viernes, 8 de abril de 2016

El último suspiro (Cuento improvisado en la habitación de un hospital)


El último suspiro (Cuento improvisado en la habitación de un hospital)
El hospital se encuentra en completo silencio. Tan solo el ruido acuoso, casi imperceptible, del borboteo de la mascarilla de oxígeno que tiene colocada el anciano rompe un tanto ese silencio de cementerio. El borboteo de la bomba de oxígeno, por tanto, es sustituido por el canto de la lechuza, aunque menos siniestro. El anciano de 90 años comienza a abrir los ojos, mira hacía su acompañante, el anciano está sordo, y se sirve de un audífono mal regulado, el acompañante, no es preciso decir que no lo está, pero el anciano grita como si el sordo fuese el acompañante:
— ¡Antonio!
El mencionado Antonio, pega un salto, que casi se cae del sillón donde se encontraba dormitando.
—Qué, qué...
—Tráeme la botella.
Antonio adormecido se dirige a la mesita de noche y coge una botella de agua de una marca de agua de la Sierra.
—Aquí tiene usted —dice, dándole la botella de agua.

—No, hombre, no. Quiero la botella para orinar —replica el anciano, mirando estupefacto la botella de agua.

Al cabo de la hora, mismo panorama que no es preciso repetir.

—Tráeme la botella —y Antonio, diligente seguro de que ahora acertaría, le lleva el orinal en forma de ánfora para que el anciano repitiese la micción.

— ¿Qué pretendes, que me quite la sed mis meados? Quiero la botella para beber. Tengo sed... ¿en qué coño estás pensando?

—A esto se le llama cuña —le Antonio sin mucho convencimiento, sabiendo que la cuña era otra cosa, sin recordar el nombre del utensilio y utilizando la palabra neutra, que al fin y al cabo sirve para lo mismo.

Una hora después, del anciano con su incipiente alzhéimer, se queda despierto pensando en su olvidada juventud, aunque más recordada que los últimos años:

— ¿Qué sabes de la cuñaaa? —Pregunta ahora a su acompañante, que estaba a punto de quedarse dormido.

—Ahora mismo se la traigo —Le contesta.

-— ¿Está aquí? —preguntó el anciano que ignora si es de día o de noche, dejando descolocado al muchacho.

—Está en el baño, en el cuarto de baño —contesta.

Y rápido marcha al cuarto de baño y con el orinal en forma de ánfora, seguro de que ya no habría nuevas equivocaciones.

—No, hombre, no. Eso es un orinal para meter la minga y mear. Me refiero a mi “cuña”, a la hermana de mi señora esposa, que bien se la hubiese metido cuando era joven, la minga, claro está. Pero ahora, lo que son las cosas sólo me sirve para mear. Sólo puedo meter la minga en orinal, o como dices tú en la cuña...

—Son las cuatro de la mañana, no creo que venga su cuñada a las cuatro la mañana…—Intentó razonar Antonio con el anciano para que procurase dormirse y así poder dormir él también.

    ¡Ay! ¡Ay, mi cuñada! Una noche, a las cuatro la mañana, que me levante a orinar y desde la ventana la vi bañándose, como Dios la trajo al mundo, pero mucho más hermosa y por Dios y por la Virgen, que estuve así —dice juntando el pulgar y el índice, el anciano —, de no bajar y bañarme con ella en pelota picada, así. Sí que le habría metido la minga esa noche, aunque me hubiese costado el divorcio…desperté a mi señora y esa noche, ella pagó las consecuencias…, sólo esa noche...

    Tiene usted unas cosas…—rió Antonio.

    Tenía ella unas cosas —respondió mirando para todos lados —, imagínate y el marido militar en Marruecos. Mujer más desabastecía no la había, más hermosa tampoco.  Desde aquella noche no me la pude quitar de la cabeza. Es la hermana de mi mujer, pero…

Y se quedó mirando al cielo con sonrisa de pícaro, y dio su último suspiro con una impresionante cara de felicidad..  

Al llegar la señora del difunto, acompañado de su hermana, Antonio le dijo que el último suspiro lo había dado después de haber recordado a su señora esposa.

—Me quería tanto… —dijo la buena mujer.

—Y a mí, y a mí —añadió la cuñada.

Y las dos rompieron a llorar, consolándose mutuamente.

Y Antonio intentó imaginarse a aquella venerable señora sesenta años más joven,  bañándose desnuda en una piscina. No lo consiguió.
©Paco Arenas

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