sábado, 14 de enero de 2017

LA GUAYABERA TEÑIDA DE ROJO (Una historia de amor en el viejo San Juan)

España tiene a Mariana Pineda, Puerto Rico a
 Mariana del grito de Lares.
LA GUAYABERA TEÑIDA DE ROJO (Una historia de amor en el viejo San Juan) es el relato participé en un concurso internacional de promoción de la lengua española. No gané,pero, que fui felicitado. Es una historia de amor entre dos personas, de amor a la libertad y a la esencia de un pueblo, el puertorriqueño que tiene que levantarse todos los días con el reto de la necesidad de preservar su esencia e identidad. Mi aprecio por muchas gentes de Puerto Rico ha provocado que me interese por la historia de esta bella isla, que todavía piensa en castellano, o español. Así ha surgido esta bella historia de amor, que es también fruto del amor por sus gentes. Los protagonistas son Marianela y Pablo, como los protagonistas de Marianela, de Benito Pérez Galdós; aunque, hay un cambio de papeles, Pablo no es ciego, Marianela tampoco...No obstante hay un ciego, porque el relato no deja de ser una metáfora, que no todos podrán ver.
Al llegar a mis años es hora de echar cuentas y rendir resultados. El paseo diario se va recortando en el tiempo, los pies no están para mucha salsa ni largas caminatas, como mucho a misa los domingos y alguna fiesta de guardar. Y a la hora del café, olvidar el chorrito de ron de caña; incluso, al café mismo, que al menor descuido te cambian por uno descafeinado que malamente lo imita. Las arrugas han ganado terreno en mi rostro, y aunque prometí no mirarme al espejo, me miro, y veo a través de mis ojos, los suyos los de Pablo, por su recuerdo todavía paseo por las calles del viejo San Juan hasta el Castillo de San Cristóbal, doliéndome en el alma el día que por lluvia, enfermedad o cansancio no puedo ir, que como dije, cada día son más numerosos los que mis pies me lo impiden.   Evocar el pasado y contar cosas hermosas a los nietos, aunque yo solo tenga una nieta, va con la condición de abuelas. Sí, podría contar cosas amables y delicadas de mi infancia en Lares, ajena al Grito[1], a pesar de haber nacido a quinientos metros de la hacienda “El Triunfo”, un veintitrés de septiembre, de muchos años después. Sin embargo, en mi casa, en la casa de mi infancia feliz, no se escuchaban gritos, ni nadie cuestionaba nada, como no fuese el bajo precio del café o el azúcar. Vivíamos en ese mundo idílico tan bien retratado Hermann Hesse en Demian.  El aroma a café impregnaba todo, pero con el empalagoso almíbar del exceso de azúcar de puertas para adentro.

—Mijija, bonitina de narisilla ñata tié que levantarse, está tan acurruca bajo la cobija que paice la bella dulmiente. Pobresilla mijija —así me levantaba todas las mañanas a besos la vieja María.
  
 Sí, vivía en un paraíso imaginario, que nada envidiaba al palacio de Sissi en Viena, con mayordomo y criada y juguetes americanos. En mi casa éramos blancos, nótese el tono irónico de la afirmación. Nada recordaba la sangre taína, que sin duda corría por nuestras venas. Ni la más tenue duda estaba permitida, hasta el origen criollo se denostaba, el negocio de mi padre estaba con los americanos, prohibido llamarles yanquis. Era tal nuestra ambigüedad cultural que, si no hablábamos en inglés en casa, era por lo mal que lo pronunciaba mi mamá y las criadas. Era feliz, fui muy feliz en ese espacio de mi vida en el que estuve en el limbo sin saber muy bien que sangre corría por mis venas, ni tampoco me importase.

