domingo, 31 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo IXº

Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)
Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:

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Capítulo IXº

Siempre se ha dicho que las débiles ovejas si se ven asediadas suelen hacer frente a los carniceros lobos. Así ocurrió y así lo cuento. El miedo ata y nos hace débiles pero si somos capaces de unirnos podremos vencer a los lobos.

     Y yendo con el furor y velocidad que he dicho, llegamos a una gran plaza donde se encontraba la torre de la prisión. Nunca el socorro llegó tan a tiempo, ni siquiera aquel buen Escipión, El Africano, socorrió a su patria, ocupada por el gran Aníbal, como nosotros socorrimos al buen Licio. Finalmente el mensajero al cual encomendó el traidor la misión, supo tan bien negociar, y los señores jueces, así mismo quisieron contentar aquel malvado gran señor y favorito del rey, para que después le dijese al rey que tenía muy buena justicia y quienes la ejecutaban eran muy eficientes a la hora de adminístrala, y así subir escalones en el escalafón.  ¡Así les ayude Dios! Cuando llegamos tenían al nuestro buen capitán Licio sobre el cadalso, y su hermosa su mujer con él dándole los últimos besos, que con grandes ruegos dejaron acercarse a ella y Melo, ya sin esperanza de volverle a ver vivo.

Se habían congregado en torno de la plaza y las calles aledañas más de cincuenta mil atunes de la compañía del capitán general, a los cuales les habían encargado la guardia del buen Licio. El verdugo metía mucha prisa a la señora capitana para que se apartase de allí y le dejase hacer su trabajo, el cual tenía en su boca una muy gruesa y aguda espina de ballena, del largo de un brazo para meterle por las agallas a nuestro buen capitán, que así mueren quienes son hidalgos.  Y la triste hembra, muy a su pesar, dejando paso al cruel verdugo, con grandes lloros y gemidos, que ella y su compañía daban, el buen Licio se tendía para esperar la muerte cerrando para siempre sus ojos por no verla, ya que el verdugo, como es costumbre, le había pedido perdón.  A continuación comienza el verdugo a tocarle el punto más propicio para que la muerte fuese más rápida y menos dolorosa.  Fue entonces cuando llegamos y Lázaro atún con su toledana espada comenzó el ataque hiriendo y matando a cuantos le salían al paso. Llegué tan a tiempo, que es licito creer que me guio Dios de su mano, que siempre quiere socorrer a los buenos cuando tienen más necesidad. Llegando al lugar que digo, y visto peligro en que el amigo estaba, di una gran voz, como la que solía dar en Zocodover, antes que llegase el verdugo a hacer su trabajo. Le dije:
—Vil villano, detén tu mazo, si no morirás por ello.

     Fue mi voz tan espantosa y e infundió tal temor, que no sólo al verdugo, sino a todos los demás que allí estaban dio espanto, y no es de maravillar, porque, de verdad, a la boca del infierno sonó mi voz, fue tal que espantaría a los aterradores demonios, hasta el punto me entregarían las atormentadas ánimas. El verdugo, atónito al oírme, aterrado,  y al ver de ver el velocísimo ejército que me  seguía, esgrimiendo mi espada a una y a otra parte para así infundir  más miedo,  me esperó.  Como yo llegué antes de que pudiese reaccionar, me pareció mejor asegurar el campo, y di al pecador una estocada en la cabeza, por lo que cayó muerto al lado del que nada de esto veía. Aunque animoso y esforzado, la tristeza y pesar de verse de tan injusta y de mala manera morir, esperaba la muerte y había perdido el sentido.   Cuando así le vi, pensé si para nuestra desdicha mía, había sucedido antes de que yo llegase o por miedo hubiese muerto, y con esto apresuradamente me acerqué a él llamándole por su nombre; a las voces que le di levantó un poco la cabeza y abrió los ojos. Y como me vio y reconoció, como si de la muerte resucitara, se levantó, y sin mirar nada de lo que pasaba se vino a mí, y yo le recibí con el mayor gozo y alegría que jamás ni antes ni después tuve, diciéndole:

—Mi buen señor, quien en tal situación os puso, no os debe amar como yo.

— ¡Ay, mi buen amigo! —Me respondió —que bien me habéis pagado lo poco que me debías. ¡Ruego a Dios me dé lugar para poder pagar lo mucho que hoy me habéis hecho!

—No es tiempo, mi señor —le respondí —de hacer estas ofertas donde tanta voluntad de todas partes sobra. Mas centrémonos en lo que conviene, pues ya veis lo que pasa.

     Metí mi espada entre el cuello y corte un cabo de cuerda con la que estaba atado. Cuando estuvo libre, tomó una espada de uno de nuestra compañía, y fuimos a donde estaba su hembra y Melo y quienes con ellos se encontraban, que estaban atónitos y fuera de sí de alegría y de ver lo que veían, todos dándome las gracias por mi valor.
—Señores — dije —habéis luchado como buenos soldados. Yo, de aquí adelante y mientras tenga vida, haré lo que pueda para estar a vuestro servicio y de Licio, mi señor; no hay tiempo de hablar, pero sí de hacer algo, no os apartéis de nosotros, quienes venís desarmados, y así no recibiréis daño. Y vos, señor Melo, coge un arma y cien atunes de vuestra escuadra con sus espadas y no hagas ninguna otra cosa que seguirnos.  Mira por tu hermana y esas otras hembras, porque nosotros debemos resolver otros negocios y lograr la victoria. Estamos obligados a tomar venganza de quien tanta tristeza y sufrimiento nos ha provocado.

     Melo hizo lo que le ordené, aunque me di cuenta de que él hubiese preferido acompañarnos y estar más expuesto al peligro. Junto con Licio, nos metimos entre los nuestros, que andaban tan bravos y ejecutores que pienso, que ya habrían matado más de treinta mil atunes. Cuando nos vieron entre ellos y reconocieron a su capitán, nadie se puede imaginar la alegría que sintieron. Allí el buen Licio, haciendo maravillas con su espada y su persona, mostraba a los enemigos la mala voluntad que en ellos había conocido, matando y derribando a diestro y siniestro cuantos ante sí hallaba; mas a esta hora ellos iban tan maltrechos y desbaratados, que ninguno de ellos hacía otra cosa sino en huir, esconderse y meterse por entre aquellas casas sin ofrecer resistencia de ningún tipo. Siempre se ha dicho que las débiles ovejas si se ven asediadas suelen hacer frente a los carniceros lobos. Así ocurrió y así lo cuento. El miedo ata y nos hace débiles pero si somos capaces de unirnos podremos vencer a los lobos.

©Paco Arenas

 



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