jueves, 17 de marzo de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) CAPÍTULOS X y XI


Para todos los amantes de la literatura clásica, el libro más prohibido de la historia de España La segunda parte del Lazarillo de Tormes (Edición de Amberes de 1555) Un auténtico desconocido incluso para muchos profesores. Sabía que existía, hace referencia Don Juan de Luna en su edición de 1620, pero no lograba encontrarlo. Cuando lo encontré me resulto casi imposible leerlo, tras una ardua tarea conseguí "traducirlo", adaptarlo al castellano actual. 

Es un libro bastante interesante que todos los aficionados a la literatura clásica deberían conocer, no solo por ser un gran clásico de nuestra literatura, sino porque quienes quisieron que esta segunda parte desapareciese de la historia para siempre, estuvieron a punto de conseguirlo, el único modo de que no lo consigan, es difundirlo.


CAPÍTULOS X 


     Con la cuestión ya más clara, mandamos tocar trompetas, porque los nuestros andaban desperdigados y era preciso de nuevo estar unidos para hacer frente al poderoso ejército de don Paver.  Al ver la victoria y a nuestro capitán a salvo, todos lo celebraron con alegría, mas sabiendo que casi todos los que murieron eran criados y servidores del malvado don Paver. Y todos ellos deseaban haber hecho con él lo que nosotros hicimos con ellos.   Suele suceder, que cuando el señor es malo, los criados procuran ser como él e imitarle convirtiéndose hasta los más honrados jueces u hombres de ley en crueles sicarios. Del mismo modo al revés, cuando el señor es piadoso, manso y bueno, los criados le procuran imitar, siendo buenos y virtuosos, y amigos de la justicia y la paz, sin esas dos cosas no se puede el mundo sostener.
     Regresando a nuestro asunto, visto que no teníamos con quien pelear, el buen Licio y todos a grandes voces me preguntaron cuál era mi opinión sobre lo que se debía hacer, pues todos estaban dispuestos a seguir mi consejo y parecer, seguro de que sería el más acertado.
—Pues si mi decisión queréis, valerosos señores y esforzados amigos y compañeros —les respondí —a mí me parece, que si Dios nos ha protegido en lo principal, así hará en lo accesorio, creo que esta victoria nos la ha dado para que administremos justicia, sabemos que a los malos no les quiere y desea que sean castigados. El mayor culpable que tantas muertes ha causado no sería justo que quedase con vida, pues sabemos que la ha de emplear en maldades y traiciones. Por tanto, si os parece bien vamos a por don Paver y hagamos con él lo que con nuestro capitán quiso hacer, que siempre oí decir: enemigos, los menos.  Muchas grandes hazañas se han perdido por no saber darles muerte a los malvados; si no, recuerden al gran Pompeyo y a otros muchos que hicieron lo que él. Puesto que hemos comenzado la faena, terminaremos lo que queda por hacer.
     Todos aclamaron mi decisión de que antes que se escapase, diésemos con él. Con este acuerdo, con orden y decisión, llegamos a la casa del traidor, al cual ya le habían llegado las tristes nuevas de la libertad de nuestro gran capitán y de la gran matanza que entre los suyos habíamos causado.  Cuando lo supo, al instante estaba en la casa encerrado y dispuesto con sus pocos fieles asustado, por la cruel y espantosa y nunca oída ni vista forma de pelear de nuestra compañía bajo el mar, la mayor parte de sus servidores habían huido.  Él era cobarde, y es Dios testigo que no invento, ni lo digo por quererlo mal, así lo vi y conocí.  A buen seguro que ahora su cobardía era más manifiesta. Y así, se dio tan mala maña, que aterrado por lo que sabía que ocurriría, ni en escaparse ni en defenderse gasto fuerzas.
