sábado, 2 de abril de 2016

Cuando a los guachos (chiquillos) los traía la cigüeña



Ahora no ocurren esas cosas, pero hubo un tiempo que a nuestros hermanos pequeños los traía la cigüeña, sin que nadie nos explicase por qué extraña razón a nuestras madres se les hinchaba la barriga, ni tampoco nunca viésemos una cigüeña en La Mancha, porque en el norte de Castilla si se ven cigüeñas en todos los campanarios, en las torres, en algunas casas. Claro que eso no lo sabíamos, de Castilla solo conocíamos nuestro pueblo, y con suerte los próximos. De lo contrario hubiésemos sacado la equivocada deducción que en Burgos, Segovia o Ávila, se procreaba mucho más que en nuestras manchegas tierras de Castilla, o como dirían ahora, que los castellanos-leoneses hacían mucho más el amor que los castellanos-manchegos, y tan solo en una pequeña parte de nuestra región se veían cigüeñas, en la Sierra de Madrid. Porque en cuestión de cigüeñas estamos muy descompensados.

No es que me preocupase mucho a mí que mis padres les visitase la cigüeña, que siendo el octavo, el último de la fila, no tenía muchas posibilidades de que tal circunstancia se diese.  Pero algo intrigado, como todos, estaba.  Ocurrió que a casa de una joven vecina, su hijo que era de mi edad, nos dijo que había escuchado a su padre decir que esa tarde llegaría la cigüeña y que le traería un hermano o una hermana, entonces no se sabía.

En cierta ocasión pregunté a mi padre porqué si nacían tantos chiquillos en el pueblo nunca veíamos a la cigüeña.

—Vienen por la noche, cuando todos los chiquillos duermen, como los reyes magos.

Eso ya me olió a chamusquina, porque aquellos reyes magos cuando yo estaba acostado, de madrugada vi que mi madre colocaba un plumier de madera y unos colorines en mis zapatillas de lona, y ya me tuvieron que explicar que los Reyes Magos estaban muy ocupados y que los padres les ayudaban.

Pero aquel día la cigüeña llegaría por la tarde, a la hora de la siesta que nunca echábamos. Estábamos sentados en la acera con los ojos avizor para cuando llegase la cigüeña no hubiese forma de que se nos escapase, vigilando bien la chimenea y la parte del corral, por si acaso buscaba algún resquicio para escaparse de nuestra mirada, atentos al cielo hasta dolernos la nuca.  Teníamos claro que ese   día veríamos llegar la cigüeña.

Llegaron primero las abuelas de mi amigo, después las tías, y una de ellas nos dijo que antes de que el reloj diese las cinco campanadas llegaría la cigüeña y eran las cinco menos cuarto.  Allí llego también el médico. No entendíamos que pintaba el médico allí.  Salió la tía de mi amigo a abrirle y le dijo al médico que ya había llegado y le habían hecho el nudo y que no respiraba bien. Él médico se disculpó por haber tenido que acompañar al cura a darle a una anciana la extremaunción.

La cosa no podía ser más evidente,  le habían hecho un nudo a la cigüeña para que no se escapase, por fin podríamos ver una cigüeña en un lugar diferente a las cajas metálicas de la botica. Con las prisas se dejaron la puerta entornada y pasamos todos en tromba por la puerta, sin que nos parasen las abuelas y las tías de mi amigo. Entramos donde estaba la parturienta en una posición un poco comprometida, pero no es en eso en lo que nos fijamos.  La cigüeña no estaba por ninguna parte, ya se había marchado, pero había dejado un asqueroso hermano, con sangre por todos lados a mi amigo, y que el médico tenía con las patas boca  abajo como si fuese un conejo al que le fuese dar tras las orejas. Pero eso no nos impresionaba aunque hacía él fueron nuestras miradas, y en su madre no nos fijamos. Todos a una preguntamos:

—¿Y la cigüeña?

Todos se pusieron a reír y el hermano de mi amigo a llorar, mientras nosotros no comprendíamos nada y poníamos cara de pasmados.

—Se ha escapado por la chimenea —dijo alguien.

—Pues se habrá chamuscado las plumas, porque con la lumbre que hay…—replicó mi amigo.
Lo cierto es que todos seguimos creyendo que los niños los traía la cigüeña y que antes, aunque nuestros padres no saliesen del pueblo, iban a París a encargarlo.



Hoy en día, con la misma edad cualquier crio te dice el sistema reproductivo del ser humano, teoría de la evolución de Darwin y pone en duda lo de la costilla de Adán. A nosotros nos la daban con queso y ellos se comen el queso y de postre yogurt.

©Paco Arenas
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