domingo, 20 de agosto de 2017

Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre)


Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre) será una recopilación de varios relatos rescatados  de la rica tradición oral castellana  y manchega, a los cuales he dado forma y añadido algunos de mi propia cosecha.  


Mis padres, vuestros padres, nuestros abuelos, vuestros abuelos. Se sentaban cara a la lumbre, asaban castañas, si las había, setas, o simplemente removían las cenizas buscando las últimas ascuas para aguantar la noche sin tener que echar otro ceporro. Y al calor de la lumbre nos contaban historias y relatos, unas veces propios de una rica tradición oral, otras improvisados sacados de su imaginación.
Mi madre, como muchas mujeres manchegas, llenaba bolsas de tela, “taleguillas” con espliego, una especie de ambientadores naturales, apenas perceptibles pero que estaban por todas partes y cuando los tocaban desprendían un agradable aroma a lo auténtico, y que a todos nos gustaba. Mientras que el azafrán, el oro de la Mancha, era la esencia que se percibía en cada uno de sus guisos, pero al igual que el espliego, tenía un significado simbólico que con el tiempo se ha perdido. No voy a revelar aquí, en el prólogo, el significado de esas dos plantas, de esas flores, que simbolizaron tanto para muchas de las gentes del sur de Castilla.
La narración oral de aquellos hombres imaginativos, analfabetos, pero con gran memoria y cultura popular fue esencial en los tiempos oscuros de la posguerra, añadiendo a las viejas narraciones milenarias, nuevos relatos cargados de humor y gracia que llenaron las largas noches de invierno al calor y la luz de la lumbre.   Esa tradición para la narración la heredó con gran gracia mi hermana Felipa, que terminaría siendo la “hermosamia”, al casarse en segundas nupcias con Isidro Jiménez, “Trequelates” de apodo familiar pero más conocido como “Hermosomío”.  Al morir mi hermana muchas de esas historias que contaba mi padre, se perdieron para siempre, aunque es una de las protagonistas de mi novela, Los manuscritos de Teresa Panza.

Me parece estar viendo a mi padre y a sus amigos sentados en torno a la mesa, o frente a la lumbre, según la época del año, con un porrón de vino y unas aceitunas cornicabras curadas en sosa. Solían ser tres, en ocasiones cuatro, dependiendo si se juntaban para hablar de tontunas y tomar un poco de vino o para escuchar después Radio España Independiente “La Pirenaica”. En esto el número era más que importante, y los relatos cambiaban. Cuando eran tres, eran amigos y a la vez camaradas: Joaquín Osa López “El Cojo”, Julián Romero “El rojo de Soplaeras” y Fermín Martínez Vieco “Fermín Arenas”. Los tres tenían excelente sentido del humor, y en el caso del primero era un excelente narrador de cuentos de terror. No puedo decir que recuerde de manera fehaciente esas reuniones, más bien son recuerdos difuminados que fueron tomando forma gracias a mi madre. Sus relatos eran picantes con cierto tono de amargura y bastante de rebeldía ante la injusticia, eran relatos que criticaban con humor y sin piedad a los vencedores de la guerra, sus víctimas solían ser miembros de la Iglesia, de la Guardia Civil, ricos y beatas.  En algunas ocasiones eran cuatro o más, en ese caso,  esos relatos eran con la “lengua mordida” o con “ropa tendida”, sin que por ello fuésemos los niños esa ropa tendida, sino alguno de los compañeros de tertulia,  campesinos como ellos, pero católicos de derechas y que había luchado en el bando franquista, a pesar de amigos. Todos tenían en común que eran excelentes narradores, capaces  de narrar poemas aprendidos en el frente de batalla, de inventarse historias, narrar relatos o cuentos de la larga tradición oral manchega, casi siempre con ese sentido del humor tan manchego del sur de Castilla. Por último, recuerdo mi a mi hermana Felipa, la mensajera de los dichos y refranes que contaba mi padre, su heredera en ingenio y gracia. Una de sus frases, al comenzar una historia, dicho, refrán o incluso poema, era: “Como contaba padre.” 

martes, 1 de agosto de 2017

José Luis Coll, el precio de las cervezas y el precio de los libros



Recuerdo a mi paisano, el gran humorista José Luis Coll, decir que los taberneros éramos un poco o bastante tontos.  Porque nos quejábamos de las muchas horas que estábamos detrás de la barra para ganarnos el jornal diario.



Es Muy fácil, decía, cobran por cada cerveza diez duros (50 pesetas, equivalente a 30 céntimos de euro) ¿Cuántas cervezas necesitan vender para ganarse el jornal? Un montón. Lo ideal, cada cerveza a cincuenta mil duros. Van a vender pocas, pero con una que vendan al día, ya han sacado el jornal del mes.  Eso les ha debido pasar a los de Amazon.es, han puesto mi libro caricias rotas a 43€, treinta euros más de la cuenta, su precio habitual es de 13€. Ya se venden pocos libros, pero a ese precio, si me dan la comisión correspondiente, como el tabernero del chiste de José Luis Coll, terminaría sacándome el sueldo.  Sobre todo, si vendo los que he vendido durante el mes julio, que Caricias rotas, ha batido récords de venta en versión física de papel, gracias en parte a la oferta realizada durante 13 días. Hoy me he llevado la sorpresa de que el precio de venta lo ha puesto Amazon a 43€, ya he reclamado, supongo que será cuestión de minutos o de horas, mientras tanto si a alguien le apetece comprarlo que miré bien el precio.
Esperar a que tenga su precio normal, o si tenéis oportunidad comprarlo o encargarlo en una librería, no os cobraran más de los 13€ reglamentarios.

Librería El Tintero: San Clemente (Cuenca) 969 301 402
Librería Clarión: Valencia 963 55 68 10
Librería Latitud Sur: Valencia 692 4147 96
Librería Sambori: Paterna (Valencia) 96 138 29 41

Podéis reíros conmigo y comprobar cuan alto valora Amazon el valor de mis libros, pero no seáis tontos, NO LO COMPRÉIS, mientras esté a ese precio.


