jueves, 15 de diciembre de 2016

Los nueve meses antes de nacer yo


Llegué al mundo en una casa llena de seres vivos, multitud de seres vivos, solo de personas ya eran nueve. Nueve meses antes mis padres, Fermín Martínez (Fermín Arenas) y Vicenta López (La Ciriaca) no se les pasaba por la cabeza tener más chiquillos, mi padre con 51 años y mi madre con 47 ya habían tenido siete vástagos, yo por tanto sería el octavo de una larga lista de hijos que habían nacido del matrimonio, y el cuarto que nació en aquella casa del Mirador de la Divina Pastora. Algunos diréis que no salen las cuentas, y es verdad, soy muy malo en matemáticas, pero en este caso falta Magdalena, una hermana que no conocí y que murió por culpa de una guerra.  La casa donde nacieron mis primeros hermanos,  fue en la casa que todavía conservamos el solar, en la calle Cantarranas, al igual que la de la Divina Pastora, con cueva.  En aquel último año de los cincuenta, al menos dos de mis hermanas tenían novio formal, Dolores, a punto de cumplir los 26 años, tenía ya fecha prevista para la boda, con su novio de toda la vida, Victorio Navarro. Felipa tres años menor, entremedias hubiese estado Magdalena, también tenía novio desde la adolescencia, José Melero. Inocenta, todavía no se había ennoviado, pero poco faltaba para hacerlo con Patricio López.

 Mi hermano Fermín andaría todavía con enfado por el encuentro que tuvieron con la Guardia Civil de Santa María del Campo Rus:

 Mi padre tenía parte de un monte, que todavía conservamos, La Montesina, y se dedicaba a vender leña en Santa María y otros pueblos. Aquel día le llevaban leña al boticario y la Guardia Civil les dio el alto, multándoles con diez duros y condenándoles a llevar la leña al cuartelillo. La razón esgrimida por los guardias, que para ir por la carretera con la galera era preciso ir andando con las riendas cogidas delante, para que no se espantasen las mulas. La razón real, que aquellos guardias eran unos ladrones y algunas cosas más, como más adelante veremos. Llevaron la leña al cuartelillo y pagaron la multa de diez duros, más que valía la carga de leña. Claro, tenían que llevar la leña al boticario de Santa María, y eso pretendieron hacer.  Cargaron la leña en la galera, y mi padre, el pobre hombre, desde Pinarejo hasta Santa María, andando delante de las mulas con las riendas cogidas.  Antes de llegar a Santa María, de nuevo les dio el alto la Guardia Civil, y de nuevo les volvieron a multar, la razón esgrimida, que iba andando delante de las mulas, cuando en realidad debería ir subido en el pescante, justo lo contrario que la vez anterior.  Mi hermano protestó, y además de tener que pagar el doble de la multa, cien pesetas, o veinte duros, por protestar, él cobro. Aparte de la multa, también, tuvieron que dejar la leña en el cuartelillo de balde, o gratis. Así, que aquellos ladrones, le robaron a mi padre treinta duros más el importe de las cargas de leña.  Eso, mi hermano lo tuvo siempre muy presente, y novelado aparece en Magdalenas sin azúcar.

Del resto de mis hermanos, Mariana era todavía una chiquilla de trece años y Julián cumpliría poco antes de nacer yo los diez años. Lo dicho, lo que menos esperaban y deseaban mis padres y hermanos era tener otro hijo o hermano.  Además, llevaban años sin preocuparse por tomar medidas anticonceptivas, pienso que nunca las tomaron, y diez años de sequía les hizo creer que el río de la fertilidad estaba seco.  Alguno pensará que, con tanta gente en la casa, tampoco tendrían mucha ocasión; sin embargo, no debemos olvidar que la casa de Cantarranas, seguían teniéndola en propiedad, y a ella, como furtivos, iban a la menor oportunidad, con cualquier excusa o razón. Curiosamente coincide el cumpleaños de mi padre, que cumplía los años el ocho de marzo, se ve que, aquel año de preparativos de boda se emocionaron más de la cuenta y nueve meses después nací yo.

El problema estuvo cuando debieron comunicar a mis hermanos que mi madre estaba embarazada.

—Pues como sea otra chiquilla no la voy a querer —dijo mi hermana Felipa, que siendo la que mejor carácter tenía, no le hacía mucha gracia, que estando en edad de casarse, su madre, o sea, la mía, estuviera embarazada.  

—Entonces… ¿Qué hacemos con la boda? Que voy a cumplir veintiséis años y ya tenemos todo listo… —protestó Dolores.

—Rece usted porque tenga colilla, sino no lo vamos a querer —dijo mi hermana Inocenta, sin tener en cuenta que mi madre no sabía rezar.

—Yo quiero que sea chiquillo —agregó mi hermana Mariana.

Mi madre, lidió con las hijas, mientras que mi padre, se sentía el hombre más dichoso del mundo, ante tantas enhorabuenas que recibía.  Una boca más, pero a él le encantaban los chiquillos, disfrutaba lo indecible jugando con ellos, así que cuando llegué yo fue todo alegría, porque además nací con colilla. Fue a las ocho de la mañana de un día impreciso del mes de diciembre, unos dicen que el 16 y otros que el 17, en el Ayuntamiento me inscribieron como que nací el 16 y en la Iglesia que nací el 17.  Fui bautizado el veintiocho de diciembre de 1959, un cuarto de hora antes de la boda de mi hermana Dolores, y mi madrina fue mi hermana Inocenta, que aquel día cumplía dieciocho años.  Me llamaron Paco, que no Francisco, en honor a mi tía Francisca, fallecida pocos meses antes. No fui nunca Francisco, por deseo expreso de mi madre, no podía llamarme como el dictador; aunque algo de polémica hubo al respecto. 

—¿Cómo se va a llamar el chiquillo? —Preguntó el cura.

—Paco —contestó mi madre con decisión.  

—Francisco, yo te bautizo en el nombre del padre, del hijo… —comenzó el cura.

Y aquel chiquillo comenzó a llorar como un descosido. Mi hermana Dolores estaba impaciente y veía que se retrasaba la boda.

—¡Ea!, ahora le da por llorar.

Al final me consolaron con la sal que le daban entonces a los recién nacidos a la hora de bautizarlos, lo raro es que yo haya salido tan soso, porque la sal me la comí. Y solo fui Francisco en boca del cura y para los papeles oficiales, y todavía hoy, cuando preguntan por Francisco, dudo si se dirigen a mí, porque como me dijo mi hermana Dolores:

—Tú eres Paco de nacimiento.


Y además, fui el único que heredó el apodo de mi padre, del cual me siento orgulloso, tanto como de mi madre,  y de mis orígenes campesinos, manchegos y castellanos. 
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