domingo, 25 de septiembre de 2016

José (Personajes de Benicalap, o que pasaron por el Bar Arenas)



A José, con cariño

De los personajes que pasaron por el Bar Arenas  el más humilde de todos fue sin duda, José. Sí, José, sin apellidos, aunque los tuviese. Todos lo conocíamos como José, nunca nos preocupamos por saber más. La primera vez que lo vi fue cerca del parque de Benicalap, iba casi desnudo y era invierno. La gente se reía de él, nunca nadie se debe burlar de esas personas inocentes. Me produzco tristeza, pero tampoco hice nada por ayudarle, fui casi tan insensible como quienes se reían; aunque supongo que tampoco esperaba o quería la ayuda de nadie, era un espíritu libre.


 José pasaba largas temporadas en el psiquiátrico de Betera, y de vez en cuando lo dejaban a cargo de la familia. Durante las primeras semanas de estar en Benicalap vestía con normalidad y tenía apariencia aseada, mientras que se tomaba las pastillas estaba más o menos bien; sin embargo, pronto escapaba de la disciplina familiar y se convertía en un espíritu libre, sí, libre, mucho más que quienes se mofaban de él.


Nunca después de aquella tarde junto al parque lo volví a ver, hasta que abrimos el bar. Llegó bien vestido y aseado nada más levantar la persiana a las siete de la mañana, no lo reconocí. Me pidió un café con leche y unas magdalenas, y sin que yo le dijese nada, me dijo:

—Llevo dinero para pagar.


Me quedé extrañado. No comprendía el motivo por el cual debía hacerme esa aclaración. Solo a la hora de poner el dinero sobre la barra lo recordé. Puso dos o tres duros, y el café con leche valía más. Le dije que se quedase el dinero, que lo invitaba. Se negó a recoger el dinero. Entonces un cliente que estaba tomando su carajillo me dijo:

—Ya no te lo quitas de encima. Es José.




Me encogí de hombros y ahí quedó la cosa. Efectivamente, continuó yendo muchas mañanas, cada vez más descuidado, hasta que terminaba desapareciendo, para después al cabo de una temporada reaparecer.  Nunca le negué un café con leche y unas magdalenas. Al medio día en ocasiones también iba a comer. Siempre llegaba cuando ya todo el mundo había comido. Pasaba por la puerta y sí veía alguien, continuaba su camino, regresaba después. No necesitaba pedir, le poníamos el plato del día, que siempre quería pagar, y pagaba, aunque fuese un duro o dos.  Un día dejó de ir, como en tantas ocasiones había hecho. Ignoro qué le pasó, se dijo de todo, desde que lo había atropellado un coche al trenet.  Con el tiempo me olvidé de él, y si ayer recordé a Queta Claver, hoy he querido recordar al más humilde de todos cuantos pasaron por el Bar Arenas: a José, con cariño. 
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