viernes, 17 de julio de 2015

Los manuscritos de Teresa Panza me hacen volar



En días como hoy es preciso apretarse bien las hebillas de las abarcas, y aunque haga calor ponerse las calcetas y llenarse los bolsillos de cantos y si es posible pedernales que notes su afilado corte en la piel, y si es preciso atar el cincho con una buena tomiza o mejor una maroma, a una estaca aprisionada por todas las piedras del majano.

 Todo lo que mis oídos han escuchado en estas últimas semanas, mis ojos han leído, todas las muestras de cariño recibidas superan con creces todo lo que yo me hubiese imaginado, habéis sido tantos.  No hay día que no reciba elogios y alguna crítica, siempre constructiva.

Agradecer a todos quienes habéis dedicado unas palabras después de haber leído Los Manuscritos de Teresa Panza. Poner los nombres de todos sería una labor titánica y seguro que me olvidaré de alguno, pero no puedo dejar de nombrar a Francisco Javier Fernández Agreda que me puso en contacto con Fátima Monto y a través de ellos llegó la primera entrevista en Radio Malón (Argentina), a Paz Risueño  y Participación Rural Viva, a través de ella llegó mi segunda entrevista de radio en Onda San Clemente a cargo de Rus Catalán y también la presentación de la novela en la Mancha, en Posada Real de Santa María, que  al frente de la misma está el entrañable mesonero mayor de la Mancha, Julián García, ganador del primer premio a la mejor paella del mundo en la cuna del arroz, en Sueca.  A la Cadena Ser, por la entrevista realizada para CLM. 


Todas las opiniones me han ayudado a confiar, a creer, a soñar, que la hagan profesores como Manuel Olmeda,  José Manuel Parreño y Jaime Flores, y que me digan lo que me dicen, provocan en mí, que estoy gordo como Sancho Panza, que me sienta ligero como una pluma y comience a volar…
No quiero soñar, pero no puedo evitarlo, soy muy simple y sé que soy aquel campesino analfabeto que soñó ser poeta y escritor, pero también el campesino, el obrero que le hierbe la sangre ante la injusticia, que sabe cuándo muerde el pan que come, hay gente que no puede comerlo y cuando me acuesto en mi confortable cama, debo pensar que no debiera dormir tranquilo cuando hay mucha gente durmiendo al raso y no por el placer de dormir después de hacer el amor a la orilla de la playa, sino porque les han robado la casa y ahora los quieren tirar de ella.


Sí, quiero creer que es posible, quiero soñar, pero siempre con mis abarcas de campesino calzando mis pies, pisando el barro, para si al despertar resulta que se trata tan solo de una alucinación, saber quién soy, que no nací de una piedra, sino del vientre de una campesina y de la semilla de un campesino, que empuñaron hoz y zoqueta en el infierno manchego y se le helaron las manos de las escarchas del invierno.  Que siempre pisaron barro y también soñaron. 
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