miércoles, 10 de febrero de 2016

La ortografía de nosotros, los analfabetos


Yo, con trece años. 
Dedicado a quienes cambiamos los dientes en la besana, en la obra, subiendo maletas en hoteles o en cualquier trabajo infantil.

Sí, nosotros somos quienes decimos haiga, en lugar de haya, que no sabemos que haya es haber, o un árbol y allá es el lugar dónde queremos ir. Quienes escribimos amor con h. que tal vez, cuando haber deberíamos poner a ver, y al revés, o incluso escribimos haver. Que tal vez no distinguimos, hay, de ay, ahí. Y así una interminable lista de faltas ortográficas, que la gente instruida y con una amplia vida académica, no tienen o al menos no deberían tener. Porque eso es harina de otro costal, quienes han tenido la oportunidad de estudiar, quienes han estudiado y escriben cabal con k, esos es otra cosa.


Ya sé, que a quienes más o menos nos defendemos con la ortografía, yo voy aprendiendo sobre la marcha, puede hacernos daño leer "te hamo mas que el toro a la baca vajo la luna de Balencia i anque caigan rallos y centellas ansio darte avio, haya en la plalla de la Malbarrosa". Sin embargo pienso que nunca debemos afear a quien debe buscar las letras en el teclado, a quien sabe su verdad y escribe berdad , a quien no sabe si es fácil o facíl, no se lo hagamos más difícil.

Yo, como otros muchos de mi generación, apenas fui a la escuela, comencé con casi seis años, cuando mi familia me llevo a Ibiza, estuve un año sin ir a la escuela, porque no nos cogieron, ni a mí ni a otros, como mi amigo Paco o Antonio, íbamos una hora al día a las clases un maestro albino de apellido Mañanet; pero no a la escuela. No había plaza para los muchos emigrantes que llegábamos. Al final mi madre sobornó con un queso manchego al director, y pude entrar en la escuela de San Antonio. Clases de 50 alumnos.  Pero con once años ya trabajaba, repartiendo propaganda, estampando camisetas, en una pista de Scaletrix.  Y ya con trece, realizaba jornadas de doce y catorce horas, subiendo maletas en un hotel. Cuando salí de la escuela, mis faltas ortográficas eran mayores que la catedral mocha de Cuenca. Por suerte tenía un vicio: la lectura, era y es una adicción. Tal vez porque era apocado, recogido, tímido, corto y todos sus sinónimos. Poco a poco fui y voy aprendiendo.

Me cabrea cuando se burlan, algunos que han tenido la suerte de estudiar de aquellos que en diez palabras escriben doce con falta de ortografía. Les pido a esos que se burlan que se pongan en su lugar, que piensen en el motivo por el cual esa persona escribe con faltas ortográficas, que no le afeen, lo que no es una mala conducta, sino consecuencia de no haber tenido acceso a la educación adecuada.  

Y a vosotros amigos, que como yo, no fuisteis a la escuela, teníais callos en las manos antes de cambiar los dientes, os digo: Nunca dejéis de decir lo que pensáis por miedo a las faltas de ortografía. Lo importante es la palabra, no tenemos la culpa de no haber ido a la escuela lo que debiéramos haber ido. Que nadie calle vuestra voz, que quien nos quiera entender, os entenderá. Pero también, que en la medida que podáis intentéis enmendar esa carencia cultural, porque la practica hace al maestro y todavía podéis enseñar muchas cosas a los ilustrados pretenciosos.

Hoy escribo hasta libros, sin embargo, todavía tengo dudas en dónde poner algún acento o tilde, en si toca punto o punto y coma...  Voy aprendiendo sobre la marcha, pongo interés y admiro a todos aquellos que saben mucho más que yo, a esos profesores que saben que soy un ignorante aplicado, que procura aprender.  Agradezco cuando me dicen que hago o escribo alguna cosa mal, porque así aprendo. Porque como dijo Muñoz Alonso, rector de la Universidad Complutense a José Solís Ruiz, ministro franquista natural de Cabra, que le discutía al rector que él consideraba el latín como algo inútil, a lo que respondió el profesor:

—Por de pronto, señor ministro, para que a Su Señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa”.


A ministro pueden llegar gentes tan ineptas como Wert, o el actual ministro de educación que lo primero que mando quitar de su despacho fue el retrato de Unamuno. “Maestro” deriva de “magister” y este, a su vez, del adjetivo “magis” que significa “más” o “más que”. El magister lo podríamos definir como el que destaca o está por encima del resto por sus conocimientos y habilidades. Mientras que “ministro”, deriva de “minister” y éste, a su vez, del adjetivo “minus” que significa “menos” o “menos que”. El minister era el sirviente o el subordinado que apenas tenía habilidades o conocimientos. Como algunos de nuestros ministros, bueno, algunos demuestran gran habilidad para la cleptomanía. Por tanto adoro y admiro a los maestros, y considero que todos debemos defender el derecho a la educación de calidad, pública y gratuita para todos, como el más sagrado de los derechos.
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