miércoles, 10 de mayo de 2017

Pesadilla en la habitación de un hospital antes de las cinco de la mañana.


(Escrito hace un año, se hubiese perdido de no ser porque Facebook me recuerda que lo escribí, cosas curiosas, entonces desapareció y ahora me recuerda que lo escribí, y que además lo leyó mucha gente)

Esta mañana, unos minutos antes de las cinco, cuando todavía los funcionarios del ayuntamiento no habían comenzado a poner las calles, y los primeros viandantes caminaban por las aceras arrimados a las paredes para no caer al abismo de la desesperanza, que supone la eterna queja de protestar contra las autoridades municipales por no poner barandillas en los bordillos de las aceras...
—Esto con Rita no pasaba… —se queja un borracho que ha tenido que sujetarse a una farola para no caer al abismo.
Al borracho lo han terminado salvando dos jóvenes postuniversitarios que iban a trabajar gratis para una gran empresa con la esperanza de que, una vez terminada la explotación sin renumerar, al menos los contratasen en precario, cuatro horas al día. También les ha echado la mano un albañil que pasaba por allí, y que, tras reconocer al borracho, ha dicho:
—No se perdería nada si cayese, es un político corrupto.
—¡Callar ya! Tanto escándalo a estas horas de la mañana. Que todavía están las calles sin poner —ha gritado una anciana desde la ventana de su casa, quebrantando con sus gritos el murmullo de universitarios y albañil, roto por las arcadas de vómitos del político borracho al fondo del abismo, que a saber sobre qué desgraciado auto caerían una vez estuviesen puestas las calles. Los becarios y el albañil, señalan al antiguo concejal de obras públicas, pues ese era su antiguo cargo.
—Ese borracho, a dormir la mona. Quien no sirve para madrugar que se acueste temprano —grita de nuevo la anciana.
—Esto con Rita, no pasaba. Rita no hubiese permitido que una vieja loca insultase a un honorable concejal de su ayuntamiento —. A su vez grita el concejal después de la última vomitona, dirigiéndose a la anciana.
—No perdemos nada, no perdemos nada —se lamenta el albañil mirando el reloj del celular.
—No perdemos nada —asiente uno de los estudiantes.
—Claro, claro…, normal. Vosotros, llegáis tarde a trabajar…—dice la anciana desde la ventana —. Que se vaya con Rita.
Sientan al antiguo concejal en un banco de la acera, el albañil le remuerde la conciencia y duda si atarlo con una lienza del tiralíneas para evitar lo que piensa que va a pasar.  Piensa:
—Este cabrón es capaz de buscarme las cosquillas después de salvarlo de caer al abismo.
No habían doblado la esquina los estudiantes y el albañil, cuando el concejal le da un nuevo espasmo de nauseas etílicas y de nuevo comienza a vomitar el buen vino bebido. No habiendo quien lo sujete, cae al abismo. La anciana, que está todavía en la ventana, lo despide con la mano:
—Recuerdos a Rita.

La penumbra de la habitación se rompe de repente, la enfermera entra en la habitación y enciende la luz del recibidor sin contemplaciones para cambiar el gotero. Despierto todavía con el grito del concejal en mis adormilados oídos. Había sido un sueño, una extraña pesadilla hospitalaria. La entrada de la enfermera interrumpe mi duermevela, me quedó sin saber que le ocurrió al concejal corrupto y si al fin se reunió con Rita.  Me incorporo por educación y decoro, mientras maniobra la enfermera. Se despide y miro la hora en el celular. Decido entrar en Facebook, miro una fotografía de un campesino labrando con un par de mulas. Entonces pensé en mi padre, con su eterna sonrisa, y escribí un largo texto, lleno de ternura y añoranza. De nuevo, a pesar de estar escribiendo, me quedo traspuesto.

