viernes, 20 de mayo de 2016

Reloj, garbanzos y sexo (Cuento manchego)


El hijo, tras finalizar el viaje de novios, llega a casa de sus padres con cara de felicidad deseando hacer partícipe a su padre de su gozo y alegría.

— Padre, el matrimonio es lo más maravilloso que hay. Todo son mimos y cariños durante el día y por la noche hacemos el amor hasta el amanecer o hasta caer rendidos de placer. Entonces cuando los gallos cantan en el corral, nos damos un beso y abrazados dormimos hasta la hora de almorzar, soy tan feliz, padre.

El padre lo mira con los ojos de la experiencia, contento de que su hijo sea un hombre feliz, pero a la vez preocupado.

— Me alegro, hijo mío, de tu felicidad y contento. Los mimos y los cariños irán disminuyendo con el tiempo. En cuanto a hacer el amor hasta el amanecer, en el momento que se te acaben los días de vacaciones que tienes por la boda, tendrás que levantarte para ir a trabajar...

-Quia, padre. Soy joven y fuerte y mi esposa cariñosa y apasionada. Nos amamos y nada en el mundo podrá frenar nuestra pasión y amor...

El padre, bajo la cabeza hacía su chaleco de campesino introduciendo la mano en el bolsillo de la chaqueta, de la cual sacó, estirando de la cadena de plata ennegrecida, su reloj. Lo miró fijamente y al entregárselo a su hijo le replicó:

—Las manecillas de este reloj que ahora te entrego, tal y conforme me lo entregó mi padre, disminuirán la pasión y el amor.  Aunque, tal vez, podría ser que aumentarán el cariño...

—Padre, qué tonterías dice usted, las manecillas del reloj tan delgadas como una aguja...

Entonces el padre se acercó al aparador de la cocina, sacando un tarro de cristal, y después de entregárselo a su hijo, fue a la alhacena y abriendo el saco de garbanzos llenó un talego con dos kilos. Entregándolo igualmente a su hijo.

—Padre, estamos demasiado entretenidos con nuestra felicidad para entretenernos en cocinar un cocido manchego a fuego lento.

—De eso se trata, de dedicar a cada cosa su tiempo y en cada tiempo su cosa y lugar.  Pero, no es para hacer un cocido. Cada vez que hagas el amor con tu mujer, echas un garbanzo del talego en el tarro de cristal. Cuando lo tengas lleno vienes y te diré lo que debes hacer.

El hijo se marchó con el reloj, el tarro y el talego con dos kilos de garbanzos. Siguió a pies juntillas el mandato del padre. Al principio parecía que en unos pocos meses el tarro estaría lleno.  Pronto se dio cuenta que necesitaría al menos un año. Pasado el primer año todavía el tarro estaba más de la mitad, por consiguiente no tendría que esperar al segundo año. Pasados los dos primeros años, aunque a buen ritmo, cada vez parecía quedar más lejos el terminar de llenarlo. El hijo se quejaba, ¿cómo podía ser, que si en seis meses casi lo tenía lleno, en el año más de medio, pasado dos años todavía quedaba tanto para llenarlo? El padre callaba y sonreía. Al llegar el primer día del tercer año, El hijo muy contento se presentó en casa de su padre con el tarro lleno de garbanzos.

—Padre, ya está lleno el tarro de garbanzos. Al principio pensé que lo llenaría en tres meses, después en seis, llegado el primer año, estuve convencido que antes de terminar el segundo año, sin embargo he tardado tres años. Pero al fin lo he conseguido. ¿Ahora qué hago?

—Justo lo contrario. Ahora cada vez que hagas el amor con tu mujer sacas un garbanzo del tarro y lo metes en el talego...

—Más de tres años no he de tardar, soy bue amante y...

Pasados muchos años, con el padre ya anciano, en el lecho de muerte, el hijo lo visitó. En su bolsillo llevaba el viejo reloj y enseñándoselo a su padre le dijo:

—Padre mío, qué grande es tu sabiduría, estas finas agujas están impidiendo que  después de cuarenta años no haya logrado terminar de vaciar el tarro de garbanzos que tarde en llenar tres y creía ser capaz de llenarlo en tres meses.

—¿Pero amas a tu mujer?

—Como el primer día.

—Eso es lo importante. Que el tiempo sea capaz de menguar la pasión y la fuerza, es lo que la naturaleza manda, pero no el amor...

 ©Paco Arenas


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