Son muchos años los que tengo, tantos como recuerdos metidos en una valija de cartón. Los primeros andan cada vez más deprisa hacia el barrio del silencio donde todo el mundo es recordado con respeto y consideración, mientras que los segundos están deseando escapar de mis labios, o de mi temblorosa mano antes que el tiempo y los años dejen de contar para mí.  Todos en esta Isla del Encanto decimos ser boricuas, ondeamos nuestra monoestrellada; no obstante, algunos buscan la luz en el cielo oscuro de una bandera extraña, que nos es ajena. Yo ya soy muy vieja y prefiero mantener su esencia dentro de mi corazón, pensar, hablar y soñar en mi lengua, como siempre quise y siempre quiso él. Olvidé las caras, los ojos de quienes me miraron, los dedos que me acusaron y los amigos que nos dieron la espalda. Olvidé hasta el nombre de mi padre, pero jamás me olvidé de Pablo, de su risa, de sus besos y sobre todo de sus ojos cuando me miraba o hablaba de Puerto Rico. Mi vida ha pasado desde entonces en torno a él y a su hermoso legado, Marianela Ponce, mi hija, y desde hace dieciséis años también a la tercera Marianela, mi nieta. Nunca se me pasó por la cabeza escribir lo que ahora estoy escribiendo, menos ahora que sé que tengo el boleto confirmado con fecha aproximada de embarque para el último viaje. Fue ella, mi nieta quien provocó que me colocase los lentes para otra cosa que no fuese leer, el día que comenzó a quedarse en casa para acompañarme en mi convalecencia, y también por tener la libertad que no debiéramos dar las abuelas verse con su novio y vecino mío, que entonces no sabía que también se llamaba Pablo, como si el destino ya estuviese marcado de antemano.  A pesar de ser muchacha enamorada, conmigo era  más chiquilla que muchacha, y además de mimarme pronto comenzó a curiosear las escasas fotos que tengo enmarcadas en mi cuarto, todas de él:

— ¿El abuelito nunca se hizo viejito? 

—Nunca le dieron oportunidad – le contesté.

No pude evitar emocionarme y romper a llorar. Entonces ella para hacerme reír, con esa risa que me recuerda tanto a él, sacó el celular para provocar lo que en tantas ocasiones había intentado, que de mis labios saliesen una cascada de recuerdos y la necesidad de que los mismos no quedasen en el olvido.

— Grandma, let's make us a selfie.[2]

— ¿Qué dijes pendeja? ¿Acaso no sabes hablar como debe hacerlo una boricua?

—Abuelita querida, ¿no he de saber si usted se encargó de enseñarme a amar y hablar el español? Siempre me dijo que me contaría la historia de la muerte del abuelito Pablo, y nunca lo hizo. Todavía me moriré y no la habré escuchado...

—Tú no morirás, antes, mucho antes tengo que hacerlo yo…—le respondí melancólica.

—Abuela, no tengas prisa por cogerle la mano al abuelito —me dijo riendo, buscando mi risa.
Su risa me trasladó a aquellos meses que fueron tan felices y terminaron en tragedia de aquel nefasto año 1935. Nos abrazamos con desesperación, con los ojos encharcados de lágrimas. Le di un beso en la frente y ella me pidió perdón por haberme provocado el llanto. Se dio media vuelta para irse a dormir, y entonces agarré su mano por la muñeca.

—Espera, a ti quiero cogerte la mano —le dije estirando de su delgada mano, agradeciendo el abrazo que nuevamente recibía —esta noche si lo deseas puedes dormir con la abuelita. Prometo contarte todo, para que sientas el orgullo de ser nieta de don Pablo Ríos. Si no tienes reparos en dormir en la misma cama que esta vieja arrugada.

Me miró fijamente a los ojos brincando de alegría y sin dilación comenzó a desnudarse para meterse en la cama conmigo. Pude ver en su bello cuerpo el de Marianela Ponce, aquella estudiante universitaria que se enamoró de su profesor de español unos meses antes de que este muriese.

Conocí al profesor Pablo Ríos en mi primer año de estudiante en Río Piedras. Él era un joven profesor de español, patriota boricua, enamorado de Cervantes y de Benito Pérez Galdós, que parecía reírse hasta de su sombra. Debo confesar que no tuvimos un buen comienzo:

— ¿A quién tenemos aquí? A Marianela Ponce. ¿Qué mejor forma de comenzar el trimestre que disfrutando de Marianela y su belleza? Viéndola, no me extraña que don Benito terminase ciego. Al igual que el Pablo de la obra, también estoy enamorado de Marianela. Nunca me la imaginé tan bella, ni tampoco tenerla en mi aula. La estudiaremos con detalle. ¿Tiene usted algún inconveniente?  —Terminó preguntado socarronamente tras pasar lista por primera vez. Sobra decir que provocó las risas de todo el alumnado, menos la mía.