     La casa cerrada, Licio delante y yo a su lado, entramos dentro con poca resistencia, donde le hallamos casi tan muerto como le dejamos; con todo, quiso hasta su fin usar de su oficio, no de capitán, sino de traidor enmascarado, nada más vernos ir para él, con una vocecita y falsa risita, fingiendo estar alegre, nos dijo:
—Buenos amigos, ¿a qué esta grata visita?
—Enemigo —le respondió Licio —a daros el pago por vuestro trabajo y desvelos.
Como le tenía presente la ofensa, no perdió el tiempo con él en conversaciones. Yo no le quise ayudar ni consentir que nadie lo hiciese, por no haber necesidad, y también porque así convenía para la honra de Licio; de manera cobarde feneció el traidor don Paver, como él y los de su calaña suelen hacer.
     Salimos de su casa sin consentir que se hiciese ningún daño, aunque los nuestros deseaban saquearla, en la cual había bastante cosas de valor, porque aunque malo no era necio, ni tan fiel como se cuenta de Escipión, el cual siendo acusado por otros, no tan honrados como él, de haber conseguido grandes botines en la guerra de África, mostrando las muchas heridas de su cuerpo, juró por sus dioses no haberse quedado otras ganancias que las mismas.  Sin embargo don Paver, no tenía heridas que hubiese podido mostrar, porque siempre en la guerra permanecía en la retaguardia y solo se ponía al frente a la hora de repartir el botín o de darse postín ante el rey y lo que en ella ganaba se lo llevaba, siempre escogiendo las mejores piezas y más valiosas, mientras que con las de menos valor obsequiaba al rey.  Esa era la razón de que fuese tan rico y que tuviese muy sano y entero el pellejo, pienso yo que hasta el día que murió no le habían hecho ni el más pequeño rasguño.   Porque como ya he dicho, él, como general cobarde, se quedaba en la retaguardia fuera de peligro, solo hace falta recordar lo lejos qué se encontraba el día que le conocí, al contrario del muy cuerdo y valeroso capitán Licio.
Decidimos esto, para que no se pensase de nosotros que habíamos actuado por codicia, sino por su maldad y no por saquear sus bienes, no se tocó en cosa alguna.
La noticia había llegado a la Corte, recorriendo los cortesanos asustados el palacio dando grandes voces que llegaron hasta el rey, el cual pregunto la causa, le contaron todo lo ocurrido, quedando tan espantado como asustado, pensando que el próximo en morir sería él.  Sabiendo que había razones para la ira de los atunes de su reino, por las muchas injusticias cometidas por don Paver y consentidas por él, porque ello le daba beneficios. Y aunque también tirano, no era necio y pensó:
—Dios te guarde de piedra, dardo y de atún irritado.
 Determinó no salir a la batalla y que allí en palacio se hiciesen fuertes hasta ver la intención de Licio. Y así, según me contaron, permanecería la mayor parte de su ejército en el palacio, más de quinientos mil atunes, junto con otros muchos géneros de peces que en la corte por sus negocios se encontraban protegiendo al asustado rey.  A mi parecer, si la cosa hubiera ido adelante, poca resistencia hubieran hecho ante nuestras espadas.   Como siempre se ha dicho: Dios nos guarde, que tu ley y a tu rey guardarás, posiblemente en esto haya tanta equivocación como tuve al escoger a los ricos en lugar de a los sabios para mi consejo.
Recorrimos las calles de la ciudad y conforme íbamos nadando los atunes naturales de la misma abandonaban sus casas con temor al verse desamparados por la cobardía de su rey, pensando que en ellas no estarían seguros. Quienes no se iban a palacio, salían huyendo al campo y lugares apartados, de tal manera que se podría decir:
—Dependen cientos de uno malo, por aquel malo padecieron y fueron muertos y amedrentados muchos inocentes.
Viendo esto, mandamos pregonar por toda la ciudad que ninguno de los nuestros tuviese la osadía de entrar en ninguna casa, ni tocar ni un caracol so pena de muerte, y así se hizo.



