sábado, 20 de mayo de 2017

Intentó pensar cómo se llamaba, el nombre de sus nietos, de sus hijos, y los había olvidado...

El año pasado, cuando estaba en el hospital, comencé un relato que dejé a medias, olvidándome de todo, como si igual que Pablo, el protagonista de esta historia, tuviese alzheimer.  Justo un año después he recuperado el texto y aquí está ya terminado: 

Nada más abrir las puertas del recinto, a primera hora de la mañana, el viejo Pablo entra en los jardines. Pasea su soledad por aquellos umbrosos pasillos por los que tan felices paseos adolescentes corrió junto a su amada Juliana, cuando el parque era una alameda de la ribera del rio. No sabe el motivo, pero piensa en aquellos lejanos paseos de risas pecadoras y a la vez inocente; cuando podría pensar en otros más cercanos al lado de ella, cuando ella ya no recordaba ni su nombre. No quiere pensar en esos, no y se va con sus sueños y pensamientos setenta años en el tiempo.  Tampoco quiere pensar en sus hijos, los mismos que le dicen que no puede estar solo; pero, tampoco lo pueden tener en su casa.
—Padre, en una residencia va a estar bien cuidado. Va a estar con personas de su edad…—le dice Julián.
—Lo mismo hasta se hecha novia, con lo gracioso que es usted…—añade Angustias.
—Le iremos a ver cada vez que vengamos de Barcelona —dice sonriendo su nuera Montse, como si viniese todos los días, cuando ni todos los años vienen, y a él le quedan pocos.
—Y nosotros cada vez que vengamos de Madrid, está cerquita, en dos horas estamos en Cuenca, le dice su nuera Almudena, como si se molestasen en ir aparte de algún puente, algunos días de agosto y si pueden en San Mateo o la Semana Santa.
Antes sí, al menos los nietos de los dos matrimonios los tenían durante los veranos y las vacaciones de Semana Santa. Solo hasta que fueron cumpliendo los dieciocho y comenzaron a volar por su cuenta. El soñaba con que se echasen novio o novia en Cuenca, y así tuviesen la excusa para seguir yendo, ahora, a alguno, salvo en el entierro de su amada Juliana, hacía más de diez años que no veía.
—Están muy ocupados —los disculpaban los padres al mismo tiempo que se lamentaban de que no tenían trabajo.
No, no quiere pensar en sus hijos, ni en sus nietos, ni en los paseos del olvido de Juliana. Quiere pensar en sus juveniles paseos adolescentes, y al pensar en ellos, sonríe y mueve la cabeza de un lado para otro suspirando de emoción.
El viejo Pablo se sienta agotado en el solitario banco del parque, frente al pequeño embalse artificial. A su alrededor avispas revolotean, como acusándole de ser él el intruso. Pablo, como siempre las ignora, así se apaciguarán y también le ignorarán a él, convirtiéndose en invisible, como invisible parece ser para sus hijos, pero no para su dinero.
—No llegamos a fin de mes, usted no necesita tanto, en la residencia con la pensión que cobra tiene suficiente, además si pone la casa como garantía… —más o menos así se lo han dicho sus dos hijos. Y no es que tenga tanto, pero lo quieren ya. Al morir su amada Juliana, ambos exigieron su parte, “no fuese que alguna lagarta lo engatusase y se llevase todo”, como sí el estuviese a estas alturas de la vida para muchas lagartas, que no era como ese escritor peruano que se había liado con la “chochito de oro”, como le llamaba su mujer.
Tras el pequeño descanso, se incorpora con dificultad, masculla una blasfemia, y tras un segundo intento se incorpora con la ayuda del bastón que le sirve de soporte para poder andar. Con paso inseguro camina ahora entre fresnos y abedules de esbelto talle que buscan los rayos de sol de aquel final de la primavera castellana. Mira al cielo, sobre su cabeza la bella estampa de San Pablo, reconvertido en Parador Nacional, con su puente, que finaliza frente a las Casas Colgadas.
Como si fuese ciego, golpea los matorrales del camino y tras los mismos, ya casi en el lecho del río, sale una pareja riendo a carcajadas. Parece ser que han pasado la noche junto al río, posiblemente haciendo el amor. Ya que él sale abrochándose el cinturón y con la camiseta en la mano y ella lleva una minúscula prenda, que parece un cordón, en las manos de color rosa, que, sin percatarse de la presencia del anciano, se sube la falda y supuestamente se la pone, porque después de puesta la prenda, el trasero se muestra contundente a la vista...
Abre los ojos como platos, y piensa en Juliana, ríe, recuerda, sueña y se emociona, continúa caminando saludando con el sombrero a la pareja, ambos estallan en una carcajada.
—Hermano Pablo, estábamos solo disfrutando del fresco, no vaya a pensar mal —dice ella, Carmen, la hija de su vecina María.
—No, no hacíamos nada malo, de verdad…—se disculpa Jesús, el hijo de su vecino Julián.
Recuerda que los padres de Carmen y de Julián andan siempre a la gresca, no se pueden ni ver, y en alguna ocasión han pensado que terminarían a palos, y recuerda, sueña, suspira…
—No estabais haciendo nada malo, no se me ocurría pensarlo. Estabais haciendo algo bueno…pero como se enteren vuestros padres…—ríe malicioso.
—No se le ocurrirá decir nada…—se sonroja la muchacha.
—Tranquila, tranquila, tranquilos. Yo también venía con mi Juliana a desfogar aquí, por mi podéis seguir. ¡Hasta luego! —Se despide.
Se despiden ellos, y cuando apenas ha andado unos pasos, se da la vuelta y le dice a la muchacha:
—Dile a tu madre que llame a mis hijos, tiene el teléfono, y les diga que su padre se ha ido de viaje.
                                                                      —¿Pero a dónde? —Contesta la muchacha.
La Palomera, foto de Saiz J. Danilo 
—Despacito, despacito como la canción, hasta la Palomera —dice, sin parar de reír —tranquilos, es broma.
Continúa su camino despacito, cantando la canción de Luis Fonsi, riendo, pensando, soñando, suspirando…
 Pensó y quiso recordar su pasado,  por dónde había llegado. Nombró a su padre, a su madre y a Juliana, y repitió sus nombres una y mil veces mientras caminaba. Y cada paso que deba se olvidaba de alguien, de un recuerdo. Ya no recordaba ni la pareja que se había encontrado unos minutos antes. Notó que una mano cogía la suya, la miró, era ella, Juliana, su Juliana, que lo miraba vestida de novia. 
—Entre los dos, recordaremos mejor todo...¿Cuántos hijos pariste,  tú lo sabrás mejor que yo?
Pero ella no le contestó, apretó su mano, y entonces se dio cuenta que se había olvidado de su propio nombre, como ella;aunque, no recordaba que ella se hubiese olvidado de su nombre.  Intentó pensar cómo se llamaba, el nombre de sus nietos, de sus hijos, y los había olvidado. Tan solo recordaba aquella tarde que se bañaron desnudos en la Palomera Juliana y él. La miró de nuevo, el aire hacía volar sus cabellos, la escuchaba reír.
—Estás loco, nos van a ver —la escucha como si no hubiesen pasado setenta años, con la misma claridad y el mismo juvenil tono de voz. 
 No recordaba el camino, ni siquiera los arboles de la senda parecían los mismos. Ella apretó su mano y le guió entre risas y besos, y al llegar a aquel remanso se despojaron de la ropa y juntos se metieron en el agua, e hicieron el amor hasta morir…


          ©Ya no eres mi padre
©Paco Arenas
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