Bajé la cabeza aturdida y avergonzada, sin saber qué decir, maldiciéndole mentalmente, al final armándome de valor repliqué con enojo, sin medir las consecuencias:

—Mejor si estudiamos con detalle a su santa madre, seguro que la conoce algo mejor que a mí.

—Buena apreciación, pero Pérez Galdós no tuvo a bien escribir una novela con su nombre.

Se acercó a su mesa cogiendo un libro, que, tras enseñárselo a todos, caminó hasta mi pupitre dejándolo sobre el mismo. El sofoco fue aún mayor, jamás había oído hablar de otra Marianela que no fuese yo, Marianela Ponce, la hija rebelde de un rico hacendado cafetero de Lares, amigo de los americanos y contrario al movimiento independentista boricua.  Durante aquel trimestre yo también me enamoré de Marianela, de la otra, de la bella de corazón. Lo peor es que también me enamoré de Pablo, no el ciego de la novela, sino del profesor don Pablo Ríos; aunque no me diese pie para ello. Ya no me parecía pedante, menos cuando lo escuchaba hablar de Puerto Rico, de su lengua y tradiciones, tan diferentes a las americanas.

 Un día no se presentó a dar clase, nadie sabía nada, aunque todo el mundo sospechaba que era uno de los maestros de español detenidos por la policía colonial. Durante meses nada supe de él. Fueron muchas las noches que me acurruqué acariciándome en la cama pensando en él, al final terminé echándole en el olvido...

—¡Abuela! Me vas a pervertir…

—No mi niña ñoña, que bien veo que te despides del guapo de tu novio.  Aunque te cuento cosas del año de las guácaras, no creas que éramos tan diferentes, más modositas y pasmadas en público que ahora. Eso sí, aunque también se nos iba la cabeza por un guapo maestro...

—¡Que chévere! ¿Conoces a Pablo?

—¿También se llama Pablo?

—Sí. ¿Lo puedo subir y lo conoces?

—No, no hay tanta confianza, y tú mamá se puede poner como agua para chocolate…

—Abuelita, estoy hasta la coronilla, se coge todo a pecho. Pero continúa.

Tarde mucho tiempo en volverle a ver. Yo vivía con mi tía Catalina en San Juan, cerca de la Catedral de San Juan Bautista, y, como hija de buena familia, todos los domingos y fiestas de guardar iba a misa. Estando la catedral tan cerca, era donde acudía a rogar a Dios. Al salir del oficio, noté que alguien agarraba mi brazo, y terminaba pasando el suyo por mi cintura, atrayéndome hacía él. Con la mano preparada para darle una bofetada me giré y entonces me encontré con rostro asustado.

—Disimule Marianela, necesito que me ayude, que se comporte como si fuese mi novia —me dijo cogiéndome la mano para que no le diese una bofetada bien merecida. Fui a protestar, pero al verle tan asustado, con aquella con barba y melena, me pareció el mismo Jesús en persona.  Deseé besarle en los labios y lo hice bajo el mismo umbral de la Catedral. Cuanto apenas se rozaron nuestros labios, y comenzaron las risas nerviosas, él sorprendido, yo como jugando a enfadar a mi papá, como si me pudiese ver.

—No era necesario, tanto disimulo; pero siempre es de agradecer el beso de la bella Marianela. 

 Le volví a besar, segura de que me iba a meter en un lío lo suficientemente gordo para poner de los nervios a mi papá. Por entonces ya sabía que había estado detenido por colaborar con el movimiento independentista, con el cual yo simpatizaba, a pesar de la oposición radical de mi papá, don Manuel Ponce. Cogidos de la cintura interpretamos el papel que se consideraba que deben interpretar dos enamorados, aunque yo le advirtiese:

—Pendejo, no me tome por ligera de cascos, que lo hago por la patria, no más.

Él entonces quiso comprobarlo y me atrajo hacía así de la cintura e intentó besarme de nuevo. Esquivé el beso, primero.  Después lo besé profundamente, susurrándole al oído al separarme:

—Ahí están quienes le siguen, conozco a uno de ellos, es bochinchero, no mire y disimule —y antes de que él dijese nada le volví a besar haciéndole girar levemente para que pudiese ver a sus perseguidores.