Y por culpa de los funcionarios del ayuntamiento que se habían demorado en poner las calles. Por culpa de los ciudadanos que no habían protestado por la ausencia de barandillas en las aceras que les librarse de la desesperación de las nuevas tecnologías, el concejal y otros ciudadanos se caían al abismo, lo contemplo desde el interior de la puerta de mis entornados párpados.   Tal vez continuó escribiendo, al menos sueño que estoy escribiendo…
Cuando la emoción del recuerdo de Fermín Martínez (Fermín Arenas) me llenaba de emoción el corazón, me sale un letrero diciendo:
Facebook dejó de funcionar.
Y todas las palabras que había derramado en la pantalla desaparecieron cayendo por el abismo de la desesperación, por culpa de los funcionarios del ayuntamiento que se retrasaron en poner las calles, por culpa de nosotros por no pedir barandillas en los bordillos de las aceras.
Protesté con contundencia en la ventanilla única del ayuntamiento. La cual era atendida por una vetusta funcionaría con un pin de Falange en el pecho, que transmitía una imagen en blanco y negro de los años cincuenta. La cual, muy digna contestó:
—Esto con Franco no pasaba.
Fui a protestar, por el retraso en poner las calles por parte de los funcionarios municipales, por la ausencia de barandillas en los bordillos de la acera, porque se me hubiese borrado mi entrañable texto dedicado a mi padre, porque Facebook dejase de funcionar.  La funcionaria me miró con gesto displicente, casi con desprecio.
—Esto con Franco no pasaba.
—¿Y a mí que me importa lo que pasaba con Franco?
—Pues debería importarle, más escribiendo lo que escribe, y lo que es peor lo que piensa. Con el Caudillo hubiese ido directamente a la cárcel, Por haber escrito lo que ha escrito sobre su Majestad y su primer ministro. Le hubiésemos fusilado directamente por pensar lo que estaba pensando anoche a las diez y media. Tiene suerte, mucha suerte. Ahora con la ley de seguridad ciudadana, que los rojos llamáis mordaza, le hemos borrado lo escrito, la próxima vez resucitaremos al Caudillo para que firme su sentencia.
—Si yo sólo quería hablar de mi padre...
—Es la excusa que ponéis todos —comenzó a tutearme —habláis de vuestro padre, de las historias que os contaban, que, si Alfonso XIII fue un ladrón, un putero y un sinvergüenza. Y termináis hablando de su hijo, que se ofreció a Franco para venir a matar españoles. Después, no sé cómo os la apañáis, recordáis al nieto de Alfonso XIII, y actual rey emérito y por último terminaría usted metiéndose con el actual rey, lo cual está penado con cuatro años de cárcel por lesa Majestad..., le hemos hecho un gran favor, no se olvide agradecer mis servicios en la hoja de reclamaciones…
Diréis que fue una pesadilla, pero allí estaba el padre ideológico del PP, levantando la losa del Valle de los Caídos, dando orden es de encarcelar a todo aquel que se plantee negarle el derecho a tapar la boca de todos con un bozal.

Así que resignado salí de las dependencias municipales procurando arrimarme a la pared, porque; aunque, estaban ya puestas las calles, eran peligrosas. El gran hermano podía escuchar tus pensamientos, y tú ir a la cárcel. Igual que aquel que se le ocurrió hacer un chiste en Facebook sobre bombardear la tumba de quien designó con su dictatorial dedo al rey de los españoles de arriba, o aquella muchacha de Murcia que se le ocurrió hacer chistes sobre un torturador astronauta…
Sentí miedo, hasta de pensar, el Gran hermano estaba allí, de la mano del primer ministro, del nieto de aquel que el dedo siniestro del dictador señaló como su sucesor, y que los sumisos vasallos aceptaron, porque tenían miedo a caminar por la calle, a caminar por las aceras sin barandillas que los protegiesen de caer en el abismo de la esperanza y de los sueños por cumplir.
Dos horas después del bloqueo del celular y empeñado en caminar por las calles de la libertad, sin barandillas que me protegían del vértigo que supone ser libre, comencé a caminar por el mismo bordillo.
A todo esto, yo sólo quería hablar de mi padre. Mañana, cuando pillé desprevenido al Gran hermano.
Menuda pesadilla, que terminó a las siete de la mañana cuando una voz dijo por los altavoces:
—¡Por favor, pongan los termómetros a los enfermos!
Me lo puse yo antes de ponérselo al enfermo, cuarenta de fiebre y subiendo…

©Paco Arenas
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