lunes, 28 de marzo de 2016

Las despedidas


Ya los últimos días huelen a despedida, a partir del segundo de la llegada. Ya en cada conversación sale inevitablemente el lamento de la hora de partida, que desearías alargar como uno de esos chicles bazocas de nuestra lejana infancia. Todo lo que habías pensado hacer en una semana no cabía en un mes y en todo momento tienes la sensación de que quedan muchas cosas pendientes, no solo las torrijas.  La despedida no duele, pero provoca lágrimas emocionadas, esa sensación de que te arrancan una parte de ti, que de manera generosa aceptas.  Son lágrimas inevitables, tan cerca está Madrid como lejos.

Ayer, hoy, mañana, siempre. Sobre todo en estos días de Semana Santa y Navidad, de las Pascuas y la Pascua, las despedidas son cuando más emociones provocan esos instantes, en el coche, en el tren en el autobús, el avión...
Estas despedidas recuerdan a aquellas otras de cuando los mozos se iban a la mili, y las madres les acompañaban a la estación a despedirse.

—Madre, si no me voy a la guerra, en un mes estoy de permiso.

Y ahora te digan:

—En unas semanas estaré aquí otra vez o vosotros allí…


Y la madre lloraba desconsolada abrazándose al hijo que se subía en aquel viejo vagón, de madera, de hierro, de acero de aluminio y cristal, que se iba a la mili, y aunque no era a la guerra, quedaba tan cerca la incivil contienda.

 Los vagones han cambiado, los sentimientos son imperecederos, cambian los rostros, las madres, los hijos los que se van a Madrid a estudiar, a intentar abrirse camino en un mundo que la mafia ha convertido en una trinchera con concertinas. Donde si encuentran trabajo, será como el del licenciado en filosofía que trabaja en una importante librería de la capital por seiscientos veinte euros al mes.

O esas otras despedidas con destino al exilio económico tan comunes hoy. Una madre me decía hace poco, días después de los atentados.

- Mi hija está en París, íbamos a ir a pasar Nochevieja allí; pero ahora queremos que venga para no irse más.

 Pero la hija se queda en París, porque aquí le han robado su futuro,  y la madre no duerme y llora muchas noches, otras tiene pesadillas…

Aquellas despedidas de novios, con besos censurados en España, de las novias a los novios que se iban a la mili, de los maridos que se marchaban a  Alemania o Suiza...
Ahora son nuestros jóvenes altamente preparados, con sus ingenierías, sus masters, sus carreras de filosofía, de derecho, de biología o física a crear riqueza al país de los teutones, van buscando el norte que les han robado aquí, mientras que los ladrones que se lo han robado marchan a Suiza a llevar lo robado.

Nos acostumbramos a una despedida permanente, a un exilio superviviente de otros exilios de antaño, con otras madres, otros hijos y otras formas. Sin darnos cuenta asistimos a una resignación persistente, a conformarnos con esos días de permiso, ese fin de semana, esas horas que se convierten en minutos…

Y lloramos en la estación y en los vagones, y permanecemos hasta que el último vagón del convoy se ha perdido en la lejanía, o pegados a la ventana, esperando ver el rostro de nuestra madre hasta que se convierte en una figura bizca y lejana…


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