jueves, 3 de diciembre de 2015

La lectura como una obsesión, la escritura como una necesidad.



No recuerdo el día o la noche que la necesidad de leer fue una necesidad vital. En mi casa nadie había cogido un libro antes que yo, mis padres eran analfabetos y mis hermanos habían cambiado los dientes trabajando en el campo, apenas aprendieron a escribir y las cuatro reglas. Yo fui el primero que buscó el significado de las palabras escritas en un libro, quien todos sus ahorros los guardaba para ir a la Librería de la calle Soledad, en San Antonio o tebeos a la Librería El progreso.

Los tebeos, eran baratos, pero los intercambiaba con mis amigos, los libros eran más caros, valían ocho duros, algunos fines de semana renunciaba a ir al cine, para juntar las cuarenta pesetas, 24 céntimos de euro, el cine costaba tres duros, o quince pesetas o 9 céntimos de euro.




Llego el momento que lo que me daban mis hermanos y cuñados, no era suficiente para mi sed de lectura y al cine no quería renunciar. En ocasiones yo escribía mis propias historias, fingiendo al leerlas que ignoraba lo que había en la siguiente página. Pero aun así cada día la necesidad de leer era mayor y la de escribir, era solo un recurso que utilizaba cuando no tenía dinero para comprar un libro. Pronto encontré la solución, repartir propaganda de restaurantes como El Refugio, Pitango y discotecas como Babalú, Ses Guitarres, Flamingo, Florida. Recorría el paseo de San Antonio y los fines de semana la bahía hasta el hotel Bellamar; labor que llevaba a cabo con mis dos inseparables amigos, Antonio Madrigal Castaño y Paco Navarro.  Con ellos también, con once años comencé a trabajar en una pista de Scaletrix, que llevaba un cartagenero al que llamábamos don Pepe, hasta los trece años, que ya comencé a trabajar como botones en el hotel Excélsior, en horarios de 12 a catorce horas diarias, sin tiempo para casi nada, estaba tan delgado que debía pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra. A pesar de todo leía, leía, leía y conspiraba contra un Régimen, que me negaba el derecho a estudiar. Tal vez por eso, mi mayor obsesión es que todo el mundo tenga ese derecho garantizado, siendo los profesionales, que más respeto me merecen, los maestros. Porque para mí leer era y es un acto revolucionario, el mayor acto de rebeldía contra la injusticia, siempre que mal hacerlo se medite, se mastique cada letra, se piense y se digiera en el cerebro. 
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