Paco Arenas

Caricias rotas a 43 euros
                              

miércoles, 26 de julio de 2017

Bib-Rambla (El silencio habitado de las casas) Reseña


En Bib-Rambla, Antonio Andújar deja entrever su fascinación por el mundo árabe, que se manifiesta de manera clara en su segunda novela, "La vida partida en dos", y sobre todo en la tercera. "Estrellas y cedros sobre fondo blanco" 

Bib-Rambla El silencio habitado de las casas, la novela de Antonio Andújar Castro es sin lugar a duda es una de las novelas que más me han atrapado, de cuantas he leído en los últimos años.  Siento envidia, que nunca es sana, de cómo trabaja el autor los personajes, sobre todo los femeninos, dejando ver su profesión, psicólogo. Los retratos psíquicos de Raquel y Estela resultan insuperables. Cualquiera podría pensar que no adentramos en una novela complicada de leer, cargada de tics profesionales y complicados, al contrario, ahí está la destreza del escritor para contraponerse a la profesionalidad del profesional.
La novela resulta ágil y amena, a pesar de sus casi seiscientas páginas, atrapando desde el principio en una historia narrada en tiempos y lugares diferentes manteniendo la tensión y emoción hasta el final, haciéndonos viajar y pasear por las calles de Granada a través de los laberintos emocionales de sus protagonistas.
Muchas gracias Antonio por esta novela, que al igual que La vida partida en dos, me ha hecho vibrar como lector.
Espero volver a verte pronto. Quizás el próximo mes de septiembre en Bib-Rambla, o tal vez por las calles del barrio del Carmen de Valencia.


Paco Arenas 

jueves, 20 de julio de 2017

El viejo, el nieto y el borrico

Este cuento, es universal, pero a mí me lo contaban de pequeño, y yo lo he readaptado a mi estilo manchego.  

En los tiempos de María Castaña un abuelo decidió llevar a su nieto de diez años a la feria de Belmonte, como iban los dos solos, decidieron irse con un viejo borrico que tenía el anciano, no era cuestión de llevar dos mulas y un carro, que el trabajo da hambre y la comida no sobraba ni para las mulas. Al llegar a Villar de la Encina, el borrico llevaba la lengua de fuera. El anciano sacó la conclusión que era mucho peso para el pobre animal, así que, por aligerar la carga al borrico, el viejo decidió ir andando, dejando al chiquillo subido en el pollino.  Como era verano y tenían sed, se acercaron al pozo para dar de beber agua al borrico y de paso beber ellos. Entonces escucharon cuchichear a un grupo de gentes que allí se encontraban:
—Tendrá poca vergüenza el chiquillo, que tiene todos los hijos dentro del cuerpo y va montado en el borrico, mientras que el pobre viejo, que tendrá las piernas desechas por la artrosis, le toca ir andando. Poca vergüenza hay que tener.
— El mundo está perdido, ya no se respetan las canas, un par de guantazos es lo que necesita el criajo ese… —Aseveraba un segundo.
El abuelo, que se encontraba cansado pensó que los comentarios eran razonables. Así que al iniciar de nuevo el camino decidió que fuese su nieto andando y el caballero en el asno. En estas llegaron a Villaescusa de Haro, cruzándose con una pareja de muleros que regresaban de Belmonte después de haber vendido y comprado mulas en la feria.  Como es habitual en la Mancha, al cruzarse con ellos se saludaron a pesar de no conocerse.
— Vaya con Dios, hermano.[1]¿Va cómodo usted?
— No voy mal, esa es la verdad —respondió el abuelo.
— Pues nada, a la feria…
Apenas se alejaron de ellos unos pasos, el abuelo escuchó cuchicheos entre los muleros, en esta ocasión contra su persona.
—Mira el sinvergüenza del viejo, con lo fuerte que parece, y lleva a la criatura andando, con lo delgaducho que esta, pobrecillo. ¿Qué pensaría la madre si lo viese? —Dijo uno.
— Como si no pudiesen ir montados los dos en el borrico.
El abuelo se dio cuenta de que, en efecto, el borrico podría bien aguantar el peso de los dos. Miró a su nieto y vio que el pobre se veía fatigado por el cansancio y el calor, y caminaba arrastrando los pies y con las manos colgando. Así que continuaron hasta Belmonte los dos subidos en el borrico.   A una legua de Belmonte se cruzaron con unos cabreros que habían parado a la sombra de uno pinos junto al camino para ordeñar a las cabras, a los cuales también saludaron.   Les echaron el alto, y se acercaron con un cubo que tenía un poco de leche, pensaron que sería para el chiquillo que se relamía de pensarlo, pero los cabreros se la acercaron al borrico, que en un abrir y cerrar de ojos, de dos lengüetazos se la sorbió.
— Pobre animal, ¿nos les da vergüenza? Los dos subidos en el borrico, con la calina que está cayendo, pobrecico. Lo van a reventar, esto solo pasa en España, no hay miramiento por los pobres animales…
Todavía fueron a por más leche, que también dieron al borrico, el cual se tomó la leche ante la envidia del chiquillo. Nieto y el abuelo, avergonzados, bajaron del borrico y continuaron los tres andando hasta Belmonte, uno al lado del otro. Entrando en Belmonte se encontraron con unos Pinarejeros que volvían de regreso. También se pararon a saludarlos, hablaron de la feria y de lo que en ella había, y al despedirse, el abuelo y el nieto escucharon de nuevo cuchicheos los paisanos.
—Siempre he dicho que a Zacarias le falta un verano, y eso que tiene muchos. Será corto, que vienen andando desde el pueblo, teniendo un borrico al que subir —dijo uno.
—Desde luego, con lo viejo que está, si por lo menos subiese él, el chiquillo al fin y al cabo tiene buenas piernas —respondió otro.
—Para eso que suba el chiquillo, que está en los huesecitos, pobrecico mío.  Sentenció un tercero.
— Como si no pudiesen ir los dos montados —añadió un cuarto.
— Pobre animal, mejor que vayan andando —agrego el quinto.

Moraleja: Nunca pretendamos complacer a todos, siempre habrá quien nos critique cuando hayamos decidido hacer algo de algún modo o forma, si vamos modificando nuestras decisiones siguiendo la opinión de cada uno que nos encontremos, no llegaremos a ninguna parte, ni a la feria de Belmonte, ni a la de Albacete. No cometamos los errores de los demás, somos autosuficientes para ser capaces de cometer los propios.





