martes, 4 de octubre de 2016

Chupito a chupito, los bomberos en el balcón


Esta es una de esas muchas historias que se contaron en el Bar Arenas que tuvieron lugar en Benicalap. Una historia para recordar.
Fue en aquellos tiempos en los cuales la bebida de crema de güisqui Baileys se puso de moda, sobre todo entre las mujeres, la verdad que por méritos propios, a mí también me gusta; a pesar de no ser yo de muchos licores, tal vez por ello.  Nuestra protagonista, vecina de Benicalap tuvo la suerte de que en su caja navideña, la empresa en la que trabajaba tuvo a bien regalar junto con los típicos turrones, polvorones, cavas y demás, una botella de Baileys. Hasta ahí todo normal, esa botella la recibieron muchas otras personas sin que a ninguna de ellas le sucediese nada de destacar.  Está mujer era y, supongo que seguirá siendo, muy jovial que no precisaba de beber para estar de un humor excelente, y que además no bebía nada de alcohol salvo alguna cerveza cuando salía a comer fuera, que en su casa bebía agua.
La curiosidad es siempre muy mala, pero ella, como nos ha ocurrido a muchos, abrió la caja navideña en el trabajo para ver que había tenido a bien regalar la empresa en la que trabajaba.
— ¿Y esto de Baileys, qué es?
— ¿No lo has probado nunca? —Le preguntó una compañera asombrada.
—Pues no. Yo nunca bebo licores —contestó ella con la natural seguridad de quien dice la verdad.
—Mujer, si esto no es un licor, esto es como el  café con leche; pero mucho más bueno, dónde va a parar. Tú lo metes en la nevera, y después de comer, te lo tomas y verás que bueno que está.
—Es como el café con leche pero con magia apuntó otra, relamiéndose, sino te gusta, aquí estoy yo.  
Así que nuestra benicalera llegó a su casa a las tres de la tarde harta de trabajar, sin ganas de nada, nada más que de dormir, después de haberse levantado a las cinco de la mañana. No obstante, metió la botella de Baileys s en el congelador para probar ese “café con leche” con magia que le habían dicho las compañeras.  Comió sin ganas la comida preparada por la noche y decidió echarse la siesta, pero antes fue al congelador y sacó la botella, llenando medio vaso. Fresquito como estaba, no habiendo hecho efecto, echó otro medio vaso y se puso a descansar en el sofá un rato, para después ponerse a realizar las tareas de la casa. Tuvo la mala idea de dejar la botella allí a su lado, mientras se quedaba dormida.  Puso el televisor para ver la telenovela venezolana que por entonces triunfaba en toda España, Cristal, y que aquel día estaba más interesante que nunca. Estaba tan bueno, y si era como el café con leche le vendría bien para despejarse y realizar las labores hogareñas después de la telenovela. Tareas domésticas que ni el marido ni los hijos participaban mucho en ellas, y no es que ella trabajase menos que él, y los hijos fuesen mancos. La botella, digamos que menguó bastante más de lo deseable en una persona que no está acostumbrada a beber.  Después de ver Cristal, tenía mucho más sueño que al llegar de trabajo, y se tumbó en el sofá un poco amodorra.
Sus hijos llegaron de San Roque a las cinco de la tarde, no llevaban llaves, tampoco las necesitaban, su madre siempre estaba en casa.  Llamaron desde el portero electrónico y nadie respondió.
—Mamá, habrá ido a comprar. Esperaron un poco, volvieron a intentarlo, y con la despreocupación propia de la edad se fueron con sus novias al Bar Arenas a comerse unas patatas bravas.   El marido llegaba a las siete de la tarde de trabajar, tampoco llevaba llaves porque ella siempre lo esperaba en casa. Llamó dos o tres veces, pero su querida esposa no contestó.
—Habrá ido a comprar. Pues nada, aprovecho para ir a tomarme una cerveza al Bar Arenas.
Y en el Bar Arenas se presentó, donde estaban sus dos hijos con sus respectivas novias.
— ¿Qué hacéis aquí? —Preguntó extrañado.
—Mamá que se ha ido a comprar…—contestó uno de ellos
— ¿Cuándo? Saléis del San Roque a las cinco, son las siete y cuarto y,  no está todavía. Un poco raro, ¿no?
Volvieron los tres a la casa a llamar, pero allí no contestaba nadie, por mucho que insistían con sus timbrazos. Regresaron al bar y desde allí, llamaron a la madre de la mujer, que por aquellos días estaba un poco delicada.
—Copón, que a mí que se vaya a cuidar a la madre no me parece mal, pero sabiendo que ni los chiquillos ni yo tenemos llaves…—dijo mientras marcaba los números de teléfono de la suegra.
Sin embargo, desde el otro lado del hilo telefónico obtuvo la inesperada negativa.
—No, mi hija no ha venido. Ayer me dijo que vendría cuando llegasen los chiquillos del instituto. Pero por aquí no ha venido nadie, habrá ido a comprar —dedujo la buena mujer.
—Pues nada, Paco, pon unas cervezas, unas bravas, una sepia  a la plancha, mientras esperamos —pidió el marido encogiéndose de hombros “resignado”.
—Pon también unos zarajos —añadió uno de los hijos.
A las ocho y media, satisfechos que estaban, el padre mandó al hijo pequeño a ver si su querida esposa estaba ya en casa. Cuando regreso su hijo con la negativa, dijo:
—  Copón, se habrá puesto de “charreta” y se ha olvidado que tiene hijos y marido. En fin, ponnos otras cervezas y una de salpicón, también unos montaditos y ya cenamos.
A las nueve y media, siendo que era invierno, ya no podía estar comprando. Mando ahora el padre a otro de los hijos, que volvió sin resultados.  Entonces el padre, sacó las conclusiones que debería haber sacado antes.
—A esta mujer le ha pasado algo.
Regresaron todos, dando voces, subiendo escaleras arriba y aporreando la puerta, poniendo el oído en la puerta y escuchando el sonsonete del televisor en marcha, pero ella sin contestar. Entonces alarmados, poniéndose en lo peor, llamaron a los bomberos.
Marieta, que ese nombre le daremos, despertó a las once de la noche, cuando unas parpadeantes luces entraban desde la calle y un golpe seco rompió el cristal del balcón.  Se levantó adormilada sin saber bien dónde estaba ni en qué lugar esconderse. Entonces vió a aquel hombre con escafandra de bombero con el hacha en la mano. Gritó pensando ser víctima de una película de terror y corrió huyendo en dirección contraria al balcón, abriendo la puerta y chocando frente a frente con su marido que la cogió con los brazos abiertos.   

—Una y no más —  comentaría días después. Y así fue, se aficionó al Baileys; pero solo una gotilla en el café con leche. Eso sí, desde ese día todos los habitantes de la casa, menos el gato, salían por la puerta con las llaves en el bolsillo.

Así pasó y así lo cuento, con algunas licencias literarias.



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