miércoles, 30 de marzo de 2016

Vicenta López, mi madre



Fue un jueves treinta de marzo por la tarde cuando emprendió el viaje. No quería molestar ni ser una vieja que de esas que se pasan los hijos de mano en mano:
—Ahora te toca a ti.
—En verano a ver como os apañáis, yo necesito vacaciones.
—Pues yo no puedo, mis hijos son lo primero.
—Habrá que ver cómo, a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga.
No ella no quería escuchar esas cosas, que nunca escuchó, en más de una ocasión me dijo cuando la artrosis le hacía rabiar de dolor:
—¿Yo ya para que estoy aquí? —Después miraba al cielo, a una flor, un nieto, a alguno de mis hermanos o a mí. La verdad es que no quiero morirme, hay tantas cosas hermosas que ver.
Llevaba tanto sufrimiento en las espaldas, tanto dolor, tres hijas enterradas ya, su hombre, amigo y compañero, y hasta un nieto le habían echado la delantera a esa mujer de hierro, incansable como las mujeres campesinas que paren con la hoz en la mano en los surcos sobre la mies.
No ella no quería estar a meses, no quería escuchar de labios de sus hijos esas excusas que escuchaba de otros hijos. Deseosos de que pasasen los meses reglamentarios para mandarla a casa del hermano como se manda un paquete postal, sin certificar siquiera, porque ahora la responsabilidad sería del otro.  Así lo dijo el día 29:

—No quiero ser un estorbo para nadie, y yo ya soy un estorbo, y antes de serlo quiero morirme.

Todos pasamos ese día por su lado, a todos nos dijo lo mismo y todos le dijimos que no se preocupase, que ya nos arreglaríamos.  Pero ella insistía.

—Estas cosas se hacen muy duras. Y esto se acaba, no quiero dar guerra.

El domingo fue el último día que estuvo en el hospital, me tocó a mí estar con ella acompañándole y me dijo:

—Llama a tus hermanos.

—¿Para qué, madre?

—Llámalos, que esto es muy duro para uno solo.

—Tranquila, usted tiene cuerda para rato.

—No, el final del viaje ha llegado, no tengo billete y me tengo que bajar en esta estación. Llama a tus hermanos, hazme ese favor, que vengan todos. Quiero despedirme de ellos y para uno solo es muy duro.


No le hice caso, y no se murió ese día. Al día siguiente le dieron de alta, y nos propusieron llevarla a Porta Coeli, un hospital para enfermos terminales. Lo hablamos con ella, y le dijimos que habíamos pensado tenerla a meses.

—Quiero ir a mi casa, a morir en mi cama.

La llevamos a su casa el lunes y el jueves se subió al carro con mi padre, para soñar y conspirar de nuevo junto a él.  Le faltó justo un mes para cumplir los ochenta seis años. 

Hasta que se rompió la cadera, veinte días antes, se valió por sí misma, hasta el último instante luchó y soñó. Siempre tuvo las ideas claras, mucho más que yo.  Posiblemente ella fue la única que creyó en mí, cuando yo ya había tirado la toalla muchos años antes.  El día que le dije que no volvería a escribir más, me dijo que yo era muy cabezón como ella, que volvería a escribir.

Y escribí, y cuando escribí pensando en ella, ese escrito fue publicado en un montón de sitios, fue el primero de mis escritos que pasó a llamarse artículo. Hoy todavía cuando no sé qué escribir pienso en ella y es como si estuviese a mi lado, mirándome y hablándome de cuando iban a segar, de cuando soñaron y lucharon, de cuando hubo de elegir entre marchar con su familia a Valencia y casarse con el hombre que amaba. De la alegría de aquel 14 de abril, de la tristeza de la derrota, de los sueños por cumplir, de los ideales, de las noches en vela, del amor y del dolor…
Entonces, sin darme cuenta mis dedos cobran vida.
Gracias madre.

 ©Paco Arenas 30 de marzo de 2016

 

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