[1] En algunas partes de La Mancha, a las personas mayores les llamamos hermanos.

©Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre)
©Paco Arenas :Adaptación "El viejo, el nieto y el borrico"

martes, 11 de julio de 2017

Jornadas manriqueñas de Posada Real de Santa María, uno de los días más emotivos de mi vida

Paz Risueño (Participación Rural Viva) Mi Dulcinea favorita.
Hace dos años justos, durante unas horas viví uno de los momentos más intensos de mi vida, fue mi primera presentación en mi tierra, a cinco kilómetros de Pinarejo, en Santa María del Campo Rus.
Momentos que no hubiesen sido posible si mi Dulcinea favorita, Paz Risueño y la organización cultural que sabiamente dirige: Participación Rural Viva.

 Mi librera favorita, Carmen Herrera, (Librería El Tintero de San Clemente) la más simpática dispensadora de libros de todo el sur de Castilla, y de la Mancha entera, la Pitu, Carmen Herrera.


El patrocinador del evento fue Julián García, el mesonero mayor de Castilla, y el posadero más atrevido de la Mancha, capaz de ir a tierras valencianas y ganar por dos veces el primer premio a la mejor paella valenciana, Julián García García, que es además de excelente cocinero, mesonero, activista cultural, organizador de eventos culturales, como las Jornadas Manriqueña, que ya va por su tercera edición, yo tuve el honor de participar en la primera, ni más ni menos que en La Posada Real de Santa María, para quien se le haya escapado, donde se come la mejor paella de España.

Ese día también conocí a personas que me llegaron al alma, y que tengo el honor de conservar su amistad, como por ejemplo, mi amigo José Manuel Parreño Collado, una de las personas más admirables y generosas que puedes encontrar en esta vida. Recuerdo A Mariano Navarro Rubio, a Jesus Melero Cana, Polín Gómez, María Dolores, a doña Maruja, mi primera maestra, a su hija, Angus Carretero Martínez, a Julián Brox.  A aquellos tres concejales del ayuntamiento de San Clemente, que soy incapaz de recordar, aunque creo que una de ellas era Charo Sevillano, también un chaval joven, y que me perdonen mi mala memoria.

No olvidaré a aquellas dos bellas muchachas universitarias, que, ante la duda, no digo su nombre, que se acercaron con sus libros en la mano y me hicieron por primera vez, una de las dos preguntas que después me han hecho muchas personas.  Me preguntaron por el Vicerrector de la Facultad de Filología, grado de Lengua y Literatura Castellana de Cuenca:

—Estudiamos en Cuenca, y tenemos una duda. ¿En realidad quién es el Vicerrector que sale en el libro?

Me quedé dudando, era la primera vez me preguntaban eso, ante mi turbación por lo inesperado de la pregunta, insistieron:

—Lo hemos buscado en internet, hemos preguntado a compañeros, y nadie conoce a ningún profesor con ese nombre…

Debo decir que en la primera y en la segunda edición el Vicerrector tenía nombre, duendes que siempre hay, en la cuarta volverá a tenerlo, porque además el nombre da juego, sin duda, en la cuarta volverá a tenerlo, el nombre era don Bartolomé López Quesada. Para quienes han leído la novela saben de la mucha importancia del segundo apellido.


Tampoco puedo, ni debo olvidar a mi hermana, mi cuñado y sobrina, y a todos mis paisanos que allí acudieron.  Y que fue la primera vez que salía en un periódico de mi tierra.




jueves, 6 de julio de 2017

Venus y el despertar de los dormidos e indiferentes (una reflexión mitológica)


Marte desarmado por Venus y las Gracias es una pintura de Jacques-Louis David, 
Cuenta una leyenda romana que Cloacina, más conocida como Venus, se bañaba junto con las tres Gracias en la Cloaca Máxima de Roma, cerca de fuente Acidalia de Orcómeno, con lo cual aguas mayores y menores eran purificadas gracias su presencia, las cuales eran transformadas en el agua más cristalina y pura del mundo antiguo. A la vez, Venus, con la ayuda de las Gracias y Cupido, despertaba a los ciudadanos el deseo del goce sexual, pero también el ansia por el saber, para a través del conocimiento y el placer supiesen llegar a ser ciudadanos libres, prósperos y felices, capaces de no sentir indiferencia ante cuanto ocurriese a su alrededor, ya que Venus con la ayuda de las tres gracias y Cupido concedían y encendían en sus fieles tanto el amor físico como a todos los seres de la naturaleza. Venus y sus seguidores conocían la importancia del saber para así librar al mundo entero de las tiranías y las guerras a través de la sabiduría y la palabra, algo a lo que se oponía el dios Marte, dios de la guerra y protector de los tiranos.

Gobernaba entonces Roma un tirano de nombre desconocido, pues Venus decidió que los tiranos debían ser olvidados de la memoria de la historia. El tirano en cuestión, inspirado por Marte, era conocedor del miedo que inspiraba su presencia, y que cuanto mayor fuese el miedo de los romanos, mayor sería su poder, así que por las noches mandaba que las arpías[1] entrasen en las casas y se llevaba a capricho a todos aquellos que necesitasen para alimentar los descendientes de Ortos[2] y Cerbero[3].  El pueblo de Roma era consciente de que estaba gobernado por un cruel tirano, pero sentía un pavor impresionante a las arpías y a los descendientes de Ortos y Cerbero, lo cual les inmovilizaba.

Venus, a pesar de todo, no quiso dejar abandonada a Roma. Fue por lo que fueron a la ciudad y se metieron en la Cloaca Máxima, donde las arpías tenían también su residencia. Sin embargo, el poder de Venus era superior al de arpías y perros, pero necesitaba la ayuda de los romanos, que como sumisos súbditos permanecían dormidos e indiferentes mientras que no les tocase a ellos.  A los dormidos les molestaba la música de las risas de Venus y las Gracias, rompían las flechas de Cupido, abominaban del conocimiento, del compromiso y la verdad, querían continuar dormidos; aunque dormir fuese una pesadilla. No querían despertar porque sabían que cada día echarían en falta alguno de sus seres queridos, por haberlos secuestrado las arpías y habérselos comido los perros del tirano. Eran conscientes de que servían de alimento para los perros y bestias, también, de que sus posesiones, una vez devorados, pasaban directamente al rey de Roma.  Algunos recordaban el pavor que les produzco el primer desaparecido, el segundo también les alarmó, con el tercero, incluso, algunos se preguntaron: ¿Cuándo terminará este suplicio?

