martes, 27 de septiembre de 2016

Un “simpa” original en el Bar Arenas, de Benicalap


No fueron muchos los “simpas” que se produjeron en Benicalap, al menos que yo sepa. Podemos presumir, por tanto, que los benicaleros somos gentes honrada, salvo raras excepciones, que también las hay. Por supuesto que teníamos un cuaderno al que llamábamos irónicamente “joyería”, que era donde se apuntaban los pagos de clientes que dejaban la cuenta  pendiente de cobro, por una u otra circunstancia, y que normalmente terminaban pagando.  Pero eso de pedir, almorzar, comer o cenar y marcharse sin pagar, muy rara vez.

No obstante hubo un “simpa” que recordaremos siempre por su originalidad.
Llegó a media mañana un muchacho de aspecto normal, un desconocido cliente que como tantos otros se acomodó en la barra. Estuvo inspeccionando la barra, pidió una cerveza y una ración de sepia, nada extraordinario, por otra parte. Mientras que le ponía mi hermano la ración de sepia, me preguntó a mí por Luis.

— ¿Qué Luis? —Le pregunté yo.

—Joder, Luis, me ha dicho que viene casi todos los días aquí. He quedado con él a las once y ya son las once y cuarto…

—Como no sea el pintor —dijo mi hermano.

—Será Luis, el que vive ahí enfrente que es de Teruel, que le llaman el pintor —apuntó un cliente.

—Sí, claro, es de Teruel, le llaman el pintor. Pero tenía que estar ya aquí, he quedado a las once. Ponme también una tapa de morro y unas bravas, que voy con prisa y si se enfría que se enfrié.  Otro día que venga más pronto.

A la sepia, las bravas y el morro siguieron unos montaditos, todo con sus correspondientes cervezas,  su café y su copa. A todo esto sin cesar de quejarse por la tardanza del tal Luis el pintor.  Hace como que realiza una llamada desde el teléfono de monedas que teníamos en la barra, los móviles no existían.

—El cabrón no me lo coge. Estará a punto de llegar.  Mira, vamos a hacer una cosa, yo le dejo aquí la máquina de gotéele y, que la recoja el después. Yo no puedo esperar más. ¿Dónde la puedo dejar?

Le señalamos un rincón detrás de la puerta, al otro lado de las máquinas tragaperras.

— ¿No se la llevará nadie? Vale más de cuarenta mil duros.

—No, no que va, aquí todo el mundo es gente honrada —o mi hermano o yo le dijimos.

—Sacame la cuenta, que voy al coche a por ella.

A todo esto derramaba cordialidad y campechanía por todos lados, uno de nosotros se puso a hacer la cuenta y otro a servir al resto de los clientes…, también caradura, no lo volvimos a ver. Y por supuesto que Luis, el pintor, que nosotros conocíamos no tenía ni idea de quién podía ser, ni tampoco había quedado con él. pecamos de pardillos.




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