jueves, 28 de abril de 2016

El Quijote boricua


Se debería haber puesto remedio en su momento. Más cuando nada era casual, sino fruto de unas ideas cavernarias surgidas de cabezas que no les funciona bien lo que tienen delante del occipital. De Paco Arenas era de suponer, como ya he dicho antes, es el culpable de todo y es conocido que mucho seso no tiene desde que se cayó desde lo alto del molino viejo.    Nunca debería haber sacado a la luz los manuscritos de Teresa Panza, que si ella los guardó, sus razones tendría.

Cuando aquel profesor, vestido con guayabera, llegado de la Isla de Borinquén,  pisó Pinarejo, sonaron todas las alarmas, más cuando el susodicho Paco Arenas compró un caballo y un borrico y habló algo de molinos, de don Quijote y Sancho.

Alguien con influencias quiso llamar, el muy ignorante, a la Embajada de Puerto Rico, por desgracia no existe tal embajada. Lo remitieron a la de EEUU. El chismoso dudó, ya veía a los marines de la Sexta Flota invadiendo La Mancha.  Bueno, al fin y al cabo, a él siempre gustaron las hazañas bélicas. Llamó, no podía ser de otro modo, como persona de orden que era, a la Benemérita.

—Un loco ha secuestrado a un profesor americano para atacar los molinos de viento de Iberdrola —.dijo lo de “americano” pensando que a sí haría más fuerza que si decía puertorriqueño y en cierto modo no mentía. El secuestrador parece que no tiene carne en el esqueleto. Como si los huesos fuesen agujas sin enhebrar, y la sesera se hubiese secado y a fuerza de darle el aire comenzase a desvariar. Aunque desvariar ya desvariaba antes —quiso terminar dando un tono un tanto literario a sus elucubraciones.

Les vieron por última vez vestidos de don Quijote y Sancho en el molino de viento, y ya no se les volvió a ver más. Entonces llegaron gentes bien trajeadas hablando inglés con el acento meloso de Puerto Rico, los cuales se presentaron como funcionarios de la embajada de EEUU.  Ya todo el mundo tenia claro de que algo grave había ocurrido. Ya sólo faltaba la Guardia Civil y por supuesto anunciar en todos los noticiarios el secuestro de un profesor puertoriqueño, por parte de un desquiciado que pretendía revivir las aventuras de don Quijote, convenciendo al profesor para que hiciese de don Quijote.

 Tanto al manchego como el profesor parecía como si se los hubiese tragado la tierra. Helicópteros y patrullas de rastreo comenzaron a peinar la zona. Hasta que por fin un pastor de La Montesina dijo haber visto dos caballos y un borrico. Contó el pastor que vestían con trajes de astronauta, y se hallaban intentando abrir un agujero en el muro de la cueva de La Montesina.

— Dos chalados, señores guardias, dos chalados —repetía el chismoso.

Raudos, Guardia Civil y funcionarios de la embajada de EEUU se presentaron en La Montesina. Los dos hombres estaban vestidos todavía con los trajes de seguridad. Las escafandras las habían sustituido por tapones en las fosas nasales, manteniéndose a cierta distancia de la entrada de la cueva. Estaban tranquilos comiendo jamón, queso y bebiendo vino en tragos largos de bota de cuero.  Los guardias tomaron posiciones sin mucho convencimiento, tenían orden de que obedeciesen a los funcionarios de la embajada.  Estos se dirigieron directamente al profesor Flores.

Now you are safe Míster Flores —dijo un funcionario en inglés con meloso acento de Puerto Rico, que enojó al profesor.

—Ya vienen a jeringar.  Para usted, soy señor.  Soy boricua…—replicó el profesor.

—Profesor, es ciudadano de Estados Unidos. Debemos protegerle…—bajando el tono— Esta gente es peligrosa, cafres y atorrantes…—dijo otro de los funcionarios.

—Ustedes sí que son cafres…

Paco fue a decir algo, pero de inmediato los guardias les apuntaron y callando de inmediato.

— ¿Está usted bien? Preguntó otro funcionario al profesor.

— ¡Por Dios! ¿Cómo no estar bien, si estoy comiendo el mejor jamón, el mejor queso y el más delicioso vino, sentado en la misma piedra que lo hiciera Don Quijote?

—Sintiéndolo mucho, debe venir con nosotros…

—Ustedes me dejan abochornado, tratándome como si estuviese ajumao. – replicó con autoridad el profesor. 
    
—Míster Flores. Estamos para ayudarle, piense en su esposa e hijos…

—Juanita está al tanto, mis hijos me quieren tanto que no comprenden que estoy hecho un jovenzuelo…

Mientras tanto la Guardia Civil comenzaba a abrir diligencias sobre la apertura de la cueva.

— ¿ Por qué has abierto la entrada de la cueva?

—Porque hemos pedido permiso a la alcaldesa —respondió Paco —y está llena de monedas de oro y plata…

— ¿Las habéis robado?

— No. No somos ladrones. La hemos abierto a la esperara de que lleguen los especialistas. —respondió Paco.

— ¿Se ven?—Preguntó uno de los guardias.  

—Algunas se ven, ducados de oro….pero…—comenzó Paco.

 Antes de que terminase, varios guardias estaban en la abertura de la cueva. También los funcionarios americanos, a los cuales el profesor Flores les increpaba educadamente:

—Ustedes me toman por un viejo chocho. Soy profesor boricua de español y tengo la ilusión de recorrer a ruta de Don Quijote, visitando los molinos de La Mancha con mi amigo. ¿Cómo pueden ser ustedes tan estúpidos para pensar que voy a montarme en un caballo para enfrentarme a los molinos?   Sólo quiero hacer unas fotos, comer  buen jamón, mejor queso y todas  las exquisiteces de La Mancha regadas con este exquisito vino…


No fue necesario continuar, atraídos por las voces de los guardias, se acercaron también el resto de funcionarios americanos a la cueva, y uno detrás de otro fue cayendo en un profundo sueño.[1]  Paco avisó al cuartelillo sobre los durmientes para que acudiesen al rescate con escafandras.  Una vez todo aclarado Paco en el papel de Sancho y don Jaime, como el Quijote boricua, emprendieron su camino, para continuar el recorrido gastronómico cultural por tierras del Quijote a conocer todos los molinos y rincones de La Mancha…





[1] En la cueva de Los Montesinos, Don Quijote se quedó profundamente dormido posiblemente por los gases que emanan del interior de la tierra, siendo bastante común en grutas naturales el dióxido de carbono, al tratarse de un gas inodoro. Ha ocurrido en múltiples ocasiones que las personas caigan inconscientes y mueran al entrar en este tipo de cuevas. A buen seguro que don Quijote de no haber entrado atado a una cuerda jamás habría salido de la famosa Cueva de Los Montesinos, que como más tarde explica Teresa Panza, bien podría ser la cueva conocida como de la Montesina, en el paraje del mismo nombre del actual municipio de Pinarejo, a pesar de que en la obra del Quijote la sitúa cercana a las lagunas de Ruidera.

Este relato es un homenaje al profesor Jaime Flores profesor de la Universidad de Puerto Rico, gran cervantista y defensor de la lengua castellana.
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