Con el tiempo las bestias del tirano eran más fuertes y numerosas, y ya no se conformaban con secuestrar a los dormidos, sino que los devoraban directamente en su cama. De nuevo, se alarmaron al abrir los ojos y ver como las bestias devoraban al primero de sus hijos, más cuando después vieron como las arpías traían con ellas buitres, alados como ellas, y dejaban los huesos de sus familiares mondos y lirondos, comiéndose las vísceras ante sus entornados ojos, que abrían para que no se diesen cuenta los sicarios y bestias del tirano y no se los comiesen a ellos, como si después del primero, no fuese el segundo y el tercero. Algunos se rebelaron, seducidos por Venus y las tres Gracias, heridos por Cupido.

 “Esto no se puede tolerar” —gritaban.

Pero fueron muy pocos y de inmediato fueron masacrados y devorados ante los ojos entreabiertos de los dormidos, que nada hicieron por levantarse contra el tirano, a pesar de que, al ser tantos, lo habrían destronado y vencido a las bestias. A pesar también, de que era seguro que terminarían también siendo devorados o esclavizados, como en realidad ya eran de su miedo.

Venus se apiado, a pesar de todo, de aquellos insensibles estúpidos indiferentes, que veían como les asesinaban, les robaban y devoraban a sus hijos, y que solo se alarmaban ante los primeros casos de cada nueva modalidad de despotismo criminal. El tirano, cuando supo de la presencia de la diosa en la Cloaca Máxima, fue más precavido; incluso, instauró la democracia, como en otras polis.  Entonces los adeptos del tirano pasaron a ser demócratas de toda la vida, y hablaban de democracia, y se le llenaba la boca de esa palabra, dándoles la voz a los dormidos, de vez en cuando, para que eligiesen a aquellos que querían que fuesen devorados. Los dormidos, creyeron al tirano y fueron eligiendo a las víctimas, a los diferentes, a los más débiles, a los más ancianos, a los más pobres, en una palabra, colaboraban con el tirano, a pesar de que cada día quedaban menos diferentes, menos débiles, menos ancianos, y más pobres, ya que el tirano, a cambio de esa deferencia les obligaba a pagar altos tributos, con lo cual, cada día eran más pobres, más enclenques y enfermizos.

No obstante, preferían cerrar los ojos ante la evidencia, taparse los oídos para no escuchar la voz de Venus, no oír la música de las tres Gracias, no sentir el picotazo de la flecha de Cupido… Todo con la esperanza de ser los últimos en ser devorados.  Dudo Venus, vio que los romanos le daban la espalda ante la música engañosa de las arpías, y los cantos de sirenas que del Egeo trajo el tirano. Venus y las tres gracias diseñaron una estrategia y se metieron en la Cloaca Máxima de Orcómeno desprovistas de toda tela, con su deslumbrante belleza deslumbraban al mismo sol, comenzando a cantar sin descanso día y noche, haciendo sonar armoniosos instrumentos musicales, que despertaban, como ya he dicho antes, a los dormidos, les hacían abrir los ojos, ser capaces de discernir entre el bien y el mal. En muchos casos lo lograban, algunos incluso se levantaron de su larga siesta para enfrentarse al tirano y a sus bestias; aunque, siendo muy pocos y estando desarmados, fueron tachados por radicales e intolerantes, enemigos de la democracia otorgada magnánimamente por el tirano a sus súbditos.  No necesito el tirano mandar a las arpías, ni a los descendientes de Ortos y Cerbero, eliminados y entregados a las bestias por los mismos durmientes.  Al final de aquel primer intento de liberación, quedaron solo los sumisos, y cada vez que Venus y las Gracias pretendían que despertasen, en ocasiones, eran apedreadas.

Los dormidos querían continuar su mal sueño, su mal sucedáneo de democracia vigilada, la pesadilla de todos. Era tal el miedo que sentían hacia un posible cambio, ahora que podían elegir a sus verdugos y algunas de las víctimas de los mismos, tal el temor que les infundía el tirano, que tras la insistente llamada a la conciencia por parte de Venus y las Gracias, armados con c piedras y palos, las emprendieron ellas, fue tanta la rabia de los dormidos contra la diosa y sus compañeras, que quedaron casi muertas, y como muertas las arrojaron a la Cloaca Máxima para que fuesen devoradas por las arpías, pero al tocar la sangre de la diosa el agua, esta, una vez más se purificó.  
Si esa misma fuerza la hubiesen utilizado para luchar contra el tirano, ya estarían liberados —pensó Venus, pero hartas, una mañana se marcharon, cansadas de intentar despertar a quien aspiraba a seguir siendo comida en las fauces del tirano, en lugar de libertos o ciudadanos. Marte había vencido.

Las aguas de la Cloaca Máxima, antes purificadas, poco a poco se transformaron en materia orgánica, la misma materia orgánica pestilente que salía de las entrañas de los habitantes de Roma, los cuales, a falta de otras viandas, gustosos consumían aquellos que prefirieron seguir durmiendo sometidos al tirano.

El aire de Roma se transformó en irrespirable, y cuando los dormidos quisieron darse cuenta, de que morirían ahogados en sus propias heces,  fue demasiado tarde. Algunos hasta llegaron a ver como el tirano se marchó con lo robado a tierras tierras,  mientras la ciudad durante varios años permaneció en la ignorancia más absoluta, sin un solo habitante que pisase sus calles, hasta que por fin el Tíber, terminó de regenerar sus aguas; aunque ya nunca fue igual que cuando se bañaba Venus en compañía de las tres Gracias y Cupido, entonces, el tirano regresó y desde el monte de las Siete Colinas se proclamó líder absoluto de los romanos, el único capaz de resucitar la grandiosa historia de Roma, el salvador de la patria romana, los romanos que habían olvidado su crueldad lo aclamaron como líder supremo y a quienes no habían perdido la memoria, intentaron recordar su pasado, abrieron bibliotecas donde contaban la historia que para que no se volviese a repetir la historia; sin embargo, muertos Ortos y Cerbero, desaparecidas las arpías y olvidados de los dioses, los echaron a los leones bajo la frase extendida por los amnésicos de "nota magis malum quam ad bonum ignotum" (más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer), porque el tirano comprendió que para continuar su reino de terror y saqueo, no había nada mejor que dar al pueblo, un poco de pan y mucho circo "panem et circenses," pan y circo) con el que olvidar el ansia por conocer la verdad y la sed de justicia, y de paso reescribir la historia con escribanos a sueldo que lo coronasen como un líder guerrero y un gran legislador.  La historia continuó bajo una máscara más amable, unas veces, más cruel otras.  

