jueves, 20 de julio de 2017

El viejo, el nieto y el borrico

Este cuento, es universal, pero a mí me lo contaban de pequeño, y yo lo he readaptado a mi estilo manchego.  

En los tiempos de María Castaña un abuelo decidió llevar a su nieto de diez años a la feria de Belmonte, como iban los dos solos, decidieron irse con un viejo borrico que tenía el anciano, no era cuestión de llevar dos mulas y un carro, que el trabajo da hambre y la comida no sobraba ni para las mulas. Al llegar a Villar de la Encina, el borrico llevaba la lengua de fuera. El anciano sacó la conclusión que era mucho peso para el pobre animal, así que, por aligerar la carga al borrico, el viejo decidió ir andando, dejando al chiquillo subido en el pollino.  Como era verano y tenían sed, se acercaron al pozo para dar de beber agua al borrico y de paso beber ellos. Entonces escucharon cuchichear a un grupo de gentes que allí se encontraban:
—Tendrá poca vergüenza el chiquillo, que tiene todos los hijos dentro del cuerpo y va montado en el borrico, mientras que el pobre viejo, que tendrá las piernas desechas por la artrosis, le toca ir andando. Poca vergüenza hay que tener.
— El mundo está perdido, ya no se respetan las canas, un par de guantazos es lo que necesita el criajo ese… —Aseveraba un segundo.
El abuelo, que se encontraba cansado pensó que los comentarios eran razonables. Así que al iniciar de nuevo el camino decidió que fuese su nieto andando y el caballero en el asno. En estas llegaron a Villaescusa de Haro, cruzándose con una pareja de muleros que regresaban de Belmonte después de haber vendido y comprado mulas en la feria.  Como es habitual en la Mancha, al cruzarse con ellos se saludaron a pesar de no conocerse.
— Vaya con Dios, hermano.[1]¿Va cómodo usted?
— No voy mal, esa es la verdad —respondió el abuelo.
— Pues nada, a la feria…
Apenas se alejaron de ellos unos pasos, el abuelo escuchó cuchicheos entre los muleros, en esta ocasión contra su persona.
—Mira el sinvergüenza del viejo, con lo fuerte que parece, y lleva a la criatura andando, con lo delgaducho que esta, pobrecillo. ¿Qué pensaría la madre si lo viese? —Dijo uno.
— Como si no pudiesen ir montados los dos en el borrico.
El abuelo se dio cuenta de que, en efecto, el borrico podría bien aguantar el peso de los dos. Miró a su nieto y vio que el pobre se veía fatigado por el cansancio y el calor, y caminaba arrastrando los pies y con las manos colgando. Así que continuaron hasta Belmonte los dos subidos en el borrico.   A una legua de Belmonte se cruzaron con unos cabreros que habían parado a la sombra de uno pinos junto al camino para ordeñar a las cabras, a los cuales también saludaron.   Les echaron el alto, y se acercaron con un cubo que tenía un poco de leche, pensaron que sería para el chiquillo que se relamía de pensarlo, pero los cabreros se la acercaron al borrico, que en un abrir y cerrar de ojos, de dos lengüetazos se la sorbió.
— Pobre animal, ¿nos les da vergüenza? Los dos subidos en el borrico, con la calina que está cayendo, pobrecico. Lo van a reventar, esto solo pasa en España, no hay miramiento por los pobres animales…
Todavía fueron a por más leche, que también dieron al borrico, el cual se tomó la leche ante la envidia del chiquillo. Nieto y el abuelo, avergonzados, bajaron del borrico y continuaron los tres andando hasta Belmonte, uno al lado del otro. Entrando en Belmonte se encontraron con unos Pinarejeros que volvían de regreso. También se pararon a saludarlos, hablaron de la feria y de lo que en ella había, y al despedirse, el abuelo y el nieto escucharon de nuevo cuchicheos los paisanos.
—Siempre he dicho que a Zacarias le falta un verano, y eso que tiene muchos. Será corto, que vienen andando desde el pueblo, teniendo un borrico al que subir —dijo uno.
—Desde luego, con lo viejo que está, si por lo menos subiese él, el chiquillo al fin y al cabo tiene buenas piernas —respondió otro.
—Para eso que suba el chiquillo, que está en los huesecitos, pobrecico mío.  Sentenció un tercero.
— Como si no pudiesen ir los dos montados —añadió un cuarto.
— Pobre animal, mejor que vayan andando —agrego el quinto.

Moraleja: Nunca pretendamos complacer a todos, siempre habrá quien nos critique cuando hayamos decidido hacer algo de algún modo o forma, si vamos modificando nuestras decisiones siguiendo la opinión de cada uno que nos encontremos, no llegaremos a ninguna parte, ni a la feria de Belmonte, ni a la de Albacete. No cometamos los errores de los demás, somos autosuficientes para ser capaces de cometer los propios.





[1] En algunas partes de La Mancha, a las personas mayores les llamamos hermanos.

©Aroma a espliego con esencia de azafrán (Relatos narrados a la luz de la lumbre)
©Paco Arenas :Adaptación "El viejo, el nieto y el borrico"

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