martes, 9 de febrero de 2016

A ellos, a nuestros padres.


Algunos pensaran, que aparte de la vida, poco tienen que agradecer a sus padres, porque poco les dejaron, pues nada tenían. Que la valija o la maleta de cartón estaba llena de recuerdos, pero sin joyas valiosas, ni riquezas de ningún tipo. Que al fin y al cabo, ellos el día que emprendieron el último viaje, fueron náufragos que jamás hicieron otra cosa que trabajar y arañar a la tierra seca lo suficiente para dar de comer a sus hijos, y en ocasiones ni tan siquiera eso.


No, no recibimos grandes baúles de ricas pertenencias, ni cofres de oro y joyas. No nuestros padres no fueron caballeros elegantes, ni damas de postín. Fueron mucho más que eso.

Ellos fueron quienes nos enseñaron las cosas importantes de la vida. Aquellos campesinos pobres, analfabetos que no sabían hacer la o con un canuto, en muchos casos; pero que al mismo tiempo eran pozo de sabiduría, que derramaban de manera generosa sobre nuestras mentes infantiles. Les bastaba mirar al cielo, tocar la espiga, pisar la tierra, otear el aire, para saber si la cosecha iba a ser buena o mala.




Incapaces de hacer las cuentas con un lapicero y una libreta, realizaban complicadas operaciones matemáticas sirviéndose tan solo de la cabeza, sí eran las cuentas de la vieja; pero podían dejar en ridículo a los más instruidos, y sacar las cuentas de cabeza, antes que el más instruido académico de Salamanca con papel y lápiz.
Sí, eran bastos, brutos, rudos, pero en no pocas ocasiones eran capaces de hacer con las manos las cosas más hermosas y precisas, ellos con la pleita y el esparto, ellas con la aguja y el dedal. Cualquier cosa eran capaces y a cualquier cosa se enfrentaban, sin miedo.

Tal vez, nunca nos dieron de comer manjares, ni pasteles de Viena, caviar iraní, no nos llevaron a comer a lujosos y caros restaurantes, ni nos regalaron aquellos juguetes que otros tenían. Sin embargo, ponían tanto cariño a lo que hacían, que todavía hoy, echamos de menos esos potajes, esas gachas, esos mantecados o ese pan, que si no había para todos, nos lo repartían para nosotros, aunque ellos se quedasen con hambre, bueno, nosotros cuando nacimos ya no se pasaba hambre, pero ellos y nuestros hermanos mayores si la pasaron. Y sin embargo, cuando llegaba alguien, lo primero que le decían era:

— Siéntate y come con nosotros.

Aguantaban jornadas desde antes del alba, hasta después del crepúsculo, y cuando llegaban arriñoaos del campo, todavía les quedaba faena por hacer. No había gordos, entre ellos, ni enchufes para el azadón o el pico, ni ruedas para el arado, ni pilas para las hoces o las tijeras. Eran duros como el pedernal…
Tal vez, no nos dejaron riquezas, pero sí lo más importante, su recuerdo y enseñanzas, que siendo analfabetos, repito, en muchos casos, y en el caso de mis padres, nos enseñaron a ser personas, de manera magistral, que ahora no somos capaces de transmitir .

Vivieron tiempos grises; pero por lo que yo recuerdo de mis padres, nunca perdieron la sonrisa, ni sus ganas de luchar.

©Paco Arenas
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