domingo, 6 de noviembre de 2016

Añoranzas y pucheros a fuego lento.



No son mis padres los de la foto. Es una foto robada en Facebook, pero es la imagen de tantos que, como mis padres, vuestros padres, nuestros abuelos, vuestros abuelos. Se sentaban cara a la lumbre, asaban castañas, si las había, setas, o simplemente removían las cenizas buscando las últimas ascuas para aguantar la noche sin tener que echar otro ceporro...

—Deja la mecedora para el abuelo.

Porque los mejores sitios se dejaban para nuestros abuelos.

La comida se cocinaba a fuego lento en pucheros, sartenes u ollas, sobre trébedes o directamente en el suelo, arrimando las ascuas o algún sarmiento. El silencio se escuchaba en aquellas noches de penumbra a la luz del candil, cuando los ojos quedaban fijos en las llamas que iniciaban su andadura por el último ceporro.  Los huevos tenían otro sabor en ese aceite de alta graduación, sin refinar y que al enfriarse se podía cortar, con una textura parecida a la de la miel de ahora; porque esa es otra historia, la miel se ponía como una piedra cristalina y en no pocas ocasiones pretendías golosinear y doblabas la cucharilla antes que arrancar una pizca de miel.  los potajes sabían a cielo y se vaciaban en una fuente en medio de la mesa, a los más pequeños nos echaban aparte, ya estábamos bastante delgados. Y no es que los mayores estuviesen gordos.  Sin embargo, tampoco sobraba mucho y quien metía la cuchara primero metía dos veces.

—Padre, que Manuel ha cogido dos tajadas y yo ninguna…—protestaba alguien.

—Otra vez andas más espabilado —reía quien se había comido las dos tajadas y amenazaba con ira a por otra.

—Pero si están las patatas más buenas que la liebre…—añadía otro.

—Sí, hombre, por eso tú te comes primero las tajadas…—replicaba el primero.

—Anda, callad y comer. Luis ten una tajada, además de la pata. Y el que meta la cuchara fuera de su rodal, le arreo —zanjaba la cuestión el padre, enseñando la correa.

Mientras los chiquillos, cada uno en nuestro plato, comíamos ajenos a esas tertulias propias de tiempos de supervivencia de postguerra. No nos castigaban sin postre, porque muchos días no había postre. Así que cuando caía un plátano en nuestras manos, no mirábamos si tenía pupas o no, como ocurre ahora. Como críos jugábamos y reíamos en la mesa, y siempre alguien decía:
—En la mesa no se habla.

Pero en la mesa se hablaba y mucho, antes y después.  Se hablaba de todo, siempre había una historia que contar en esas largas noches de invierno a la luz de la única una bombilla de 125 voltios, el candil, y ocasiones tan solo las llamas de la lumbre, calentándonos por delante, hasta quemarnos, quedándose las espaldas heladas. Recuerdo que entonces arrancaba mi padre a contar historias, que no siempre sacaba de su imaginación, las más de las veces provocando nuestras risas. Otras noches necesitaba desahogarse y comenzaba esas historias que dolían en el alma. Entonces mi madre lo miraba:

—Hay ropa tendida.

Y yo miraba para todos lados buscando esa ropa tendida, cuando la tenía debajo de mi flequillo.  Muchos años después, esas historias me las contaba mi madre.
Otras noches llegaban los amigos de mi padre a escuchar la radio, cabeza con cabeza, y la ropa tendida mirando desde la cama sin entender que hacían cuatro hombres con las cabezas juntas escuchando una radio mal sintonizada.

Otra de esas cosas que me emocionaban era hacer palomitas en la sartén, que se convertía en una auténtica fiesta de luz y sonido. Eran tantas las cosas que se hacían a fuego lento. El aceite se freía antes de utilizarlo para las comidas, aprovechando para freír picatostes, largas rebanadas de pan, a las cuales nuestras madres les echaban un buen chorreón de vino y azúcar y disfrutábamos como el mejor de los manjares, meriendas alegres, porque el vino formaba parte de nuestra dieta infantil. Algunas de esas cenas eran de chorizos que se metían en papel de estraza y se enterraban en la ceniza, así como las patatas…

A fuego lento, pero con alegría, en tiempos de matanza se colocaban impresionantes calderas para cocer la cebolla, sartenes con aceite de oliva virgen para freír los chorizos, las morcillas, que antes se habían secado, las morcillas cerca del humo, y los chorizos no muy largo…

No había tele, ni falta que había, sólo conversación y recuerdos compartidos. Cuando se estaba frente a la lumbre tampoco había prisa, se colocaba el puchero para que se fuese haciendo la comida a fuego lento, con pocos ingredientes, a veces, y otras, en épocas de matanza, hasta el caldo se podía cortar.

Poco a poco, esas imágenes han ido desapareciendo, ahora no se mira la lumbre, no se escucha el crepitar de las llamas, no se escuchan a las personas tienes al lado, no se mira la gente a los ojos, casi ni se escucha la radio.  Se escucha la monserga de la telebasura, que si fulano se ha acostado con fulana y fulana con zutano. Sabemos la vida de Belén Esteban, más que de nuestros hermanos o de nuestra vecina o vecino de cama…

Sí, eran tiempos diferentes, hasta los viejos, llamados eufemísticamente, "nuestros mayores", recibían nuestro cariño hasta el último momento en su cama, a nuestro lado...

©Paco Arenas

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