Mi conocido era un hombre vestido con traje, corbata y sombrero, al estilo americano; parecía más un gánster sacado de una película que un policía. No siempre ha existido la frontera entre la ley y la delincuencia, tampoco a la hora de vestir.  Pablo asintió con los ojos. No era cuestión de volverse sobre sus pasos.  Por el lado contrario, otros dos policías con la misma apariencia de gánster le seguían desde antes de salir de la catedral, donde él también había entrado para intentar despistarlos. Él conocía a uno de esos policías y así me lo susurró:  

—El de la verruga en la nariz es de Río Piedras, simplón y soplón a partes iguales.

—Y feo, por Dios, feísimo. No hace falta que me lo diga. Lo conozco y me conoce, fue quien denunció a su padre y hermano por independentistas, dejando a su madre y hermanitos sonándoles las tripas, ha estado en varias ocasiones en la hacienda de mi papá.

— ¡Curioso! —Exclamó asombrado, al tiempo que pareció intentar separarse de mí.

—Soy de fiar, profesor, soy de fiar —y le atraje para besarle de nuevo. Ya no era mi profesor y algo me decía que mis sueños y fantasías del año anterior se cumplirían a su lado.

Continuamos caminando abrazados y riendo, a pesar de estar convencidos de que los cuatro policías ya se habían percatado de nuestra impostura endulzada con besos… Estos cada vez más intensos y menos fingidos, fueron mis primeros besos. Yo no tenía nada que temer siendo hija de quien era; aunque, los dos sabíamos los que podía ocurrir.  Más en aquellos tiempos de colonialismo brutal, que si te detenía la policía americana, más valía que estuvieses confesado; porque era probable que no salieses de la comisaria. Yo estaba confesada y comulgada; aunque irritase a mi papá, protegida por él. Cada uno de los policías se colocó a un lado.  No era cuestión ni posible salir corriendo.

—Excuse me, I accompany the police station?[3]  —dijo uno de los policías dirigiéndose a él.

— ¿Busca usted un excusado? ¿Para hacer sus necesidades?  Supongo que en su lugar de trabajo habrá, pues al pasar por la puerta me entraron ganas de vomitar, y le puedo asegurar que no estoy en embarazada—contesté yo segura de mi impunidad, y ante el descaro con que el policía miraba mi escote más que a mis ojos.

Tu pobre abuelo me miraba alarmado ante la inesperada valentía de su más que improvisada novia, ante mi estúpida osadía que lo podía comprometer aún más. Más tarde me confesó que en esos momentos creía que lo hacía por venganza de mi primer día en la Universidad de Río Piedras. Nada más lejos de la realidad, en pocas semanas me convertí en la alumna chiflada que se enamora de su atractivo profesor. En esos momentos lamentó haber cogido a la persona equivocada para librarse de la policía. Más cuando el policía me agarró del brazo. Aunque la terminó soltando, ante la mirada de autoridad de Pablo; pero sobre todo, ante mi mirada desafiante, reconociendo quien era yo.  Custodiados llegamos a la Casa Alcaldía de San Juan, en la calle San Francisco. Allí nos hicieron pasar a una habitación con cristales pintados y pidiéndonos las cédulas de identidad, que en un momento nos las devolvieron, Yo cogí la mía con gesto de asco, restregándola por mi vestido tras echar vapor sobre ella.

— Miss , what causes disgust ?[4] —Me preguntó uno de los policías.

—Por Dios y por la Virgen, ¿pregunta esa estupidez? boricuas ladrando en inglés. 

— Perhaps, Miss Ponce intended to insult the police...?[5] —preguntó el policía. 

—No sé lo que ha dicho, yo solo hablo español, como creo que hacía usted antes. Quien reniega de los suyos, vergüenza produce…—repliqué, con cierta insolencia.

—I am americam city[6]  – me replicó el gángster, perdón el policía.

—Jajajaja, —no pude contener la risa —como en las películas yanquis, cada vez que los americanos no saben qué decir, apelan al “soy ciudadano americano”.  Lo triste es que lo dijese un policía que era hijo y hermano de patriotas boricuas que estaban en la cárcel por su culpa. 

Pablo no salía de su asombro ante tal derroche de patriotismo de su antigua alumna. En esos momentos según me confesó después, pensó: “A esta boricua no la dejó escapar, con ella me he de casar. Eso si salgo de esta”. Porque tu abuelito estaba asustadísimo. El policía americano desplazó al puertorriqueño, y él fue quien se me encaró en español con menos consideración:

—Señorita, sí que habla buen inglés, al menos lo entiende a la perfección. 