CAPÍTULO XI

 Pasado el alboroto, nos reunimos con nuestros atunes, formando consejo para ver lo que hacíamos, al tiempo que mandábamos una embajada al rey.  Algunos dijeron de regresar a nuestras casas y hacernos fuertes en ellas, o hacer amistad y confederación con los que en el momento presente teníamos por enemigos, que al vernos furiosos y ver nuestro gran poder, desearían ser nuestros aliados.   El parecer del bueno y muy leal Licio no fue este, diciendo que si esto se hiciese conseguiríamos la enemistad y mentira de nuestro enemigo, haciéndonos fugitivos y dejando nuestro rey con dudas sobre nuestra lealtad, que era mejor que el rey nuestro señor fuese  bien informado de las causas  por las cuales se produzco la revuelta.   Explicarle la traición del muy ingrato  don Paver, desobedeciendo la  orden de su majestad, pues queriendo sobreseer la condena, como su majestad ordenó  a través del guardia  al juez, mando un paje para que cumpliese su maldad  y no la voluntad del rey su señor.  Y que visto esto por su majestad, se podría afirmar que no había sido desacato ni atrevimiento a su real corona las decisiones tomadas, sino servicio a su justicia, con este parecer llegamos a pactos con los más cuerdos.
    Al final acordamos de enviarle un mensajero, quien mejor lo supiese expresar. Sobre quién había de hacer esto tuvimos diversos pareceres: porque unos decían que fuésemos todos y suplicásemos al rey nos abriese la ventana para escucharnos; otros dijeron que parecía desacato, y era mejor ir diez o doce; otros que como estaba enojado, podría ser que la pagase con los mensajeros. Estábamos con la duda de los ratones cuando, les parecía que debían poner el cascabel al gato en el cuello, y discutían sobre quién se lo iría a colgar. A fin, la sabia capitana dio el mejor parecer, y dijo a su varón que si le parecía bien, se ofreció a ir  ella sola con diez doncellas como embajada, porque contra ella y sus servidoras no habría el rey mostrar su enojo,  ella con tal de librar a su marido de muerte estaba dispuesta a correr el riesgo.  Además estaba segura de saber expresarse muy correctamente para aplacarle y evitar que se indignase más de lo que a buen seguro estaba. A nuestro capitán le pareció bien y a todos nosotros también.
Apartando consigo a la hermosa Luna, que así se llamaba su linda hermana, de quien ya hablamos anteriormente, y con ellas otras nueve, las más hermosas y  de más hermosos labios y ojos, marcharon a palacio; llegando ante los guardias, les dijeron hiciesen saber al rey que le quería hablar como hembra de Licio, el capitán de la revuelta y a la vez leal capitán al servicio de su majestad,  y que por tanto muy humildemente solicitaban audiencia a su real por ser en beneficio de su persona y reino y como único modo de evitar evitar escándalos y pacificar su corte y reino, y que no pusiese ninguna excusa para escucharle, y que si así lo hiciese haría justicia; porque ella y su marido, y quienes con él estaban, lo pedían, y querían si después de ser escuchados su majestad les consideraba culpables se hiciese justicia  y cállese sobre sus cabezas el hacha  del verdugo. Y que si su majestad no la quería escuchar, su marido Licio ponía a Dios por testigo de su inocencia y lealtad, para que de ningún modo fuese juzgado por desleal.   El rey aunque muy airado estaba, mandó que les dejasen entrar. Ante él, tras las reverencias, antes que comenzar a hablar, este les dijo:
— ¿Os parece bien señora, la que ha armado vuestro marido?
—Señor, —dijo ella —vuestra majestad haga el favor de escucharme hasta el final de mis palabras, y después decida lo que crea conveniente, y se cumplirá todo lo ordenado por vuestra majestad sin faltar un punto.
     El rey le dijo que hablase, aunque era necesaria más tranquilidad para poder escucharla bien. La discreta señora, cuerda y muy atentamente, en presencia de muchos grandes que con él estaban —los cuales en esos momentos debían de sentirse pequeños —comenzó a hablar.  Muy extensamente dio cuenta al rey de todo lo que hemos narrado, contando y afirmando ser esa la verdad sin desviarse un ápice, y que si faltaba a la verdad fuese descargada la justicia contra ella, como inventora de falsedad ante la real presencia de su majestad.  Así mismo, Licio, su marido, y sus valedores fuesen sin dilación ajusticiados. El rey, en cierto modo vio el cielo abierto, al escuchar que nuestro capitán se ponía bajo sus órdenes y no tenía intención de continuar la revolución, cual Espartaco al frente de los esclavos, le respondió:
