domingo, 20 de noviembre de 2016

Las mujeres campesinas de La Mancha, de Castilla (Fotografías antiguas)

Segadora (Gonzalo) Bilbao 1921


A ellas.
Las mujeres campesinas de Castilla, de La Mancha, son las mujeres de mi familia. Mi mundo infantil estuvo rodeado de aquellas mujeres campesinas que formaban mi familia. Las mujeres de mi familia, al igual que el resto de las mujeres campesinas, eran mujeres luchadoras y hacendosas, que incluso cuando se paraban a cascar (hablar) estaban haciendo algo, zurciendo algún pantalón, unos calcetines, tejiendo aquellos calcetines de lana o de algodón duro o lona, que servían de complemento a la abarcas campesinas, haciendo un jersey, una bufanda. En ellas la faena de no se paraba por muy interesante que fuese la casquera. No recuerdo ningún instante en que aquellas reuniones a la sombra del bombo de la Divina Pastora, estuviese alguna mano sobre mano.

Hecho la mirada atrás y las veo preparando la comida junto a la lumbre, atizando las ascuas para colocar el puchero, preparando la matanza, picando la carne del cerdo, limpiando las tripas, haciendo los chorizos, preparando la cebollas para las morcillas, preparando la comida para marchar al campo…


Veo a aquellas mujeres, subidas al carro, tapadas hasta los ojos para ir a coger la aceituna, a segar, a vendimiar, a la par de los hombres. No eran menos que los hombres ni permitían serlo, tal vez no tenían la fuerza que ellos, pero en destreza les ganaban. Recuerdo a mi hermana Felipa, ningún hombre que se puso al lado de ella le vi coger la aceituna con tanta destreza, a pesar de que su lengua no paraba un instante, heredera directa de mi padre en gracia, sus chistes y ocurrencias hacían que hasta un trabajo tan duro como era la recogida de la aceituna, la vendimia y la plantación de ajos, fuesen instantes agradables.
Veo a las mujeres de La Mancha preparar la masa para hacer magdalenas, mantecados, galletas e incluso el pan para llevarlo al horno del callejón de la calle Nueva. Las puedo ver amasar con maestría aquellos panes redondos que se depositaban en el escriño para guardarlos en la alacena y que debía de durar los quince días que permanecía el horno cerrado.
Cuando las lavadoras no existían y se debía lavar a mano en artesas de madera o iban al arroyo a lavar, con aquella agua fría que cortaba las manos encallecidas de aquellas fuertes mujeres, hechas  al duro trabajo del campo, al sufrimiento y la lucha cotidiana de sol a sol y de propina no paraban ni a la luz del candil.

Cosiendo al sol, escuchando la radio o en entretenida conversación, sin que los labios entorpeciesen la labor de las manos, que agiles  tejían un jersey o una bufanda, zurcían unos calcetines o echaban remiendo a unos pantalones.
Mujeres zurciendo al sol.

Las veo yendo a la fuente con los cántaros, recuerdo una vecina que era capaz de llevar un cántaro en cada costado y un tercero en la cabeza. Las veo lavando a mano, en la artesa, preparando el jabón con sosa cáustica y aceite, fregando aquellos suelos rojizos de baldosas de barro, de rodillas, tal vez esa mujer manchega, castellana de pura cepa, tan solo se ponía de rodillas para fregar, o las creyentes, que no era el caso de mi madre, para rezar.
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