—No. Se equivoca usted, no hablo, ni entiendo una palabra.

— If you do not know the language of the empire, gladly I can teach, as taught whores...[7]

Si mis ojos hubiesen sido puñales se le habrían clavado al instante. El policía renegado puso cara de asustado y dijo algo al policía americano, que cambió la expresión. Me di cuenta que el yanqui ya se había enterado quién era yo. Lo que le diría no lo sé, lo cierto es que el puertorriqueño salió del cuarto.

—Ya tendrás cuidado. No, no hablo la lengua del invasor, hablo la lengua de los descubridores, mucho más digna que la de ustedes. Hablo la lengua de mis padres, abuelos, de Cervantes.  Y siento vergüenza cuando un hijo de Borinquen hable en inglés a otro boricua, que los hijos de Borinquen tenemos una lengua y no es la inglesa.

 —And you teacher, has nothing to say?[8]  Preguntó el policía yanqui a Pablo, demostrando que resultaba evidente que a él sí lo conocía y sabía bien quién era. Entonces tu abuelito, no quiso mostrar ante mí el mucho miedo que tenía, y contestó así:

—Ya que me llama maestro, le diré que soy maestro de español, boricua por los cuatro costados. Y como tal le contestaré con un poema de un patriota, de José de Diego. Que es labor del docente enseñar el camino al que no sabe: ignoramos aquellas sublimes concepciones que os dieron la simbólica isla de los ladrones. Ignoramos, estos históricos reveses, la lengua y el sentido de los pueblos ingleses.  Hablamos otra lengua, otro pensamiento, en la onda del espíritu y en la onda del viento. Y os estamos diciendo en las dos, que os vayáis al diablo y nos dejéis con Dios.

Los policías se miraron, sin saber qué responder. Entonces entró de nuevo el policía puertorriqueño acompañado del comisario yanqui.

—Márchense, y que no les vuelva a ver por aquí —dijo el comisario.

— This story is not over yet...[9] —amenazó el policía puertorriqueño, cuando cruzamos la puerta camino de la calle. Y evidentemente, no había terminado.

—La historia la escriben los pueblos y la de Borinquen está por escribirse —le contesté yo, abrazándome a tu querido abuelito, a mi amado Pablo.

 Media hora después nos encontrábamos en la chocolatería El Jíbaro.  Podríamos haber compartido un helado, hacía calor, y ni los ventiladores del techo podían apagar el calor ambiental, tampoco el de nuestras miradas. El mesero se extrañó cuando en lugar de mantecado helado, pedimos churros con chocolate. Reímos mucho y con los labios manchados de chocolate nos besamos apasionadamente, provocando el escándalo de unos viejitos que se hallaban a escasos metros de nuestra mesa.

— ¿No tuviste miedo, mi amor? Me preguntó tu abuelito mientras mojada el churro.

—Más que siete viejas al borde del acantilado de Playa Sucia en un día de ciclón. Sin embargo, sabía que al final terminaríamos mojando el churro en chocolate. —le contesté entre risas. 

— ¿El churro? —Me preguntó con lujuriosa ironía.

Lo miré intentado buscar la manera más sensual posible, buscando su risa. Entonces, él con un nuevo beso me selló los labios.

—Ay, mi querido profesor jodedor, ese tal vez tendrá que esperar un poco... —contesté imitando a las actrices del celuloide, sin dejar de mirarle a los ojos. No pudo aguantar su risa que llenó el local de alegría, y fueron muchos quienes terminaron riendo también sin saber el motivo, incluido el matrimonio de ancianos que antes se había escandalizado. Cuando pudo dejar de reír, las primeras palabras de Pablo fueron:

 —Tampoco mucho, mi amor, que con el calor el chocolate se derrite, y yo tenía una tatarabuela de origen bantú…

Sabía que aquella noche no podía ni quería regresar a casa de mi tía, que mi escandalizado padre estaría echando las pocas muelas que le quedaban. Tampoco podíamos regresar a la pensión donde él se alojaba. Antes de llegar vimos dos policías que lo estaban esperando.

Aquella noche en los recovecos de las inmediaciones del castillo de San Cristóbal bajo el ondear de una bandera mono estrellada, la luna fue testigo de la más romántica historia de amor.