Han pasado miles de años, y la historia la siguen escribiendo los mismos, con las mismas mentiras de siempre, aceptando los pueblos a los tiranos, ahogándose los mismos en sus propias heces, olvidados de su pasado se repite la historia una y otra vez de distintas formas y maneras, sin que los dormidos despierten, para ello, los tiranos y sus partidarios hacen creer a los pueblos que "nota magis malum quam ad bonum ignotum" (más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer), sabiendo que con "panem et circenses," pan y circo) los tendrán entretenidos. 


©Paco Arenas


[1] Seres mitológicos con fuertes garras, alas y hermosos cabellos, que terminaron siendo monstruos  cada vez más sanguinarios y crueles, difusoras de la enfermedad y la suciedad.
[2] Perro de dos cabezas que se enfrentó a Heracles(Hercules), siendo vencido por el semidios.
[3] Hermano de Ortos, pero este con tres cabezas, guardián de la puerta del infierno, para que los muertos no pudiesen salir del inframundo, donde Hades era el dios máximo.

martes, 27 de junio de 2017

Gestación, nacimiento, andadura, siesta y despertar de Los manuscritos de Teresa Panza

Originales del borrador del 2012 y las tres ediciones de Los manuscritos de Teresa Panza

en las puertas del cementerio de Pinarejo, junto al flamante nuevo molino de viento, como cuando siendo críos jugábamos en las ruinas del viejo molino, y yo recitaba versos inventados del Quijote, pues todavía no lo había leído. También recordamos cuando surgieron Los manuscritos de Teresa Panza; aunque eso solo yo lo sabía.  Fue en una mañana o tarde de aquellos lejanos años 70, que bajamos a la cueva del Hermosomío para coger un murciélago y hacerle fumar un cigarrillo al pobre bicho. Tendríamos unos 12 o 13 años, me dio pena el animal; pero la cueva despertó en mi gran curiosidad, hasta el punto de que después baje yo solo con intención de explorarla, encontrando muchas cosas, entre otras aquella virgen de mármol, la cual despertó aún más mi curiosidad. Fue entonces cuando comencé a escribir aquel relato titulado "Los muertos ya no resucitan", que dejé olvidado y retomé años más tarde, el cual presenté en 1985 al premio Gabriel Miró.

En los muertos ya no resucitan, Sancho era su protagonista, y la acción transcurría después de la muerte del caballero.  Una de las máximas aspiraciones de Sancho era ser capaz de leer todo lo que se había escrito sobre la pareja más famosa de la Mancha, don Quijote y Sancho Panza.

Todo lo escrito en aquellos años en el año 1987 lo guardé en una vieja maleta de cartón, no la abrí hasta 26 años después, en realidad cuando la cerré creía tener el firme convencimiento de que jamás la volvería a abrir.

Aquel Sancho inicial, veinticuatro años después paso a ser Sancha primero, hija de Sancho, y estaba casado con Juana Gutiérrez[1], y Sancha era la hija de ambos, en fin, un lío que no había quién se aclarase.

Escribí unos veinticinco folios casi de un tirón, los imprimí, y tras leerlos me quedé que no sabía por dónde meterles mano.  Al final abandoné de nuevo el proyecto, ¡qué tontería intentar escribir una novela a mis años! Además, estaba trabajando y escribir una novela requería mucha concentración.

Hace cinco años, un día del mes de agosto, durante las vacaciones, (cuando todavía una criminal reforma laboral y unos políticos que nos habían robado por encima de nuestras posibilidades y nos convirtieron en desempleados a millones de españoles) veo a mi hija leyendo aquellos papeles, estos mismos de la fotografía, y veo que se está riendo.  Unos días después me despiertan de la siesta las risas de mi suegro, estaba terminando de leer aquellos mismos papeles.

—¿Tienes más? —Me preguntó.

—No, son tonterías que me dan por escribir.

—Pues a mí me gustan estas tonterías.

Y entonces me senté ante el ordenador y continué escribiendo más tonterías, hasta ahora.

Sancho paso a ser el padre de Teresa Panza (un nuevo personaje), Juana Gutiérrez paso a ser Teresa Cascajo, a Sancha la mataba en un viaje con destino a las Indias y después reaparecía, mientras a Sanchico....

 Así nació ese nuevo personaje, Teresa Panza, hija de Sancho Panza y Teresa Cascajo..., nacían Los manuscritos de Teresa Panza. Como el Sancho inicial, como Paco Arenas, un obsesionado por aprender a leer, a escribir, por adquirir conocimientos. Campesinos los tres que sabían, o saben, que la cultura es el arma más poderosa de todas contra la tiranía, la del siglo XVII, y la de ahora.

Ahora, tras la tercera edición, dejan de publicarse provisionalmente, pronto, en unos meses, comenzarán una nueva vida, porque la andadura de esta nueva mujer del Quijote, Teresa Panza, apenas ha comenzado a caminar.
Paco Arenas





[1] Juana Gutiérrez / Mari Gutiérrez, es uno de los nombres con los que aparece la esposa de Sancho en el Quijote. Los otros son: Teresa Panza / Teresa Cascajo.

Paco Arenas



lunes, 19 de junio de 2017

TENGO LA SOLUCIÓN PARA EVITAR MÁS MUERTES DE TOREROS.



 Resulta triste la muerte de personas jóvenes cuando se encuentran en la flor de la vida, tal y como puede ser la muerte de un torero, la de un albañil, la de fontanero, chófer, minero, o tal y como ocurre con las mujeres víctimas de violencia machista. Nadie puede ni debe alegrarse de la muerte de un ser humano, tampoco debiera disfrutar de la tortura y muerte de un animal inocente.  

