lunes, 22 de junio de 2015

Mirando un cuadro: “Las manos” de Jesús Martínez López



No todos vemos un cuadro con los mismos ojos, cada uno lo vemos de manera diferente, a mí me ha impresionado este cuadro de Jesús Martínez López, un pintor autodidacta atrevido con las formas y colores, que ha hecho de los bosques un espacio multi colorista de luz, con un estilo personalismo que se identifica al instante, que transmite alegría o tristeza según el cuadro.


Son dos manos rojas, tal vez las manos de barro del creador que salen de un bosque verde oscuro sobre fondo morado y descansan sobre un mosaico de colores llenos de luz.  Son manos que no imploran, que exigen la labor que toda mano debe realizar, que quieren y buscan el cuerpo que moldear de la que debieran ser prolongación, como si Dios al comenzar a moldear al hombre hubiese comenzado por las manos, para que fuese el hombre quien moldease el mundo y se moldease a sí mismo, con sus defectos y sus virtudes, con su libertad.

Manos fuertes que esperan, no la limosna, no son manos implorantes a un Dios que se ha olvidado de ellas, que al igual que las copas de los árboles del bosque se ha vuelto invisibles ante las plegarias de los hombres, como si el hombre que espera no existiese, o tal vez no exista realmente, sea tan solo una prolongación de un bosque que de tanto buscar el infinito ha llegado a la estratosfera y al perder el oxígeno se han convertidos en cómplices necesarios del fuego que ha quemado sus copas.


Manos desperdiciadas que capaces de apretar el azadón con las manos y cavar el alboroque a cada uno de los árboles para que sigan buscando el infinito, o desarrollen a través de sus ramas el milagro de la vida dormida y den la sombra que se espera de ellos y el cobijo ante lo desconocido.

Son manos tristes que saben que pueden tocar las castañuelas, que tienen un mundo de colores a sus pies, que pueden ver y dar forma, que se han dejado las uñas en estrechos surcos que se pueden ver en todas las piezas o parcelas del mosaico de colores, como arañando la tierra capaz de dar los frutos más sabrosos tan solo con trabajarla, hacer brotar la espiga de la vida, pero que ociosas esperan el trabajo que se les niega, se puede ver como cansadas comienzan a cerrarse para convertirse en puño dispuestas a luchar por su libertad, por su derecho a formar parte de un cuerpo, del cuerpo de un ser libre y solidario.

Manos capaces de apretar con fuerza un tornillo, pero también de cortar el cordón umbilical o sostener la criatura que acaba de nacer con la más infinita de las ternuras, de acariciar el rostro del ser amado, pintar los más bellos colores o escribir los más bellos versos, pero también manos que si se les niega el pan y están dispuestas a luchar por él, manos que lo han de arrebatar si es preciso utilizando su fuerza.

Otros miraran esas manos de otro modo, aquellas que piden limosna, las que resignadas se quedan esperando la llegada del maná del cielo, las que se unen para rezar, las que se quitan el sombrero ante el paso del señor, pero yo es tal conforme las veo, lo que me transmiten, y lo que me trasmiten escribo, utilizando estas manos para golpear el teclado y hacer de las palabras un grito de esperanza y trabajo.
A mí estas manos me sugieren una tormenta de sensaciones, de atrevimiento que tras ver el cuadro este domingo, regresaré para volverlo a ver, antes de que tras su venta descanse en un salón donde ante otros ojos provoquen otras sensaciones muy diferentes a las que a mi me ha provocado.

©Texto Paco Arenas
© Cuadro Jesús Martínez López




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