—Señora, estoy en el momento presente tan alterado de ver y escuchar los desmanes que se ha hecho             que por ahora no os respondo a nada, porque de responder ahora saldrían mal parados quienes se han levantado en armas. Regresar donde está vuestro marido, y decirle, si le parece bien, que levante el cerco que tiene sobre el palacio y deje a los vecinos de este pueblo entrar en sus casas; y mañana volveréis acá y hablaremos del asunto con mi consejo de nobles, y con lo que decidamos se hará la justicia que corresponda.
     La señora capitana, aunque de esta respuesta no llevaba minutas, ni tenía nada previsto, no le quedó en el tintero la buena y conveniente respuesta que debía dar al rey:
—Señor, ni mi marido, ni los que con él vienen, tienen cerco sobre vuestra real persona, y así mismo, ni él ni nadie de su compañía en casa alguna ha entrado, tan solo en la de don Paver. Y por tanto los vecinos y moradores de aquí podrán comprobar con razón, que en sus casas no echarán en falta ni una toca. Y si los atunes de la compañía de mi marido están en la ciudad, es esperando que vuestra majestad les ordene qué deben de hacer y ese es el motivo de mi embajada.  Puedo asegurarle a su majestad que no hay un pensamiento distinto, porque todos y cada uno son buenos y leales.
—Señora —dijo el rey —por ahora no hay nada más que decir.
     Ella y sus compañeras, haciendo su debida inclinación con gentil continente y reposo, regresaron a donde estábamos nosotros. Conocida la voluntad del rey, en una hora salimos de la ciudad de manera ordenada, y nos metimos en el monte; mas no muertos de hambre, porque nos comimos a nuestros enemigos muertos, y aún mandamos llevar a los desarmados provisiones para tres o cuatro días, sobrando  tanto que tuvo toda la ciudad y Corte hartazgo.  En una ciudad con necesidades de comida entre los más humildes, fueron muchos que a buen seguro rogaron a Dios que cada ocho días cayese allí otro mal nublado, guardando a quien rogaba.
     La ciudad desembarazada de nuestra presencia, los moradores de la misma cada cual regresó a su casa, las cuales las hallaron tal como las dejaron. El rey mandó que le trajesen todo lo que en la casa del general muerto hallasen: y fue tanto y tan bueno, que no había rey en el mar que más y mejores tesoros tuviese, y aun no fue suficiente para que el rey diese crédito de sus maldades. A pesar de comprobar que lo que halló en casa del general no podía haber sido adquirido de manera licita, sino robándoselo a él, a sus súbditos  y sobre todo a sus víctimas, ni a unos ni a otras tuvo el rey en cuenta a la hora de apropiarse de las riquezas que guardaba el malvado don Paver.
     Después convocó su consejo, y como quiera que a donde hay malos alguna vez se obra algún milagro y siempre hay alguien bueno, sin olvidar que todos estimaban su pescuezo más que ninguna otra cuestión, ya hora el atún más fuerte no era don Paver, sino el capitán Licio.  Debieron decirle que si era así como Licio decía, no había sido muy culpable de lo sucedido.  Mayormente porque su majestad había ordenado que no ejecutasen la sentencia hasta ser bien informado de su culpa. Junto con esto, el guardia encargado de llevar la orden, declaró la cautela y lo prudente que con él había estado; y cómo el general le engaño y le metió en su en su casa diciendo que estaban allí los jueces y cómo una vez en ella le encerraron sin dejarle salir de ella. Los jueces ante el rey dijeron cómo que era verdad,  que el general les había enviado a decir que su majestad les ordenaba que antes de una hora ejecutasen la sentencia. Y por dar en ello la mayor brevedad no le pasearon por las calles, como se suele hacer.  Que ellos, creyendo que aquel era la orden de su majestad, lo habían mandado degollar sin ajustarse al protocolo. De esta manera el rey reconoció la culpa de su general y fue cayendo en la cuenta; y cuanto más en ello miraba, más se manifestaba la verdad.













































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