumbrado a tener criados que le preparasen hasta los calzoncillos, se olvidó de echarse merienda. Al pasar por Alcázar, se subió un pastor manchego, con su bota de vino, su queso, su pan y su tocino.  Como era la hora de comer, sacó el avío[8] y tras ofrecer al rey parte de sus humildes viandas, y este rechazarlo. Porque alguien de su alta alcurnia, consideraba indigno aceptar lo que para él eran tan pobres alimentos.  El pastor comenzó a comer, al estilo manchego.  Con la navaja cortaba a un tiempo pan y queso, o pan y tocino, y para que mejor entrase empinaba la bota de vino. A pesar del desprecio recibido, a pesar de todo, volvió a ofrecer, pan, vino y queso a aquel señoritingo que para nada conocía, y por lo escuchimizado que estaba, pensó que debía de pasar hambre y que de manera tan altanera rechazo de nuevo, al ver las manos encallecidas y ajadas del pastor.

—¿Tú crees que alguien como yo a coger algo de unas manos como las tuyas?

El pastor se encogió de hombros y continuó comiendo hasta que calmo su hambre, después sacó un sabroso melón de La Mancha y de nuevo ofreció al desagradecido rey.  Que al ver como al cortar el melón chorreaba su jugo entre los dedos del pastor, sintió asco, y a pesar de que el dulzor del melón le embriagaba los sentidos y le provocaba un hambre atroz, también rechazo.  Terminado el banquete pastoril, tras un penúltimo trago —en La Mancha, no existe el último —Eructó de manera exagerada y recordando por fin de que le sonaba la cara de aquel señoritingo, el haber visto su retrato colgado en el ayuntamiento, exclamó:

—Copón he comido como un rey.

—Querrá decir como un cerdo —Exclamo ofendido el rey.

—Cada uno les llama como quiere —contestó el pastor afianzando sus palabras con un gesto de desprecio, que ahora era él quien sentía hacia aquel que sin ser pueblo, había despreciado los pobres manjares del mismo, y con toda la tranquilidad del mundo, sacando la navaja y cortando una nueva rebanada de melón dijo:
—Sí, cada uno llama al cerdo como quiere, pero estoy de acuerdo con usted que sabe más que yo, que soy un pobre ignorante analfabeto. Ya no le llamaré al gorrino ni cerdo, ni marrano, ni puerco, le llamaré rey y rezaré a San Martín. —Y comenzó a cortar la rebanada de melón.




[1] Según Wikipedia: "La galera no es ni más ni menos que un enorme furgón, o mejor dicho, una pequeña casa colocada sobre cuatro ruedas, de una construcción tan sólida que parece tener desconfianza del tiempo. Solamente el bastidor era de madera; de los laterales colgaban esteras de esparto o paja y el fondo, en lugar de estar entablado, consistía en una red de cuerdas sobre la que se apilaba la carga. Los pasajeros eran acomodados como fardos hasta hallar la postura conveniente. Todo era tapado por una cubierta de hierro sujeta por aros de madera y cañas transversales, y las aberturas de atrás y delante eran cerradas a placer por medio de unas cortinas de esparto..." En La Mancha, más bien era un carro de cuatro ruedas, dos pequeñas delanteras y dos grandes detrás, parecido a las caravanas que utilizan en las películas del Oeste.
[2] Nombre genérico con el que se conoce al conjunto de cereales, antes de la separación del grano de la paja.
[3] La zoqueta es una pieza de madera tallada de forma que quepan cuatro dedos en su interior, protegiéndolos así de posibles cortes. El pulgar, mientras tanto, queda libre, para coger las mieses durante la siega.
Las zoquetas solían ser piezas de madera huecas, a fin de proteger los dedos en su interior, reduciendo así el peligro de cortarse con la hoz. Muchas de ellas llevaban además un cordel enganchado en dos orificios en el extremo más cercano a la muñeca, con el objetivo de atarla al brazo del segador e impedir que se le cayese durante su uso.
[4] Trilla o trillo es una apero o antigua herramienta agrícola que se destinaba a separar el trigo de la paja, es decir, a trillar. Es un tablero grueso, hecho con varias tablas, de forma rectangular o trapecial, con la parte frontal algo más estrecha y curvada hacia arriba (como un trineo) y cuyo vientre está guarnecido de esquirlas cortantes de piedra (lascas o pedernales), o de sierras metálicas (cuchillas). Las dimensiones de los trillos variaban, pero, en La Mancha, solían medir hasta dos metros de largo.
[5] Lanzar la mies al aire para que la paja se fuese a donde la llevase el viento y el cereal cayese en vertical, separando la paja del grano.
[6] Lana de mala calidad que se utilizaba para rellenar los colchones.
[7] Alfonso XIII huyó por Cartagena, llevándose el muy ladrón las maletas llenas de billetes y joyas. Ahora somos muchos los que soñamos con que esa circunstancia se vuelva a dar.
[8] Provisión que se lleva al hato para alimentarse durante el tiempo que se está fuera del pueblo

© Paco Arenas
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