En los últimos meses han muerto dos toreros, a los cuales se les han rendido todo tipo de honores de todo tipo, incluso por parte de Felipe VI, lo cual respeto, no voy a cuestionar si se lo merecían o sí no, pues siempre resulta triste la muerte de cualquier ser humano.
En el mismo periodo han muerto más de treinta mujeres asesinadas por sus parejas, y un número indeterminado de criaturas inocentes, ante la indolencia y "pasotismo" de las instituciones, de todas, Felipe VI, ni tan siquiera mencionó el terrorismo machista en su discurso de Navidad.  El ejecutivo, lleva "toreando" a las mujeres maltratadas, desde que tomo posesión la primera vez, rebajando el presupuesto de manera salvaje, y prometiendo llevar a cabo una reforma de la Ley Integral de Violencia de Género, que nunca llega, pese a que todos dicen condenar el terrorismo machista. 

Las decenas de obreros que han muerto por la presión a la que están sometidos desde que se dictará la criminal reforma laboral, no aparecen por ningún sitio, ni siquiera en las esquelas de los diarios, porque hay que pagarlas, y si no tienen, en muchos casos, sus familias para comer, mucho menos para pagar esquelas, esos muertos no le importan a nadie, salvo a sus familias.

En España, para el Régimen, para las instituciones, y la prensa hay muertos de primera, de segunda y hasta de décima. Una VERGüENZA.

  Cada vez que sucede un hecho tan lamentable como es la muerte de un torero, (con todos mis respetos, y sin alegrarme de la muerte de ningún ser humano, vaya esto por delante). Debo decir que  que resulta también indignarte, que desde los medios de manipulación masiva se haga tanta propaganda mediática sobre lo que cuatro supuestos "antitaurinos" dicen, se oculte lo que dicen algunos "ilustres" taurinos, supuestos “maestros”, tan miserables, o incluso mucho más que las de los supuestos "antitaurinos", y se haga una apología criminal de la tortura en la plaza, además de generalizar de manera miserable llamándonos "gentuza" a todos quienes estamos en contra de esa supuesta "Fiesta Nacional".

Hablan de respeto a la "Fiesta", de que todos tienen la opción de acudir o no acudir a la plaza ¿cómo? Al toro no le dan la libertad de acudir o no a la plaza al cadalso.  El torero no lucha en igualdad, se enfrenta al toro con señuelos y engaños, se sirve de su supuesta "inteligencia"(en muchos casos más que dudosa). Además de la semi ceguera natural del toro, en algunos casos echan parafina en los ojos, para que esté más ciego todavía, y así torturarlo con mayor impunidad, o le afeitan las astas para que tenga mayor dificultad para defenderse.

El toro nunca gana, está condenado a muerte de antemano. Y si por una extraña casualidad vence en la pelea, su destino es todavía más trágico: el ganadero responsable del astado debe sacrificar a la madre del animal y toda su familia o reata, tal como se llama en el argot taurino.

Que el toro salga victorioso, se considera un desprestigio hacia su casta, algo muy negativo, algo extraño si se habla y elogia la bravura del animal, es como si lo que con la boca pequeña elogian, con la mente condenasen. El mundo del toro quiere animales mansos que parezcan bravos, al igual que los malos e ineptos legisladores que elogian los valores del pueblo para mantenerlo sumiso ante el señuelo de patrias banderas.

Para evitar la lamentable muerte de más personas, hay soluciones factibles y que nos honrarían como país y como cultura milenaria, la abolición de las corridas de toros, o al menos que la tortura animal dejase de estar subvencionada con dinero público, con lo cual también dejarían de existir las corridas de toros, pues el mundo del toro sobrevive gracias al dinero que se sustrae a la cultura.

Si no hay subvenciones, no hay corridas, a la vez hay muchísimo más dinero para subvencionar la cultura real, y se evita, además de la tortura y muerte de inocentes animales, la de los toreros. Quienes realmente amamos a los toros, aportamos soluciones para evitar la muerte innecesaria de los toreros, porque no nos alegramos de ninguna muerte, ni la de los toreros, ni tampoco la de los toros. 

Lo dejo ahí, a ver qué valiente legislador recoge el capote. Aunque viendo como está el mundo de los legisladores patrios, si ya cuesta mucho suponer que son honrados, pedirles que además sean valientes es como pedir peras al olmo. Por desgracia, me temo que son tan valientes como honrados


domingo, 11 de junio de 2017

Obispo, botijos y hostias




Mi comunión tuvo algunas cosas que la hicieron diferente a otras, tal vez porque fue mi comunión y, por tanto, el recuerdo es muy diferente. No obstante, tuvo peculiaridades dignas de mención, aclarar que aunque inspirada en ella, por exigencias del guion la he trasladado a una pequeña ciudad o a un gran pueblo del sur de Castilla, o del norte de la Mancha, al gusto del lector.
Fue en aquellos años de movimientos aperturistas de la Iglesia Católica, iniciados por Juan XXIII y continuados por Pablo VI, y que dieron lugar al Concilio de Vaticano Segundo, mientras España estaba en las postrimerías de la dictadura franquista.   Ese año, creo que fue en 1969, el obispo de Cuenca decidió ir a mi pueblo a dar la comunión, puniendo unas condiciones que a las llamadas “fuerzas vivas” no sentaron nada bien, hasta el punto de que las conversaciones que a continuación salen en este relato, tienen su parte de verdad, y mis inocentes y castos oídos captaron no solo las palabras sino también el mensaje. Por supuesto que no puedo recordar las palabras exactas, tenía nueve años; pero, más o menos ocurrió así:

