lunes, 7 de marzo de 2016

Los ideales





No, nuestros ideales de libertad, justicia, igualdad, fraternidad y conocimiento, no nacieron de una piedra del camino, no tropezamos con ella y vimos la luz de repente como Pablo de Tarso.
Surgen de las alambradas con cuchillas, de los caminos prohibidos, de las condenas eternas, de la tierra del señor, esas que dan trigo al amo y no pan al labrador.

Nuestros ideales de libertad, puede usted pensar, que los guiaron grandes caudillos, generales victoriosos, incluso reyes cobardes que se quedan en la retaguardia, mientras mandan a la muerte a los esclavos de la greda, reconvertidos en torpes soldados a defender su podrido reino.

Se equivoca usted, si así lo piensa, nace en los sótanos de los esclavos humillados, en la rebeldía de Espartaco, en las bodegas de los barcos esclavistas, en las plantaciones, entre los siervos condenados al diezmo, los obreros hambrientos…

Nuestros ideales de igualdad, tal vez usted piense, que nuestros ideales surgen de un estomago empachado de suculentos manjares, después de una pesada digestión, de esas que están la tumbas llenas.
Se equivoca de nuevo, nuestros ideales salen de noches de insomnio, sin poder dormir viendo a nuestros hijos mamando de una teta seca, mordiendo las piedras si es preciso.

Podría ser, y de nuevo erraría, que pensase usted que nuestros ideales de la búsqueda del conocimiento, del saber, surgen de las grandes academias y universidades, donde se escriben los versos con letras de oro, donde el conocimiento se transforma en movimiento y el movimiento en revolución.

  Pero no, tampoco surge de ahí, emergen de las abarcas que pisan el barro, de los arados que escriben la historia de los pobres sobre la tierra seca, regada con sudor y sangre, de ese sudor y esa sangre que no le importa a nadie, solo a nosotros, y  en ocasiones ni siquiera.

Nuestro ideal no es alcanzar el cielo con las manos, ni realizar grandes viajes por el Caribe, ni a París o Berlín, somos tan pobres que nos conformamos con pisar el suelo, sin necesidad de volar. Caminar con pie firme mirando al frente, orgullosos de nuestra sangre roja, sin arrodillarnos, como no sea para rezar.

  No queremos misericordias ni limosnas, ni lavar conciencias de quienes nos roban. Queremos, trabajar, labrar la tierra, segar el trigo y moler harina; pero también poder comer el pan que nuestras manos laboran, sin tener que pedirle permiso.

 No buscamos grandes descubrimientos cabalgando en briosos corceles, nos conformamos con andar libres, pensar con libertad y poder gritarlo a los cuatro vientos.

 No soñamos con grandes festines, ni fastuosos banquetes, somos tan pobres que nos conformamos con que nuestros hijos no mastiquen el aire, ni eructen lo que no han comido, ni tampoco chupen la ubre seca de una madre hambrienta.

  No soñamos, aunque no estaría nada mal, con que nuestros hijos fuesen grandes licenciados, catedráticos, doctores, filósofos, que con su saber cambiasen el mundo con el ingenio y la palabra.  Nos conformamos con que lleguen a tener el conocimiento suficiente para que farsantes, ladrones, mafiosos, usurpadores como usted no los vuelvan a engañar.

Puede usted tener la tentación de menospreciar nuestros humildes ideales, concertar con ellos matrimonios de conveniencia con esos que se llaman liberales, esos que llaman democracia  lo que es tan solo privilegios de clase, con quienes después de la traición traspasan sin pudor las puertas giratorias. 


Podría, ser, no lo digo que usted lo vaya a hacer, ni lo tome como amenaza; pero sepa usted que nuestros ideales son tan humildes como el barro del que estamos hechos y tan antiguos como Adán. Se equivoca en pensar que usted tiene la verdad y la majestad, que somos hijos de tierra y el sudor y no los bastados hijos de un ocioso rey. Que aunque usted no es Abel y nosotros sí podemos ser Caín. 
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