sábado, 7 de mayo de 2016

El desvirgue de Dulcinea




Después de tantos años esperando, podría haberme rechazado de manera avinagrada. Sobradas razones tenía para ello, abandonada como la dejé en un oscuro sótano, entonces, apetecible como ella sola, ya madura y lista para provocar los más excitantes goces y placeres. Brillante hasta en la lúgubre estancia en que la dejé tumbada, esperando besar mis labios, deseando que saborease cada uno de sus aromas, empapando mi paladar con su embriagador sabor.



Hoy la he vuelto a ver, no la recordaba, ni podía imaginar que todavía me esperaba, permanecía impasible mi seguro regreso, con su vestido de los diez mil polvos acumulados sobre su cuerpo brillante, rojo, y a pesar de todo, virgen, con el himen intacto, esperándome.

 He sentido vergüenza, por mi olvido, debería haberla besado, pero después de tanto tiempo, me ha costado hasta cogerla, desconfiando de su fidelidad, de su espera. La he cogido entre mis manos con delicadeza, maldiciendo mi olvido.  La he bañado con la suavidad y delicadeza que se merecía, mientras mis ojos y labios buscaban penetrarla, fundirme con ella.   Ella, paciente esperaba, no obstante, su avinagrado desprecio lo hubiese tenido merecido.

  He ido penetrándola poco a poco, muy suavemente, con miedo a hacerle daño, a romper lo que tanto tiempo esperaba. Cuando su acorchado himen ha desaparecido, mis fosas nasales han aspirado sus aromas y mis labios han saboreado sus fluidos.  

 Me he sentido halagado, de que el tiempo de abandono en mi sótano, en mi vieja bodega, no le haya avinagrado el ánimo, al contrario, lejos de vengarse está dando un placer inmenso, a este viejo canoso, eso que ella es una vieja de veintidós años. Ella la vieja botella de vino Estola Gran Reserva de 1994. Un placer en el paladar.   Seguro que más de uno habla pensado otra cosa.

Durante muchos años tuve un bar en Valencia, el Bar Arenas y al traspasarlo me quedé con todo el vino , hoy he me he bebido la última botella de Estola de 1994, pensaba que no quedaba ninguna, creía que estaba malo, y estaba buenísimo, así que me he imaginado a la botella de Estola de 1994 como si fuese Dulcinea y yo don Quijote.
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