—¡Qué escándalo, Dios mío, qué escándalo, por Dios y por la Virgen Santísima! —Se lamentaba indignada doña Justa, persignándose, nada más salir de la iglesia de escuchar el rosario.
—¿A dónde vamos a parar?, doña Justa, ¿a dónde vamos a parar? —Se lamentaba doña Elvira, dándole la razón.
—Esto ya no tiene arreglo…—cortaba doña Faustina.
—Ni el Caudillo, lo soluciona, ya no te puedes fiar ni del obispo —. Tomaba ahora la palabra de nuevo doña Justa.
—Deja a Su Excelencia en paz, es el cabrón del obispo, Dios me perdone; pero qué hago, qué hago…, al final hasta a las más buenas cristianas nos buscan la boca —se persignaba ahora doña Elvira.
—¿Que más le dará que vayan de traje o de calle?  ¡Virgen Santísima! Con el dineral que me ha costado…—continuó doña Justa.
—Las comprendo a ustedes bien, que fuimos juntas a Madrid, que no nos hemos conformado con ir a la calle Boteros[1], ni a Carretería[2], sino a la calle Preciados…[3] —era ahora doña Engracia, que había permanecido callada hasta ese momento, y que también salió indignada con la noticia dada por el sacerdote.
—Más de más de veinte mil duros me ha costado el vestido que le he comprado a mi nieta, y como se lo han hecho a medida…—Apuntaba mostrando gran indignación doña Elvira de Sotomayor.
Las otras tres mujeres la miraron extrañadas, pues, las cuatro fueron juntas a Madrid a comprar el vestido de comunión a sus nietas o el traje de almirante a sus nietos; pero, aunque fue en la tienda más selecta de la calle Preciados de Madrid, a ninguna de las chiquillas ni chiquillos les tomaron las medidas, más allá de probarles el vestido o el traje. Doña Elvira carraspeó al percatarse de que había metido la pata hasta el corvejón.
—Es lo que me dije a mi consuegra —bajando la voz doña Elvira —, que es catalana, a ver si se os va a escapar…
Todas se besaron el pulgar, como jurando guardar silencio, solo doña Engracia se atrevió a decir, mirándonos a nosotros:
—La que tienes que tener cuidado eres tú, no se te vaya a escapar.
Pero los chiquillos que salíamos del rosario, poco o nada habíamos comprendido lo dicho por el cura, al cual, como siempre no habíamos prestado mucha atención, y mucho menos comprendíamos la conversación de aquellas señoras beatas, o “miseras” como les llamaba mi madre, que no míseras, que todas bien ricas eran, o al menos de tal cosa presumían en aquella pequeña localidad manchega. Digamos que eran lo que solía decirse, gentes de bien, por ser que iban mucho a misa, todos los días a rosarios y novenas, los domingos y fiestas de guardar a misa, y si había procesión allí estaban ellas con el cirio en la mano. 
El escándalo al cual se refería la buena señora era que el cura, don había comunicado que en el mismo día que tomaríamos la comunión tomaríamos también la confirmación y que circunstancialmente vendría el obispo de Cuenca Monseñor Inocencio Rodríguez Díez, y antes de ir, según dijo el sacerdote, se había encargado de hacer hincapié de que ningún niño fuese disfrazado de almirante, ni ninguna chiquilla de novia, para alivios de muchos y enfado de unos pocos.  
—Mujer, por Dios, que hay ropa tendida. —Insistió doña Engracia señalando con la barbilla al grupo de chiquillos que estábamos pendientes de la conversación, ante los aspavientos de tan beatas señoras.
 Inocentes criaturas que miramos para todos lados buscando esa ropa tendida, y no vimos ni tan siquiera un mal paño de cocina puesto al sol, además, en nuestro pueblo, con tan grandes patios, nadie tendía en la calle.
A pesar de nuestra infantil e inocente ignorancia, no veíamos normal que aquellas mujeres de misa de domingo, fiestas de guardar y todos los días de rosario hablasen así de un obispo, ante algo que supuestamente había dicho el cura:
—Tengo una gran noticia que daros. Nuestro pueblo ha sido elegido por su eminencia el obispo de Cuenca para ser él, en persona, quien imparta la comunión y confirmación a los chiquillos este año…
En principio, los murmullos fueron de alabanzas al Señor y a la decisión del o señor obispo. Si no aplaudieron las catequistas y las señoras “miseras,” fue por no ser el lugar adecuado para ello. El problema, fue cuándo, calmadas las alabanzas y aleluyas ante tan sabia decisión, don Constantino, el cura, prosiguió satisfecho ante tan buena acogida:
—Y como las buenas noticias no vienen solas, por primera vez en la historia, no tendréis que gastaros un real en el vestido ni el traje de comunión…
—¡Qué! —Se escuchó a una señora.
—Eso, no puede ser —alzó la voz otra, retirándose el velo de las orejas, por si no había escuchado bien.
—Calma, calma —dijo el sacerdote viendo la reacción que había provocado en la bancada de las señoras beatas —os lo aviso con tiempo. Os vais a ahorrar muy buenos cuartos sino disfrazáis a los chiquillos ni de novias ni de marineros. Así que, y así mucho mejor, pues siempre, no todo el mundo puede permitirse el hacer un gasto tan grande. Ha dicho que es suficiente que vengan con la ropa limpia, y que sea ropa que se puedan poner al día siguiente…
—¿Y quienes ya tengamos el vestido? —Preguntó, sin poder contenerse doña Elvira.
—No pasa nada, lo devolvéis y ya está. El señor obispo ha sido muy preciso, quien venga disfrazado no tomará la comunión de su mano. Y contra eso yo no puedo alegar nada…
El cura no podía alegar nada, pero las buenas señoras alegaron y bastante y el sacerdote dio por concluida la ceremonia ante el cariz que tomaba el asunto, y raudo se introduzco en la sacristía no fuese a ser que sustituyese al Cristo en la cruz.  
Salieron aquellas recatadas señoras, quitándose el velo y despeinándose los cabellos, de manera metafórica, pues solo con la lengua perdieron las composturas.
 Al llegar a mi casa se lo conté a mi madre escandalizado, a pesar de no saber muy bien el motivo.  No estaba acostumbrado a escuchar tales palabras, porque en mi casa éramos ateos convencidos, aunque entonces yo no lo sabía, ahora tampoco lo sé a ciencia cierta, torpe que es uno. Lo cierto es que éramos católicos por obligación. A pesar de todo, nunca blasfemábamos ni utilizábamos determinados términos, porque según contaba mi madre, mi padre estuvo a punto de ir a la cárcel por blasfemar en presencia de un terrateniente. Al parecer, estaban descargando piedra del monte y le cayó una en el pie, chafándole el dedo gordo, el cual le quedó deforme para el resto de sus días, y estuvieron a punto de cortárselo. Y al parecer soltó eso tan manchego de “mecaguen en … y la …”. Pue sí, parece que mi padre utilizó esa expresión al recibir el cariñoso golpe de una piedra cuando estaban descargándolas a destajo.  Y es que mi padre tenía unas cosas…