—Abuelita, ¿te entregaste a él el primer día? ¿Hicisteis el amor? —Me preguntó mi nietecita.

—El amor no se hace se vive, no era preciso el acto para vivir el amor. El amor se vive con la mirada, con los gestos, con los labios, con un abrazo…

—Abuelita, no le des vueltas a lo que te estoy preguntando, y ya me has dicho, que las pruebas son concluyentes y fuiste bendecida…

—Sí. Sin embargo, Pablo no quería consumar el acto. Él que reía por todo, me abrazó llorando mientras nos buscábamos el uno al otro, intentando evitar lo inevitable por su parte. Presentía lo que pasaría muy pronto.  Así me lo dijo, mirándome a los ojos:

—Marianela, te encuentro tan maravillosamente hermosa que me parece que nunca vi la luz hasta mis ojos te vieron sentada en aquel pupitre. He conocido muchas mujeres bellas, pero ninguna me ha llegado al alma como tú. Yo quisiera que tú fueses mi Marianela, aunque tú seas bella por fuera y por dentro.  Yo quisiera ser tu Pablo y ver solo a través de tus ojos, como la pareja más sublime de todas las galdosianas…

 No le dejé terminar, sabía lo que me estaba diciendo. Por la tarde me había hablado de intentar marcharse a México, pero que tenía dudas de conseguirlo. Yo no tenía dudas de quererle, casi desde el primer día en que me hizo sentir boba. Aquella noche me confesó que la atracción era mutua y que como profesor no quiso confesar su amor. Amanecimos henchidos de felicidad, haciendo planes para el futuro en un país que sería nuestro. Prometimos que nada nos separaría sabiendo que jamás podríamos conseguirlo. Nuestro clandestino amor fue creciendo al igual que el fruto de su semilla en mi vientre. Una noche no regresó a la pensión donde vivíamos. Durante dos meses no supe nada de él. Una noche me esperó en la parada de la guagua de Río Piedras. Me costó hasta reconocerlo: su cara estaba destrozada y su guayabera blanca estaba teñida de rojo después de haber sido torturado por la policía.  Pedí ayuda a mi papá, pero a él no quiso saber nada de su hija, tampoco de la nieta que llevaba en mi vientre.

—Usted se metió en el lío sin pensar que tiene padres y hermanos. Las puertas de mi casa están abiertas para usted y su hijo, para nadie más…—me replicó mi papá, y antes que terminase salí por la puerta y no volví a verle más. Le importaban más los negocios con los americanos que su hija, y a mí más Pablo que él.

A pesar del miedo, todavía nos dejaron ser felices unos meses. Después del verano los americanos detuvieron a muchos maestros y estudiantes, a nosotros también. Yo apenas estuve unas horas, de tu abuelito no me dejaron despedirme. Según me contaron lo llevaron a Atlanta junto con otros patriotas boricuas. Ni una triste carta le dejaron escribir a quién soñó ser poeta. De él me quedaron unas cuantas fotografías, unos hermosos recuerdos, su guayabera teñida de rojo —mirando a su nieta —y lo mejor: la bendición del fruto de su semilla en mi vientre, Marianela Ríos, maestra de español de la Universidad de Puerto Rico y madre…

—De Marianela Requena, que será maestra de español —concluyó mi nietecita.

—Sí, Marianela Requena y de Pablo...

—Pablo San Martín, también estudiante de español, y como el abuelito, tampoco es ciego, los ciegos, abuelita querida, son quienes viendo cierran los ojos y piden matrimonio a quien nos desprecia...

 Con estas palabras, aunque mañana emprenda el último viaje, me queda claro que la historia de Puerto Rico todavía estaba por escribir; y además en nuestra lengua.

©Paco Arenas





[1] El grito de Lares
[2] Abuela, vamos a hacernos una auto foto.
[3] ¿Nos pueden acompañar a comisaría?
[4] ¿Cuál es la causa de su disgusto?
[5] ¿Tal vez, la señorita pretende insultar a la policía?
[6] Yo soy ciudadano americano.
[7] Si usted no sabe el idioma del imperio, con mucho gusto le puedo enseñar, como se le enseña a las putas...
[8] ¿Y el maestro no tienen nada que decir?
[9] Esta historia no ha terminado todavía ...
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