sábado, 16 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo VIIº


Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)
Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:


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CAPÍTULO VIIº


El rey condena a Licio por las mentiras de general corrupto.

     Estas tristes y dolorosas noticias nos las trajeron algunos de los que con él habían marchado, dándonos relación a todos y cómo le habían apresado y condenado sin dadle la opción de mostrar su inocencia, sin ni siquiera ser escuchado ni ajustarse con él a derecho.  Todos los jueces implicados fueron sobornados por el capitán general, según pensaban, iba tan mal el asunto que no podría escapar en breve de la muerte.
     A esta hora me acordé y dije entre mí aquel dicho antiguo del  [1]Conde Claros, que dice:
Ya que estaba don Reinaldo
fuertemente aprisionado
para haberle de sacar
a luego ser ahorcado,
porque el gran emperador
ansi lo había mandado.


—Así me lamentaba: — ¿Cuándo acabarás, por ventura? ¿Cuándo? En la tierra mil desastres, y en las mares mucho más.
     La noticia provoco en nosotros llantos y alaridos como nadie se puede imaginar, yo con mayor motivo lloraba al amigo y gemía por mí, que faltando él no esperaba vivir, quedando a merced del  mar y de mis enemigos, solo y desamparado. Su compañía se quejaba contra mí, con justa causa y razón, pues era yo el causante que perdiesen al que tanto querían. No sin razón decía su atuna:
—Tú, mi señor, tan triste te marchaste, sin quererme dar a conocer tu tristeza; bien pronosticabas mi gran pérdida.
—Sin duda —decía yo —este era el sueño que tú, mi buen amigo, soñaste; esta es la tristeza de la que tú quisiste alejarme.
Y así, cada cual decía y se lamentaba.
Como el hombre por naturaleza dispone de más sesos que los peces me dio por cavilar y dije delante de todos:
—Señora, señores y amigos, con estas tristes noticias cada uno de nosotros muestra lo que siente; mas, ya que este primer movimiento nos ha pillado desprevenidos, justo será, mis señores, que con llorar y lamentar nuestra pérdida no se recupera ni se consigue nada, debemos llegar a un acuerdo con la mayor brevedad   para buscar el remedio que más nos convenga a nosotros y a nuestro amado capitán.
 Y pensando y visto esto, debíamos ponerlo en ejecución, según dicen estos señores, la prisa no es buena consejera.  La hermosa y casta atuna, que se encontraba derramando muchas lágrimas de sus graciosos ojos, me respondió:
—Todos vemos, esforzado señor, que es una gran verdad lo que decís, y así mismo la necesidad que tenemos; por lo cual, si estos señores y amigos son de mi parecer, debemos todos de remitirnos a vuestra decisión, como a quien Dios le ha dado el saber y señalado para llevar a cabo lo necesario.  Licio, mi señor, siendo tan cuerdo y sabio, sus espinosos y fastidiosos negocios en vos confiaba y en vuestro parecer.  No creo equivocarme, aunque soy una débil hembra, en suplicaros que toméis el encargo de preparar y ordenar lo que convenga para la salvación del que con verdadero amor os quiere, y así encuentre consuelo esta triste hembra que os estará eternamente agradecida.
  Dicho, estalló en un gran llanto, y todos hicimos lo mismo. Melo y otros atunes estaban con la señora capitana de acuerdo, los cuales me ofrecieron tomar el mando de esta empresa, ofreciéndose a seguirme y hacer todo lo que yo les mandase. Viendo que yo estaba obligado a hacerlo, me puse manos a la obra con todo cuidado, modestamente lo acepté haciéndoles ver que cualquiera de ellos lo podrían hacer mejor; mas, si ellos decidían que yo lo hiciese, a mí me halagaba. Me dieron las gracias, y allí acordamos se hiciese saber a todo el ejército que había estado comandado por Licio que en tres días estuviesen todos preparados. Yo escogí para mi consejo doce de ellos, a los más ricos, y no tuve respeto por los más sabios si eran pobres, porque así lo había visto hacer cuando era hombre en los ayuntamientos donde se trataban negocios de calidad, que no eran elegidos los consejeros entre los más sabios, sino entre los más ricos, aunque fuesen necios.  Y así me paso, reconozco que me equivoqué, lo que no comprendo es que si yo fui capaz de darme cuenta en tres días, como los gobiernos de la tierra no se percatan de ello y escogen a sus consejeros no entre los más sabios y capaces sino los más ricos, aunque sean necios. Debí cambiar mi forma de gobierno, pidiendo consejo a Melo, porque los atunes ricos, acostumbrados a comer y no trabajar, atrasaban más que adelantaban y dábamos un paso hacia adelante y dos para atrás, porque los vestidos de seda, no dan el saber y mucho menos ganas de hacer faena.
Entre los escogidos, fue Melo el principal y la señora capitana la segunda, la cual era una muy sesuda hembra, rodeada de otras atunas, que ganaban en sesos a muchos atunes, cosa por cierto muy clara tanto en tierra como en mar; fueron algunos de los principales quienes protestaron por mis cambios en el gobierno, hube de conformarles aceptando que estuviesen también ellos como oyentes.   Una vez estuvimos listos mandamos a toda la compañía para que se fuesen a comer y viniesen después preparados para la guerra: los armados con sus armas, los otros con sus cuerpos.
     Cuando regresaron todos, mande forma al estilo de la tierra, para mejor contarlos, y éramos un número de diez mil ciento nueve atunes, todos estos de pelea, sin contar hembras, ni pequeños ni viejos; cinco mil de ellos armados, ya fuese con espada, puñal, lanza o cuchillo. Todos juraron besándome cola, que sobre su cabeza pusieron a usanza del mar —no pude evitar reírme, en cuanto que pensaba y pienso como hombre, por la graciosa ceremonia —que harían lo que yo les mandase, y ponían sus armas, y los que no las tuviesen, sus dientes, en quien yo les ordenase, procurando con todas sus fuerzas librar a su capitán, guardando la debida lealtad a su rey.
     Acordamos en el consejo de guerra que la señora capitana fuese con nosotros, muy bien acompañada de otras cien atunas, entre las cuales llevó una hermana suya, doncella muy hermosa y apuesta. Hicimos tres escuadrones: uno con todos los atunes desarmados y los dos con los que llevaban armas. En la vanguardia iba yo con dos mil y quinientos armados, y en la retaguardia iba Melo con otros tantos. Los desarmados y carruaje iban en medio, y llevando asimismo con nosotros nuestros escuderos, los pulpos, que nos llevaban las espadas.







[1]   Romance del conde Claros de Montalván
de Autor anónimo
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