Así que estábamos bien advertidos al efecto y lo más que decíamos era o “chorraaaa o copón” “hostia”, como todo el mundo dice en Cuenca, hasta los más beatos. Y eso, aunque también fuese pecado no estaba penado con cárcel, al menos para los de derechas.
Como siempre tuve la cabeza gorda, y a pesar de ser un despistado total, tenía muy buena memoria, le relaté a mi madre palabra por palabra, gesto por gesto, y visaje por visaje, y si de algo me olvidaba, allí estaba mi sobrina para recordarme mi olvido. Eso sí, como loro que no entiende, pero, si escupe todo lo que escucha.
— ¡Ya está! ¡Ea! Pues mucho mejor, “mía que chorra”. Un jersey limpio y unos calzones nuevos, y nos ahorramos unos buenos cuartos —saltó mi madre muy contenta, para mi sorpresa, que pensaba que también se enojaría como las señoras de velo en la cabeza.
En el pueblo, entonces, no teníamos pantalones, sino calzones a los pantalones les llamábamos calzones.  Mi madre, que no terminaba de creérselo, me lo hizo repetir, y yo de nuevo, le dije que: “el cura había dicho que, el obispo había dicho que, el Papa había dicho”, y que iba a ir el obispo al pueblo a darnos la comunión, y la confirmación a los niños que ese año tomábamos la 1ª comunión, y que quien fuese disfrazado de marinerito o de novia no la tomaría.
—¡Copón! Que, alegría me das.
Las fuerzas vivas del pueblo se manifestaron, es decir aquellos que podían manifestarse sin ir a la cárcel, y al final convencieron al cura del perjuicio que representaba tener que devolver disfraces de marinerito y de novia, además con la ilusión que les hacía a las criaturas. El cura tomo la decisión salomónica, quienes fuésemos vestidos de paisano la tomaríamos ese día de mano del obispo, y los vestidos de marineros o novias a la semana siguiente, pero sin la presencia del obispo. “La gente de bien” muy enfadados, y hablando de escribirle una carta a su “caudillo” y mi madre, mi hermana y otras madres, muy contentas, por el ahorro, que éramos pobres y, además, éramos ateos convencidos; aunque yo no lo supiese. Ni entonces, ni tampoco ahora, siempre fui de muy dudar.
Por aquel entonces, no había agua potable en las casas, y el agua se llenaba en la fuente de la plaza, o cualquiera de las fuentes repartidas por el pueblo, o de los pozos que tenían muchas casas.  En nuestro caso, como no teníamos ni pozo, ni fuente más cercana, en de la plaza.  Cuando, mi sobrina y yo, de la misma edad ya estábamos vestidos para la ceremonia, muy limpios y con ropa de estreno, estábamos listos para salir a la Iglesia, a comenzar los ensayos para cuando llegase el obispo saliese todo bordado.  Pero en esos instantes, mi hermana se dio cuenta de que no había agua ni para beber, y ella y mi madre, atareadas que habían estado toda la mañana, todavía ni se habían vestido con ropa decente para ir a la iglesia.
—Chiquillos, coger cada uno un botijo cada uno y traer agua.
Había tiempo de sobra para ir a la fuente, llenar los botijos e ir con tiempo sobrado a la iglesia. No obstante, como críos que éramos, nos entretuvimos más de la cuenta y lo que hubiese sido diez minutos fue casi una hora en la plaza, con nuestros botijos de agua llenos escuchando lo guapos que estábamos. Cuando nos quisimos dar cuenta, las campanas de la torre daban el segundo aviso para que los chiquillos fuésemos a la Iglesia para ensayar, nosotros que ni habíamos escuchado el primero.   Corriendo subimos la pedregosa calle de Las Eras, con riesgo de tropezar, caernos y romper los botijos.
—Chiquillos, venga que no llegáis —, nos animaba la gente ante nuestra desesperada carrera.
En todas las casas manchegas, por entonces, había unos soportes de madera para sostener los cántaros, cantareras, y otro para los botijos, en casa de mi hermana también. Había cuatro huecos libres para los dos botijos que llevábamos, con colocar uno en cada esquina hubiésemos evitado la tragedia. Quiso la mala fortuna, que tanto mi sobrina como yo, decidiésemos dejar nuestro respectivo botijo en idéntico espacio, chocó un botijo con otro y mi hermana se quedó sin botijos hechos añicos y con el agua repartida por todo el recibidor.
—No os mato porque es el día de vuestra primera comunión, eso os libra, que si no os iba poner el culo más colorado que un tomate.
Menos mal que era el día de nuestra primera comunión.  Ella se quedó sin botijos, sin agua y recogiendo con un trapo de rodillas el agua, entonces no existía el mocho, mientras nosotros íbamos a ensayar como ponernos ante el obispo de Cuenca.
Llego el momento de la verdad, yo era de los más pequeños, pues era bastante canijo, luego pegué el estirón, pero no muy grande, porque con once años ya trabajaba e iba a la escuela y con trece, subía maletas en un hotel de Ibiza, las cuales estiraban para el suelo, pues ya no crecí más. Así que fui de los últimos en tomar la comunión, justo por delante de las chiquillas.
 Por tanto, desde mi privilegiado puesto de la cola veía que el obispo después de darle a cada uno de los “comuniantes” la hostia consagrada, les daba una buena y sonora hostia en la cara. Escuchando como sonaban, y lo roja que se les ponía a todos la mejilla; además de lo que imponía aquel obispo con cara de vinagre, pensé que aquellas hostias harían más daño que los capones que propinaba don el cura.  En fin, que estaba asustado, llegó mi turno, la expresión de mi cara debió conmover al obispo, porque tras la sagrada forma apenas me rozo la mejilla.
Después, no hubo ni regalos de comunión ni hostias en vinagre, comimos un buen cocido manchego, y aquí paz y después gloria.

©Paco Arenas



[1] Principal calle comercial de San Clemente (Cuenca).
[2] Principal calle comercial de Cuenca.
[3] Principal calle comercial de Madrid.
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